sábado, 24 de enero de 2015

Cronica de Una Aventura - Barry White en Cordoba -1977

Aunque era temprano todavía, el calor ya se colaba por las chapas de zinc del techo del galpón. Veníamos soportando un diciembre lento y caluroso en Córdoba.
El galpón del taller de mi viejo tenía el techo bajo. Las paredes interiores pintadas de un amarillo descolorido, la fosa oscura y tenebrosa a la izquierda, una mesa larga engrasada y de madera contra la pared del fondo. Debajo de las herramientas y a la derecha, arrinconado  en una esquina, asomaba estoico entre una pila de papeles, latas y cartones, el escritorio de chapa que alguna vez había formado parte de la oficina de mi abuelo.
Apenas traspuesto el portón, reflejando el sol que se colaba por un hueco del tinglado entre las 9 y las 11 de la mañana, juntaba tierra una Renoleta blanca. La Renoleta blanca que ese día lo cambiaria todo.
De fondo sonaba incondicional una radio 7 mares que había sufrido los embates inoportunos del soplete de pintura y el descuido de todos nosotros durante demasiado tiempo.
 ¿Cuántas veces te dije que las piezas que sacás van en la lata con nafta y no apoyadas en el guardabarros? La voz de mi viejo me corregía desde la fosa, al otro lado del taller mientras yo desarmaba el carburador de un Taunus verde, que un vecino había dejado. Intentaba hacer sin que se perdieran piezas y memorizando la forma en que estaba armado, tratando al mismo tiempo de no quedar desagradablemente impregnado de nafta.
Todavía no sé cómo hacía mi viejo pero tenía la habilidad de saber cuándo estaba fallando en algo de lo que me encargaba.
Esa vez no le contesté, por supuesto, simplemente bajé todas las piezas a la lata con nafta que estaba en el piso y seguí desarmando. Las noticias de las diez me hicieron darme cuenta que ya llevaba más de dos horas trabajando en ese auto. 29 grados dijo el locutor, la máxima podría llegar a 38, sentenció.
Qué barbaridad…esto va cada vez peor. Se quejó Sánchez desde la mesa de herramientas. Sánchez era un tipo grande, amigo de mi abuelo, que sabía mucho de mecánica pero tenía la habilidad de colaborar casi con nada. El tipo era un eterno inconformista, un militante del pesimismo. Siempre, en cualquier caso, en cualquier asunto, sus opiniones eran desesperanzadoras, agobiantes, tremendistas. Sánchez era el primero en llegar al taller y el último en irse pero se pasaba el día pronosticando desgracias, quejándose de todo y haciendo suyos los hechos más oscuros que sonaban en la radio o leía en los diarios.
 ¿Por qué no terminás con ese radiador Sánchez? Le salió al cruce mi viejo, otra vez desde la fosa. Visiblemente molesto Sánchez se separó de la mesa de herramientas y con un destornillador Philips en la mano derecha empezó, sin demora, a justificarse culpando a los fabricantes de tornillos. El material demasiado blando, el que seguramente los había desarmado antes y desde ahí termino hablando del precio de los cigarrillos. Dejé mis herramientas sobre el motor del Taunus y me acerqué al escritorio para servirme un trago de la Coca Cola que estábamos tomando. Corrí unos papeles y un diario de marzo que amarillo como estaba seguía juntando tierra. Me serví un vaso, ofrecí otro a Sánchez que se excusó explicándome lo nocivo del gas, el azúcar y las botellas de vidrio en los días calientes. Mi viejo en cambio aceptó y le acerqué su vaso a la fosa. Tomó un trago largo y profundo saboreando el frío viscoso y burbujeante que bajaba por su garganta y me devolvió el vaso, pero no llegó a soltarlo. Se quedó paralizado apuntando con sus ojos al carter del Torino, que tenía encima, pero con la mirada en el infinito.
Subí…subí la radio. Dijo
No lo entendí de primera. Sus palabras me resultaron tan inesperadas que me costó un larguísimo segundo comprender. Recién cuando relacioné sus palabras y presté atención a la radio entendí lo que me decía. Una voz muy gruesa, caliente y profundamente varonil, salía del aparato.
