domingo, 1 de febrero de 2009

Aunque sea aisladora...

En el vestuario no había mas cinta. Son cosas que pasan, algunos confían en que los otros traen, otros se confían de que tienen y cuando la desenrollan son míseros centímetros de un plastico que ya no pega. Finalmente los que se confían no traen y los que traían ya no lo hacen; se cansaron de ser siempre los que se acuerdan…o los que se ocupan.
En el rincón de la derecha, apoyado contra el banco largo y blanco estaba el Negro, si alguien podía tener cinta ese era el Negro. No porque fuera un ejemplo de responsabilidad y orden sino porque o tenía cinta o no jugaba, al menos eso pensábamos todos, jamás (y esto significa nunca) lo habíamos visto entrar a una cancha sin entregar esos dedos al ritual del encintado. Nadie le pedía porque sabíamos todos que era lo único que no podía dar. Hay gente que puede darte su tiempo, otros que pueden darte su dinero, están los que te darán su sacrificio pero entre nosotros estaba el Negro; que podía darte todo eso…pero no la cinta.
Pablo ,como capitán del equipo, se la pidió. Al menos un poco para los primeras líneas y el 8 que era evidente tenían los dedos a la miseria. Mientras hablaba Pablo desde la otra esquina y exponía las razones por las cuales al menos esos 4 necesitaban su cinta, todos empezamos a mirarnos las manos. Todos necesitábamos algo, cinta si podía conseguirnos, o dedos para cambiar por los nuestros.
El negro lo miró fijo a Pablo y después nos miró a los demás, se miró las manos que seguían limpias esperando la cinta. Abriendo el bolso buscó entre sus cosas y sacó la cinta que tenia perfectamente conservada. La ofreció a quien quisiera, la dejo sobre el banco, se dio vuelta y siguió atándose los cordones de sus botines. Todo sin decir una palabra.
Nadie busco la cinta del Negro. Ni siquiera él.
Salimos a la cancha con las manos como estaban pero con la seguridad de que nos acompañaban tipos que lo daban todo por el otro.
La cinta …y hasta los dedos, si hacia falta.