viernes, 27 de diciembre de 2013

Murakami

Escuchaba la música salir de sus auriculares como si fuera el propio viento que entraba por la ventana del ómnibus a medianoche. La escuchaba como la nada, como eso mismo que era el viento en la ventana. Una presencia fantasmal, algo que estaba pero no quería pertenecer allí.
Después pensaría en el porque de sus auriculares, siempre conectados, siempre encendidos, casi siempre ignorados.
El ómnibus se deslizaba sobrio y silencioso por la calle mojada. El andar sereno, sin sobresaltos, sin ruidos, sin pozos, lo hizo sentir, extrañamente confortable. Se habría quedado allí para siempre si no fuera porque estaba en un ómnibus y el hombre de azul se paro de su asiento decidido a bajarse.
El viaje había empezado en el centro de la ciudad, frente a la placa de una oficina que llevaba el nombre de tres conocidos abogados. Después sabría que dos de esos abogados eran mujeres y solo uno era hombre. El siempre había imaginado, inutilmente, que esos tres nombres, esos tres abogados, eran hombres.
El viaje, verdaderamente, había comenzado veinte años atrás, el primer día que recordaba haber preguntado porque todos sus compañeros de colegio estaban esperando el ingreso a clases con sus dos padres y el solo estaba con su mama. Solo mamá podía responderle esa pregunta pero ella no se atrevió. Le contó algo extraño sobre un viaje, la distancia y el tiempo. No recordaba bien que le había dicho, pero si que ese fue el momento en el cual decidió buscar sus propias respuestas, a todo. Los mayores no sabían nada, y si lo sabían, preferían mantenerlo en secreto.
El hombre del traje azul tomo el maletín de carpincho que había apoyado en el asiento vació junto a el. Se acercó a la puerta y bajó del ómnibus. El se levanto rápidamente de su asiento y lo siguió. Los dos quedaron parados en la vereda separados apenas por cuatro o cinco pasos. El hombre comenzó a caminar hacia la esquina y el a seguirlo, recorrieron la cuadra casi completa hasta que vio como paraba un taxi, se subía y el auto avanzaba por la avenida. Desesperado comenzó a buscar por todos lados otro taxi, no podía perderlo de vista, no ahora, después de todo lo que había hecho, de lo que había esperado. Debía seguirlo, a donde fuera, hasta que reuniera la valentía suficiente para decirle todo lo que hasta el momento no se animaba a gritar.

Su madre siempre estuvo con el, siempre fueron dos, solos. No había parientes a quien recurrir, ni tíos, ni abuelos, ni primos ni nada, todas esas eran relaciones que no les pertenecían, eran relaciones de “los otros”. La vida fue moviéndose así, hacia adelante, siempre apoyándose el uno en el otro sin esperar mucho mas de lo que tenían. La vida había sido buena igualmente, pensó.
Su mama tuvo algunas parejas, algunos novios mejores que otros, pero haciendo un balance podía decir con seguridad que en general todos habían sido buenos con el y con ella. Sin embargo por una u otra razón nada había funcionado finalmente, al menos en el sentido que uno entiende por una relación que funciona y prospera.