Me pareció que ya la había escuchado alguna vez. Me acerqué al aparato y di vuelta la perilla hasta que el único parlante del pobre aparato comenzó a roncar. Bajé un poco el volumen hasta lograr que el taller completo se inundara con esa voz gruesa y rítmica que tenía a mi viejo hechizado. Sánchez revoleó una llave del 6 sobre la mesada de madera y puteando se metió al baño. La música siguió por un buen rato asegurando que “never, never gonna give you up”. Mi viejo dejó el vaso sobre el borde de la fosa y yo me quedé mirando cómo disfrutaba extasiado del sonido que se arremangaba en la radio.
Terminó la canción y Sánchez salió del baño. La voz del locutor retomando el control de la situación nos hizo saber (al menos a mi) que habíamos escuchado a Barry White e instantáneamente pude atar los cabos entre la voz que me había sonado conocida en la radio y la pila de cassettes que mi viejo acumulaba en el auto, debajo de su asiento.
Barry White, le dije a mi viejo como si hiciera falta explicarle. ¡Pero claro! ¿Quién otro podía ser? ¿Escuchaste esa voz? Ese negro es una locura…te lo digo yo que de cantantes sé un montón.- Respondió emocionado y cuando creí que iba a empezar de nuevo a contar por enésima vez sus épocas de cantante de tango, el conjunto que tenía con sus amigos y mil anécdotas archiconocidas mas, se quedó callado y como presa de un pensamiento fantasma salió de la fosa. Estaba tan excitado con lo de Barry White que no podía seguir ajustando tuercas ni metiendo las manos en la grasa. Se acercó al escritorio, se sirvió Coca Cola y me preguntó. ¿Sabías que está en Córdoba?
 ¿En Córdoba? Pregunté extrañado porque todos los espectáculos grandes y famosos que valían la pena se estancaban en Buenos Aires. Si, en Córdoba- Me respondió- actúa mañana, en la Taberna de Julio… ¡Una locura!
 ¿No vas? Le pregunté como si recién me desayunara con las contradicciones de mi papá.
Hizo una pausa, le dio otro sorbo al vaso de Coca y lo miró a Sánchez como quien busca un lugar menos doloroso donde apoyar la mirada.
Contaba con la plata del auto ese de mierda pero no pudo ser. Contestó indignado.
El auto de mierda era la R4 blanca que hacía una semana habíamos terminado de arreglar y el dueño no retiraba.
 ¿Por qué no lo llamaste a Charliac para que lo buscara? Le pregunté. Entonces, mirando me contestó resignado y abatido.
 ¿Cómo te pensás que no iba a llamarlo? Le dejé como diez mensajes con la mujer, con los hijos, hasta que al final me atendió. ¿Sabés qué me dijo? “Aguantame un poco negrito, a vos no te puedo mentir…la bruja me pidió ir a verlo a Barry White y me gasté la guita de la Renoleta”.
Es un mal tipo ese, te lo vengo diciendo hace años.- interrumpió Sánchez mientras se le zafaba la llave intentando ajustar una tuerca y se le golpeaba la mano contra la morsa. Pegó un alarido y empezó con una catarata de insultos. Apretándose la mano golpeada con la otra se acercó a mi viejo para seguir diciéndole.
 ¿Ves, que te dije?... ¡Charliac y la puta madre que los pario!- gritó enfurecido.
Mi viejo pareció no escucharlo y siguió hablándome a mí como si Sánchez no existiera y sus gritos hubieran sido solo un alarido del viento en los recovecos de una ventana abierta.
Imaginate… -se lamentó- yo no puedo ir a ver a Barry White porque el señor no me paga el trabajo que le terminé hace una semana… ¡Porque se gastó la plata en entradas para él! ¡Pedazo de infeliz!- Se dio vuelta, dejó el vaso sobre el escritorio y volvió a meterse a la fosa. Lo miré pasar en una combinación extraña de bronca, impotencia y dolor.
Sánchez seguía insultando. ¡Te podés callar viejo! Le grité.
Enmudeció y volvió a ajustar la pieza que había abandonado.


Cerca de las 12 llegó Sebastián al taller. Entró saludando impersonalmente, lanzando un “buenas” que debía funcionar y alcanzar como saludo y avisó de su llegada al mismo tiempo. Sánchez le contestó preguntándole qué carajo venía a buscar. Yo lo saludé como siempre y mi viejo no abrió la boca mientras se ponía a recortar una manguera negra de goma que llevaba el agua a alguna parte del Taunus.