Cuando el otro taxi doblo a la derecha logro conseguir uno para el. Se subió acelerado, desencajado y con la respiración agitada. Tiro 200 pesos sobre el respaldo del asiento del acompañante y recostándose sobre el  asiento trasero le dijo al taxista que repitiera la ruta del taxi que llevaba al hombre de azul. El chofer no hizo preguntas. Doblaron la esquina de la avenida y el apenas podía mantener su corazón en el pecho, le parecía que en el próximo segundo las costillas iban a estallarle, explotando de ansiedad. A mitad de camino vio nuevamente al taxi que perseguían. Un semáforo en rojo lo había detenido mas adelante. Sonrió para si mismo y murmuro algo que el taxista intento vanamente entender.
Ahora necesito que siga a ese taxi, adonde vaya y por supuesto sin que nos vea.
El taxista lo miro por el espejo retrovisor y le respondió desafiante.
Pero el costo de ese viaje es aparte...
El seguía mirando el taxi que estaba delante convencido de que si apartaba la vista podría desaparecer en un instante. Sin pestañear siquiera respondió, mientras el semáforo cambiaba a verde.
 !Verde! Vamos sígalo...con el viaje no hay problemas, se lo pago aparte.
El taxi arrancó y se ubicó tres autos detrás del otro como si el conductor hubiera hecho lo mismo cientos de veces.
EL chofer sonreía satisfecho. Plata fácil pensó.
Avanzaron por la avenida encendida de luces amarillas que se reflejaban como manchas de sol en el asfalto mojado. El ruido de las cubiertas del auto rodando sobre la finísima capa de agua que abrigaba el asfalto le trajo recuerdos, momentos felices de su infancia y otra vez se sintió tan cómodo que deseo que el viaje no terminara nunca.

Tenia muchos amigos de su época de colegio. Habían sido siempre muy unidos en su grupo, casi todos habían comenzado juntos el primario y terminado el secundario, solo unos pocos se habían perdido en el camino, extraviados en otros colegios, en otras ciudades. Sus compañeros, sus amigos, eran su familia.
Al principio, en esos primeros años de colegio, en la edad donde los chicos lo preguntan todo, la cuestión de su padre había sido un problema. Ciertamente mas para el que para sus amigos, por eso a cada pregunta que le hacían sobre su papa daba una respuesta distinta, variando desde las evasivas que le entregaba su mama a las mas extrañas que el podía inventar.

El taxi que seguían llego a la plaza principal y giro a la derecha, en la esquina siguiente volvió a hacer lo mismo, ellos lo seguían. Dieron dos vueltas completas a la plaza como si el que guiaba el viaje estuviera reconociendo la ciudad. Era absurdo.
El primer taxi salió entonces del giro a la plaza y se deslizo por una calle que bajaba al mar.
mientras descendían la suave pendiente del barrio antiguo recordó que en sus años de primario cuando le preguntaban por su padre todas sus respuestas estaban relacionadas con guerras lejanas, bombas y muerte. En sus respuestas su padre no vivía en otra ciudad, en otro país o había muerto de causas naturales.
Otra vez un semáforo en rojo detuvo al taxi del hombre de traje azul. Estaban sobre la avenida costanera. Su taxi se detuvo astutamente unos 50 metros mas atrás, al costado de la vereda. Estaban solos en la calle.
Al fondo las olas del mar se repetían tranquilas, no había viento y la lluvia las había calmado.
Con el paso del tiempo el asunto de su padre dejo de preocuparle. Empezó a entender que la vida es como llega y esta en cada uno tomar las herramientas y las circunstancias para ponerse a recorrer el camino o quedarse parado para siempre esperando que algo imposible cambie.

Su madre trabajaba en un banco desde que el tenia memoria. El trabajo le gustaba, todo lo que puede gustar un trabajo y con el paso del tiempo su esfuerzo se fue afianzando y tuvo premios y reconocimientos. Cuando el cumplió 15 años compraron un departamento ,en la parte vieja de la ciudad, a tres cuadras de la avenida costanera, casi en la punta del malecón. Recorrieron juntos decenas de casas y departamentos hasta encontrar dos que les gustaban casi por igual. Uno era mas moderno, cerca de la plaza principal, mirando a las montañas. El otro, el que finalmente compraron, era mas antiguo y por eso mismo enorme. Estaba en un edificio de solo tres pisos y desde la terraza podía verse el mar. En ese momento había sido una decisión difícil de tomar. El barrio antiguo seguía siendo bonito pero todas las promesas de restauración seguían incumplidas, la ciudad le había dado la espalda buscando las montañas, olvidándose de la historia y de sus comienzos.
Una noche, los dos solos, sentados a la mesa llegaron a la conclusión de que debían tomar la decisión de cual departamento comprar, no podían elegir concientemente y entonces el fue hasta la cocina, busco una copa, dos papeles y una birome. La suerte haría lo suyo. Movió la copa hasta que los papeles estuvieron mareados y su mama metió la mano en el copón buscando el nuevo domicilio. Así fue como terminaron viviendo en  el departamento que hoy tenían. Ella pareció arrepentirse cuando develo el resultado pero no se dijo mas nada sobre el asunto. Igualmente fue un cambio de vida notable, una alegría  inmensa, un nuevo comienzo y hoy, haciendo un balance, estaba seguro de que habían hecho lo correcto.
Nunca le dijo a su mama que los dos papeles eran iguales, el departamento de la plaza nunca había tenido oportunidad.

El semáforo les dio paso y el taxi del hombre de traje doblo a la izquierda bordeando el mar. El suyo se separo de la vereda y lo siguió. A la derecha el mar tranquilo los acompañaba, a la izquierda, del otro lado del cantero central los edificios antiguos completamente restaurados le ponían el marco de postal al paseo.
 Puedo preguntarle que estamos haciendo?
El taxista 
Lo sorprendió con la pregunta. No supo que responderle. Podría haberle dicho la verdad pero por alguna extraña razón prefirio mentirle, como lo hacia cuando iba al colegio, con el asunto de su papá. 
Es un asunto de infidelidad, tengo que saber donde va este tipo, pero quedese tranquilo, es todo legal.
El chofer no respondió y continuo con la sigilosa misión.
Continuaron por la costa hasta el malecón, doblaron a la izquierda hacia el centro, subieron unas cuadras y doblaron otra vez a la derecha. Recién cuando el otro taxi se detuvo en la esquina se dio cuenta de que esa era la esquina de su departamento. Le pareció tan extraño como excitante y se le hizo un nudo en la garganta. No supo que pensar o que sentir.
El taxi se quedo unos minutos en la esquina, parado, inmóvil. Podría haber jurado que el hombre del traje azul miraba a su ventana pero prefirió no creerlo.
Se pusieron en marcha de nuevo y siguieron camino. Cuando paso por la esquina de su departamento miro al tercer piso y vio la luz del living prendida. Seguramente su madre estaría mirando televisión