Sebastián se sirvió lo que quedaba de Coca Cola en un vaso y se me acercó. En la 7 mares sonaba otra vez la misma voz profunda que había desatado  el conflicto unas horas antes. Ahora podía reconocerla y eso me trajo una cierta comodidad extraña.
 ¿Qué le pasa a tu viejo? Me preguntó al oído Sebastián. Estaba por responderle pero me viejo dio un salto hacia atrás en la fosa y gritó enojadísimo ¡La puta madre! Se había cortado el dedo que le sangraba con fuerza, latiendo. Lo envolvió con la camisa que se había sacado y subió. Pasó por delante nuestro puteando y farfullando desgracias, camino al baño. Lo miramos como si entendiéramos pero yo sabía que Sebastián no podía comprenderlo y tuve la necesidad imperiosa de contarle, de explicarle, para que quedara claro que mi viejo no era así…al menos no siempre. Está como loco. El quería ir a ver a Barry White mañana y no tiene plata porque el dueño de la Renoleta esa no le pagó…
 ¿A quién quiere ver? Pregunto Sebastián tan desorientado como yo al comienzo de esa mañana.
Barry White, el que canta esta canción.- respondí señalando el aire y moviendo el dedo en círculos envolventes.
Sebastián puso cara de estar escuchando. Los ojos al techo, el mentón alto, la cabeza apenas a un costado. Ni idea- dijo y apoyando el vaso en el escritorio terminó comentando- esta Coca caliente es una mierda.
Con Sebastián nos conocemos de siempre, vivimos al frente uno del otro, fuimos  juntos al colegio hasta séptimo grado cuando la madre de él imaginó un futuro mejor mandándolo a un colegio religioso para que le devolvieran un chico correcto, justo, servicial y fiel a los preceptos , que ella tanto predica, de la iglesia católica. Unos años después las autoridades del colegio se dieron por vencidas comprendiendo que la palabra de Dios necesita también de oídos dispuestos y Sebastián no cumplía los requisitos. Terminó expulsado y cobijado nuevamente en nuestro viejo colegio, de donde no debía haber salido nunca, ahora si disfrutando la típica veneración que sus compañeros  adolescentes demostraron por los rebeldes, los inconformistas, las causas perdidas o los que parecen animarse a decir lo que otros no.
A las 12.30 en punto Sánchez se fue sin saludar. Salió del taller hablando solo, compenetrado en alguno de sus numerosos problemas imaginarios. Mi viejo salió otra vez de la fosa y anunció que también se iba a comer. Me preguntó si yo lo acompañaba, ignorando a Sebastián como siempre hacía.
No, andá vos nomás, nosotros comemos algo por ahí.
Bueno, pero tu mamá me va a preguntar por qué no fuiste…Cerrá el portón con candado si salís, no te olvides.- Recomendó.  Se acomodó la camisa ensangrentada y salió por la puerta cruzando un rayo de sol que se colaba entre las finísimas hojas del jacarandá de la vereda, como si saliera de la mañana gris que habíamos pasado y se internara caminando en un cuadro hermoso de luces y colores.
Con Sebastián nos preparamos unos sándwiches, compramos una Coca Cola fría esta vez y nos quedamos conversando sobre los temas que fortuitamente iban cayendo en nuestras cabezas.
 ¿Vamos a buscarlo a Anteojito? – me sorprendió Sebastian repentinamente con una pregunta/proposición totalmente fuera de contexto. Lo miré tratando de pensar rápidamente en lo que me decía, abandonando el sándwich a medio comer sobre el escritorio, pero vigilándolo hipnóticamente por si todo fuera una jugada de Sebastián para quitarme mi parte.
Anteojito era un amigo nuestro del barrio, nos habíamos criado juntos los tres, armado las mismas canchitas en los ferrocarriles, los mismos arcos de ladrillo en estadios imaginarios, habíamos pateado las mismas pelotas desinfladas, gastadas y cansadas; pero desde hacía dos años  se había mudado con su familia a lo que para nosotros era la otra punta de la ciudad.
Seba –dije sin estar completamente convencido- hacen como mil grados…Anteojito vive en San Vicente…- y casi sin darme cuenta me fui fastidiando mientras hablaba- ¡Y en qué vamos a ir!
Se sirvió Coca Cola de nuevo para tomarse un tiempo en pensar cómo rebatir mi argumento.
Vamos en la Renoleta, la del pelotudo que no le pagó a tu viejo, vamos y venimos…en una hora estamos de vuelta…y de paso le usamos el auto al gil ese- intentó convencerme apuntando todas sus intenciones a la frustración de mi viejo. Miré la Renoleta, miré el reloj y aunque comprendí que Sebastián me proponía una locura y esa locura me gustaba, no podía hacer algo que mi viejo terminara desaprobando; al menos no ahora que estaba tan deprimido.
 ¿Si le pasa algo al auto? ¿Si nos chocan? ¿Si chocamos? ¿Si se da cuenta? ¿Si no llegamos a tiempo? Todo eso pensé, todo eso puse entre Anteojito, Sebastian y yo.
No Seba, ni loco. ¿Si nos pasa algo, si raspamos el auto?...no, no, es una locura. – Me negué.
Sebastián me miró y comprendí que mi respuesta no lo sorprendía, creo que nunca había pensado que fuera a hacer lo que me pedía. ¿Tan predecible soy? Pensé decepcionado.
Nos quedamos un rato en silencio. Yo seguí con mi sándwich mientras Sebastián intentaba combatir el fuego que nos abrazaba en el galpón con lo que quedaba de Coca Cola fría.
Tenés razón –concedió al rato- aunque por ahí podemos dar una vuelta por la zona aunque sea ¿no? ¿Qué vas a hacer hasta que vuelva tu viejo? ¿Vamos a quedarnos acá divirtiéndonos? Dale no seas amargado - Insistió como quien se da cuenta de que esas pueden ser las palabras que le salven la vida frente al pelotón de fusilamiento que está por matarlo- pasamos por la pileta del club, seguro que hay un montón de chicas ahí y después vamos hasta la casa de Jorgito para ver si salimos juntos esta noche. ¿Querés? Dale…no seas boludo – suplicó- es una vueltita estúpida…por acá nomás. ¡Nos vengamos del boludo de la R4 y volvemos! Cerró.
No dije nada. No quería decir nada. Me quedé pensando otra vez.
Me paré, me sacudí las migas de la remera y fui al tablero de herramientas.
Vamos, dale – le dije mientras sacaba las llaves de la Renoleta que colgaban de un clavo doblado en la pared – damos una vuelta y volvemos rápido, si mi viejo se entera me mata. Ya sabés lo jodido que es con estas cosas. –Advertí.
Sebastián se paró de un salto y sonriendo como un chico salió a la vereda a esperar que yo sacara el auto.


La calle estaba desierta. El sol había hecho estragos con la voluntad de la gente y sólo aquellos que no tenían opción circulaban por el asfalto reblandecido de ese infierno casero. Una brisa caliente entraba por las medias ventanas de la Renoleta convirtiéndola en un pequeño horno con desplazamiento. El auto andaba bien de todos modos y eso me sacó una sonrisa. Mi viejo sabía lo que hacía. Por un instante me sentí absurdamente pleno.
Había algo en esa siesta calurosa de Córdoba, en ese sol despiadado, en el cielo celeste que encandilaba el pecho, en el calor que te hacía sentir vivo.
 ¡Metele pata, dale, para que aprenda el pelotudo del dueño que hay que pagar! – me gritó Sebastián para que acelerara como si en vez del acelerador pisara el cuchillo de la venganza. Aceleré y la Renoleta respondió con un quejido, como si sintiera que estaba pagando ella injustamente las faltas de su dueño.
Prendí la radio y otra vez la enorme voz del ídolo de mi viejo se puso a tronar en los parlantes de la puerta. Acelere más, o al menos eso quise. Era imposible.


Pasamos despacio por el club, hacía tanto calor que lógicamente todos estaban ahí. Por algún motivo absurdo, ese verano, nosotros, Sebastián y yo, no nos habíamos asociado. No sé exactamente qué pasó. Nos aburrimos, nos creímos más interesantes de lo que verdaderamente éramos o quizás le hice demasiado caso a él y terminé convencido de que éramos mucho más “adultos” que los que ahora disfrutaban en el agua.
Paré y desde la vereda a través de las rejas que había detrás del trampolín pudimos verlos a todos nuestros amigos de veranos pasados. Valeria, Salvador, Ariel, Gustavo, Roxana, Gabriela. Todos iban y venían al agua y nosotros los mirábamos como si estuviéramos en el desierto y ellos sádicamente desperdiciando el agua del oasis. Se veían tan felices, tan frescos y tan alegres.