Una noche, dos años atrás, mientras comían una pizza sentados frente a frente, su madre lo sorprendió con un latigazo a todo lo que el era o creía ser.
Tu papa es un abogado muy conocido.
Solo eso dijo, solo eso pudo decir y siguió comiendo  como si nada hubiera pasado.
El se quedo congelado en la escena con una aceituna en la mano y cientos de pensamientos en la cabeza. Sintió que la nuca iba a explotarle y la presión de tantos años de secretos se le caía encima sin mas aviso. No pudo decir nada tampoco.
Era un cliente del banco – siguió ella dejando el borde de la pizza sobre el plato mirando los fantasmas del pasado- de otro banco, donde yo trabajaba. Un día me echaron, sin motivo y no pude evitar irme llorando, decepcionada, hecha pedazos. Me sentía traicionada, me habían fallado. En la calle me encontré con este cliente, con este abogado, el me vio tan mal que comenzó a preguntarme que me había pasado. Le conté todo como pude, llorando, destrozada como estaba, y el me trato tan bien que me hizo sentir protegida otra vez. Después de todo lo que había pasado, la muerte de tus abuelos, de quedarme sola…sentí que tenia otra vez alguien en quien confiar. Me dijo que fuera al día siguiente a verlo a su oficina que el podría ayudarme. Eso hice, fui a su estudio, pusimos en claro cuales eran mis opciones y el se convirtió en mi abogado, demandamos al banco, lo peleamos un buen tiempo y finalmente me pagaron lo que me correspondía. Mientras eso pasaba empezamos a vernos fuera del estudio, salíamos a cenar, íbamos al cine y entonces fuimos construyendo una relación. De esa relación... naciste vos.
Su madre dejo de hablar y tomo un vaso de agua. Por el temblor de sus manos podía verse que lo que estaba haciendo no le resultaba fácil.
El seguía inmóvil, escuchando, tratando de comprender. No se atrevía a preguntar nada aunque quería hacerlo. ¿Qué había pasado con ellos? ¿Qué había resultado mal? No hizo falta que venciera la parálisis que lo había invadido, su madre siguió hablando como si finalmente hubiera llegado el momento del derrumbe programado de las paredes de ese dique que contenía tantos secretos y ahora las palabras salían incontenibles como un torrente.
El era mayor que yo y cuando se entero de vos, cuando le conté, entro en pánico, un verdadero pánico que nunca había esperado ver en su rostro. No supo cómo manejarlo, se puso a pensar en sus negocios, en su prestigio y finalmente, tal como yo imaginaba, en su familia.
Me había mentido, aunque para ser justos yo tampoco me había preocupado en saber la verdad. La cuestión es que me entere de su esposa y de su hija. Prometió resolverlo, hacer algo por mi, por nosotros, pero todo lo que yo quería que hiciera a el le resultaba imposible. Me consiguió un buen trabajo en el banco, el mismo banco en el que trabajo hoy y desapareció de mi vida…y de la tuya. Nunca mas me hablo, nunca mas me llamó.
Busco la porción de pizza que aun quedaba en la caja y le dio un gran bocado. A el le pareció tan absurda la escena, tan grotesca, casi fuera de lugar. Le estaba contando el secreto mas importante de su vida y entretanto no podía evitar comer pizza. No podía decírselo, no correspondía pero algo se dejo  ver en su mirada porque ella se excuso.
Es que se enfría…
Mastico el bocado y siguió hablando.
En el fondo se que todos los clientes que me llegan, el departamento que tenemos, mi éxito en el banco…todo tiene algo que ver con el y eso, Lucas, eso es lo que mas bronca me da. – cerro enfurecida.
Se hizo un silencio pálido en la mesa. Los dos se quedaron mirando el uno al otro y entonces el dijo.
Y nunca lo buscaste?
No, nunca tuve el valor o tal vez quise evitarme una nueva decepción. – le respondió su madre- el fue haciéndose cada vez mas importante, cada vez mas inalcanzable.
Quien es? ¿podes decírmelo de una vez?
Podría decírtelo pero tenes que prometerme, aunque me mientas, que no vas a intentar contactarlo -Ella le tomo las manos y el las sintió heladas- No podría aceptarlo y peor aun no podría resistirlo. Ese hombre no nos merece, no te merece.
Se le cayeron unas lagrimas y le soltó las manos para buscar un pañuelo. 
Martin Godoy, así se llama. Su madre termino de decir el nombre y se levanto de la mesa como si la hubieran eyectado los recuerdos.

La calle seguía hasta las vías del tren y luego serpenteaba yendo y viniendo entre unos pequeños cerros de escombros. A los costados de la calle se emprolijaban como podían cientos de casas humildes. El taxi siguió avanzando y llego a una zona de fabrica salpicadas de baldíos, las luces ya escaseaban y el cielo había vuelto a cerrarse. La calle tenia tantos huecos que era cada vez mas difícil avanzar en silencio. Su chofer apago las luces para que no pudieran verlo desde el auto de adelante. El asfalto desapareció y comenzaron a rodar por una calle de tierra que se abría paso entre la oscuridad como si fuera un camino de pólvora que todos sabemos va a explotar. Un poco mas adelante solo quedaba la basura acumulada y mas montañas de escombros y chatarra. La tensión lo dominaba todo. ¿A dónde iba este hombre? ¿Qué buscaba, a quien buscaba? ¿y que hacia el siguiéndolo allí? ¿tenia algún sentido esto que estaba haciendo? ¿podría decirle todo lo que había pensado decirle? ¿finalmente, le importaría?
El primer taxi se detuvo y pudo ver como el hombre del traje azul se bajo y comenzó a caminar solo hacia uno de los montículos de tierra entre medio de una estructura sin techo. El taxi giro y se fue sin verlos. Lucas le pidió a su taxista que también se detuviera, dejo 200 pesos mas sobre el asiento del acompañante y abrió la puerta mientras el taxista le preguntaba si estaba seguro de lo que hacia, sino prefería que lo esperara. No le respondió y siguió el mismo camino que el hombre anteriormente.
Camino en silencio. En ese mismo silencio se dio cuenta de que los zapatos del hombre de azul producían un sonido extraño en el barro arenoso que lo cubría todo y que sus zapatillas , mientras tanto, estaban mudas.

Desde el momento en que conoció su nombre, Martin Godoy se convirtió en el objeto de todas las averiguaciones de Lucas y por supuesto lo encontró en internet. Era un reconocido abogado del estudio Godoy-Gatti- Patrón. Busco la dirección y cientos de veces estuvo parado en la puerta de sus oficinas esperando que saliera ese hombre para poder decirle lo que pensaba. Mientras esperaba, muchas veces, se había puesto a pensar en los espejos de su casa. Era tan parecido a Martin Godoy, tanto se notaba que era el 50 años antes que eso le daba miedo.
Una semana atrás, finalmente, se encontraron frente a frente, en la vereda, parado Lucas junto a Micaela, su novia que ahora lo acompañaba en sus quijotescas salidas. Martin Godoy debía tener unos 70 años, era alto y flaco como en sus fotos de internet aunque sonreía menos. Estaba completamente pelado y tenia los ojos tan cansados que daba pena. Sin embargo tenia el paso firme, enérgico y decidido, junto con un traje de los mas caros que Lucas había visto. Fortuitamente y por un segundo quedaron cara a cara. Se miraron y ninguno pudo decir nada aunque Godoy lo esquivo siguiendo camino como hace uno cuando encuentra una baldosa floja en la vereda.
! Hijo de puta! Le grito desafiante Micaela, cuando lo tenia a 4 o 5 pasos de Lucas. Godoy no se dio vuelta, no respondió. Sin dudas era una de esas personas que de tanto recibir insultos terminan asimilándolos como si fueran vitaminas. Micaela miro a su novio y no pudo reprocharle el no haberle gritado el también. Lucas estaba inmovilizado como esa noche con su madre comiendo pizza.
Un par de días después Martin Godoy se hizo realmente famoso. Estaba en todos los noticieros, en la radio y en todos los diarios. Con su ayuda el banco donde trabajaba su madre se había quedado con los fondos de jubilación de miles y miles de trabajadores. El dinero había desaparecido por “negocios arriesgados e inversiones temerarias”.