Mirá los boludos estos acá – dijo Sebastián sin mirarme, mientras los dos seguíamos con la mirada todos los movimientos en la pileta, bajo las sombrillas, en el trampolín. No puedo entender qué hacen acá –siguió cuestionando sin sentido y buscando una excusa que claramente no existía para justificar que no nos habíamos equivocado en desistir del club ese verano. Sebastián seguía buscando cómo explicar que con 38 grados a la sombra en una siesta muerta de diciembre, nosotros dos, él y yo, en la calle, solos, pudiéramos estar mejor que nuestros amigos que reían, conversaban y nadaban en la pileta. Yo me había perdido a esa altura de la decepción. Estaba enfrascado en Valeria, la malla blanca, la piel apenas oscura. Qué bien le quedaba la bikini, qué linda estaba, qué lejos había quedado. No nos había visto, ni podía escuchar a Sebastián, que seguía con el asunto 
-¿Qué boludos, no? Estos no maduran más. Dijo y la distancia que nos separaba de Valeria me hizo sonreír pensando en que al menos no todo estaba perdido. ¿De qué te reís? Me preguntó Sebastián. ¿Yo? No me estaba riendo.- mentí. Me quedé callado un segundo pero me di cuenta de que no podía traicionar mis sentimientos y dejar todo así.
- Los boludos somos nosotros ¿no te das cuenta? – le recriminé indignado mientras seguía con los ojos pegados en Valeria. Sebastián hizo un paso atrás y me empujó despacio. Forzadamente saqué la vista de la bikini blanca, la piel apenas oscura y moviendo las llaves del auto como si fueran lágrimas que se sacudían cerré la conversación. Dejá, dejá…vamos a lo de Anteojito.
Caminé al otro lado del auto abriendo la puerta como quien abandona el billete ganador de la lotería apoyado en la mesa del parque en medio de un tornado.


Cruzamos el centro como si se tratara del desierto del Sahara y en Colón doblamos para seguir a San Vicente. No había nadie en el camino, sólo algunos resignados y sufrientes personajes que como mutantes manejaban el ómnibus, el taxi o caminaban desgraciados, apretados por los mandados y los plazos que les marcaba un jefe de aire acondicionado.
Aceleramos para tomar la onda verde de los semáforos. El motor rugía como si el esfuerzo fuera supremo. Ninguno de los dos hablaba. Yo pensaba en Valeria. Sebastián seguramente en nada.
- ¿Al final la llamaste a Valeria o no? Me dijo leyéndome la mente.
Yo seguía enroscado en mis pensamientos y en calcular, con el pie en el acelerador, la velocidad exacta para llegar en movimiento al próximo semáforo en verde.
- ¿Qué? ¿De qué me hablas?
- De Valeria, vi como la mirabas…y siempre hacés lo mismo…la mirás, la mirás…
- Ahh si…- reaccioné pero intenté no sentirme un boludo por el comentario tan concreto y cierto de mi amigo- le hablé ayer, me atendió el hermano, no estaba…y le dije que iba a hablarla de nuevo pero no la llamé.
- ¿Por qué?
Qué se yo por qué. No tuve tiempo, me olvidé, no sé.
Doblé acelerando en el boulevard a la derecha, sin poner el guiño y arriesgándome a que el ómnibus que me insultaba y tocaba bocina me partiera el auto en dos. Finalmente lo había logrado. Sebastián debía estar conforme. Ahora sí me sentía un pelotudo.


Las calles del barrio tenían la misma cara que el centro, que las otras calles, que nuestro barrio. Estaban desiertas y pegajosas. El sol entraba a escena en un ángulo de 45 grados y entonces los árboles que teníamos a la derecha iban marcando un angosto río de sombra. Moví el auto por esa senda como si en el sol estuviera el precipicio. Hicimos un par de cuadras pasando San Jerónimo y en la esquina de López y Planes paré.
- ¿Sabés o no dónde vamos?
- Hace mucho que no vengo – explicó Sebastián- pero vos tampoco te acordás? Para mí eran tres cuadras desde San Jerónimo…
- Yo también hace rato que no vengo- interrumpí – me vuelvo por donde vinimos a ver si de esa forma nos ubicamos de nuevo.
Puse primera y el auto en movimiento para hacer lo que había propuesto. Dimos un par de vueltas y comenzamos a recorrer el barrio otra vez. Siempre por la sombra, siguiendo la corriente.
- ¡Pará, pará! me gritó Sebastián e instintivamente pisé el freno y la Renoleta se inclinó hacia adelante como haciendo una reverencia.
- ¿Qué pasa? – pregunté sobresaltado sin ver en frente ningún peligro, ninguna persona, ningún auto.
- ¡Ya está, me acordé! Doblá a la derecha, da la vuelta a la manzana y te digo.
Hice lo que me indicó Sebastián y al rato estacionamos en la puerta de la casa de “Anteojito”. Una típica casa de los años 40, con el revoque agrietado, un color marrón ya casi extinguido. La puerta de caños que daba ingreso al porche y más allá una puerta de madera con una ventanita de vidrio esmerilado. Nos bajamos y sorteamos cual de los dos tocaría el timbre. Era hora de la siesta, el calor era insoportable y ninguno de los dos quería ser el culpable de la furia del padre de “Anteojito”. En el barrio los chicos le decían “Neurus”, un poco por loco y más que nada por malhumorado, aunque en realidad el carácter del viejo no fuera cosa de risa.
Me tocó a mí. Puse el dedo en el botón como si estuviera colocándolo en un enchufe. Esperando la descarga. No sucedió nada. Simplemente no sonó. Entonces confiado y envalentonado lo miré a Sebastián y le dije que golpear la puerta era su tarea. Yo había superado mi prueba.
-¿Por qué? Vos perdiste y tenías que tocar el timbre.
- Exacto…toqué el timbre y no pasó nada. La puerta es otro asunto.
Resignado abrió la palma de la mano y la golpeo con tanta fuerza que me dejo boquiabierto y con los ojos enormes de miedo.
Nadie salió, nadie contesto. Sebastián volvió a golpear la puerta con la misma fuerza. De pronto escuchamos una voz muy baja que desde un costado nos preguntaba qué queríamos. Nos miramos confundidos y después nos dimos cuenta de que la ventana de la derecha tenía la celosía entre abierta. Nos paramos enfrente seguros de que Neurus no podría hacernos nada desde allí.
- Hola chicos ¿Cómo están? – Era la voz de Liliana, la madre de Anteojito que sonaba apagada y ronca- ¿Lo buscan a Marquitos?
- Hola señora – respondimos los dos y seguí hablando yo- sí lo estamos buscando. ¿Está acá? ¿Puede llamarlo?
El ruido ensordecedor de un camión que pasó en ese momento por la calle nos dejó a los tres incomunicados y cuando se alejó tuve que repetir la pregunta.
La mujer contestó apenas una vaguedad y nos dijo que su hijo estaba con el padre haciendo un trabajo en la Casa de Hierro. Sebastián intentó preguntarle dónde estaba la casa pero lo tomé del brazo y saludándola lo llevé hasta el auto.
- ¿Sabés dónde es la casa? ¿Por qué me sacaste así? – Me preguntó indignado.
-No sé…-dudé un instante porque realmente no tenía un motivo concreto sino simplemente la idea de que no debíamos o yo no quería, estar allí- cuando pasó el camión que nos dejó sordos el sol entro por la celosía de la ventana…
-¿Y qué?- Interrumpió Sebastián seguro de que mi historia no iba a ningún lado.
-Le vi la cara a la madre de Anteojito…tenía un ojo cerrado y con un moretón enorme, como si fuera un boxeador.
Sebastián cambió la cara inmediatamente y sus ojos abiertos, enormemente, convencidos de que iba a decirle alguna pavada, cambiaron por completo hasta llegar a ser dos monedas tristes y decepcionadas.
- Ese viejo hijo de puta – reclamó indignado- siempre cagándola a trompadas a la mujer.
Cerró la puerta del auto y quedamos los dos sentados inmóviles junto al cordón de la vereda.
-Siempre le pegó. – Continuó- No sé de qué nos asustamos ahora, ¿no? Seguramente Anteojito no está con el viejo, debe haberse ido a la mierda como hace siempre.
- Vamos a ver ¿querés?- Propuse y encendí el auto.