Hoy todo había sido distinto. Lo espero hasta que salió de la oficina y en vez de pararlo, hablarle o insultarlo comenzó a seguirlo. Quería conocer a su padre, que hacia, donde iba, que rutina tenia para finalmente, cuando estuvieran otra vez frente a frente decirle todo eso que tenía pensado. Sus dudas, sus inseguridades, las bromas de sus amigos, sus necesidades, las angustias de su madre, las tristezas, las alegrías, las esperanzas.
Ahora caminaba entre los yuyos húmedos por un sendero de barro y piedras sin saber a dónde iba. Escuchaba adelante los pasos de Martin Godoy, los pasos de su padre y eso en vez de tranquilizarlo lo ponía más nervioso ¿Qué era todo esto? ¿Qué estaba buscando? ¿Qué estaba esperando?
Lo escuchaba caminar y aun sin verlo podía seguirle los movimientos. De pronto un relámpago ilumino el cielo tormentoso y dio luz por una fracción de segundo a la oscuridad total que los envolvía.
Pudo ver, entonces en esa foto borrosa, la silueta de su padre en el borde una pequeña lomada. Tenía un par de arbustos a su lado y los restos de algo parecido a una pared. Le pareció que Martin Godoy lo miraba y repentinamente lo invadió el terror. Se hizo la oscuridad nuevamente y un trueno rompió el silencio. La lluvia se desplomo torrencial cubriéndolo todo, le pareció escuchar los pasos nuevamente y comenzó a caminar otra vez. El agua de lluvia convirtió el sendero en un pequeño rio y para poder avanzar tuvo que  tomarse de las piedras y los arbustos que tenía al costado. Llegó agitado, completamente mojado al borde de la lomada donde el relámpago había iluminado a su padre. Ahora no podía verlo. Tampoco escuchaba sus pasos. La lluvia era cada vez peor, una cortina de agua helada lo rodeaba todo, lo cubría todo. ¿lo habría visto su padre? ¿se había ocultado de el? ¿pensaría que iba a robarle o hacerle daño?
Se quedo parado en el montículo sin saber a donde ir, esperando el ruido de los zapatos o encontrarse con su padre cara a cara cuando se corriera el velo helado de agua que caía como el deshielo del mundo. Se dio cuenta entonces que ya no le importaba si su padre quería escucharlo o no, el simplemente le diría lo que tenia para decirle, pondría las cosas en su lugar, después de tantos años, después de tantas cosas.
La oscuridad era absoluta pero a el le pareció estar siendo observado. Tuvo esa sensación tan particular que se tiene cuando somos el objeto de todas las miradas. Podía sentir que unos ojos se le apoyaban en la espalda. Se dio vuelta rápidamente pero no encontró a nadie, aunque verdaderamente era imposible distinguir algo a través de semejante lluvia. Un pequeño ruido lo hizo girar otra vez y entonces sintió un chasquido seco, un ruido corto a su derecha, al frente. Camino instintivamente hacia esa dirección. Hizo unos pasos y tropezó cayendo al piso fangoso. Quiso sacarse el pelo mojado de la cara pero solo logro pasarse barro por los ojos. Se arrodillo y sintió el dolor punzante de una piedra que le había golpeado la pierna. Se paro de nuevo como pudo y sintió que el agua de la lluvia ahora era caliente en su pie, se detuvo y se paso la mano. Estaba sangrando. Siguió avanzando sin escuchar a  Martin Godoy. Cuatro o cinco pasos mas adelante volvió a caer en el barro. La pierna le dolía. Busco afirmarse para pararse otra vez y con la mano derecha toco en el suelo algo distinto, algo que no correspondía al paisaje, era suave y áspero 
a la vez. Recorrió el objeto con la mano y adivino lo que parecían costuras. Recordó el maletín de carpincho de su padre. El no debía estar lejos. Era el maletín cubierto de barro y lluvia. Debía estar por allí, lo habría perdido o se le habría caído trastabillando como el en la lluvia. Hizo un paso mas y volvió a caer. Esta vez había tropezado con una rama pero sorprendido noto con sus manos que había un trozo de tela. No era una rama, eran los pantalones del traje azul. Desesperado recorrió con las manos la pierna hasta que llego a la cintura de su padre. Se incorporó histérico hasta quedar con las rodillas en el suelo y entonces pudo verlo. Allí en el suelo fangoso, en el medio desconsolado de la lluvia mas húmeda de la historia, estaba Martín Godoy con un hueco en el saco azul a la altura del corazón. Macabramente la lluvia no dejaba que se juntara sangre y entonces el disparo parecía un hueco negro en el plástico de una botella.
Le busco los ojos en la oscuridad y con las manos le tapo las gotas que le caían impiadosas. Su padre abrió los ojos apenas y lo miro fijamente. Lucas recordó, sin saber porque, a Micaela diciéndole “hijo de puta”. Nunca había imaginado que su encuentro seria así. Congelados por la lluvia torrencial en el medio del barro de un basurero abandonado. Lo había imaginado de mil maneras pero nunca había pensado en su padre pegándose un tiro. Martín Godoy movió los labios pero Lucas no pudo entenderle. Acerco su oído a los labios tratando de comprender lo que seguramente serian sus ultimas palabras pero se equivoco. Solo percibió un suspiro ahogado y los labios fríos de su padre que le daban un beso.