Un par de cuadras más adelante encontramos dos chicos andando en bicicleta y les preguntamos si conocían una casa de hierro. Se miraron como si estuviéramos preguntándoles por una esquina de Hong Kong y sin hablarnos siguieron camino. Llegamos otra vez a la plaza en busca de alguien que pudiera guiarnos, alguien que pudiera darnos algún dato para confirmar cómo encontrar el lugar donde esperábamos no estuviera Anteojito con el padre. Detuve el auto a la sombra de un lapacho enorme. Ahí abajo el calor se soportaba, abrimos las puertas para que corriera aire y prendí la radio. Me sorprendió otra vez la voz profunda que me perseguía ese día.  Sonreí en silencio.
-¿Barry cuánto? – me pregunto Sebastián
Sonreí de nuevo al ver que tanto hablar del tema la idea había colonizado su cabeza y le contesté. 
- Barry White.
Me acordé de mi viejo y mirando el reloj calculé que estaría durmiendo la siesta acurrucado contra el ventilador de su mesa de luz. Charliac se merecía que le hiciéramos mierda la Renoleta pero eso, finalmente, sería una desgracia más para mi papá. Sin Barry White y teniendo que arreglar nuevamente el auto del tipo que lo dejaba fuera del show que había esperado los últimos 10 años.
Un hombre mayor dobló la esquina de la plaza, iba refugiándose del sol con las sombras de los árboles  y un diario que sostenía sobre su cabeza. Me bajé del auto y lo tomé por sorpresa. Frenó de golpe, sorprendido, casi asustado. Le pregunté si conocía la casa. Pensó unos segundos como si lo que le había preguntado estuviera, como estaba, totalmente fuera de contexto. Bajó el diario y el sol le dio de lleno en la cara, tanto que tuvo que cerrar, inconscientemente un ojo.
Me dio un par de indicaciones que resultaron muy simples. Nos saludamos, le agradecí y volví al auto donde Sebastián me esperaba dormitando. Lo empujé sobre su lado y como tenia la puerta abierta casi cae a la calle en el medio de un susto. Nos acomodamos, cerramos y salimos a cumplir con las indicaciones del hombre de la plaza.


Doblamos donde nos habían indicado y disminuí la velocidad para buscar detenidamente La Casa de Hierro. Imaginábamos que deberíamos ir despacio para saber cuál era, simplemente no teníamos idea de lo que buscábamos. A mitad de la cuadra, sobre el lado derecho, la encontró Sebastián. No podría decir que era lo que esperaba porque claramente no sabía qué esperar de una casa de hierro, simplemente el color podía darnos alguna pista, pero su forma era bastante simple y se parecía mucho a una casa cualquiera. Tenía dos plantas, un pasillo galería abajo que en la planta alta continuaba. Dos ventanas muy concretas abajo y una grande, con vidrio repartido arriba. El techo inclinado, una tapia bajita afuera, completada con alambres y una puerta de hierro. En la puerta, unos metros más adelante, al rayo del sol, estaba parado el Fiat 600 de Neurus. Estacioné la Renoleta detrás y Sebastián me miró como si estuviera cometiendo un crimen imperdonable y me dijo-Nos vamos a morir cuando subamos de nuevo.
Es un segundo nada más, además no hay sombra en toda la cuadra.- respondí.
Miramos juntos de nuevo hacia adelante y confirmamos que yo tenía razón. Resignados nos bajamos y fuimos hasta la casa. Parecía no haber nadie, pero unos segundos después de haber llegado, mientras mirábamos como dos gatos a rayas marrones y negras peleaban por una lata de arvejas vacía que estaba tirada del otro lado del porche, escuchamos un par de golpes secos sobre alguna superficie metálica. Alguien estaba dentro de la casa.
Golpeamos las manos tímidamente primero. Como no tuvimos ningún resultado volví a hacerlo con más fuerza y determinación. Al instante la ventana de arriba se abrió y una señora canosa de rodete se asomo preguntando qué buscábamos. Sebastián preguntó por Neurus, en realidad lo hizo por su nombre verdadero, Ramón Achaval.  La mujer dudó un segundo y pareció entonces comprender de quién hablábamos, seguramente para ella también, Achaval se llamaba Neurus.
Un rato después se asomó por la misma ventana el papá de Anteojito. Apoyó las dos manos en el marco como si fuera a saltar hacia la vereda en un giro acrobático y preguntó sin saludar.
- ¿Qué pasa?
- ¿Marcos?... ¿está con usted? – preguntó Sebastián con la mirada en el piso. El tipo era un enano de 1 metro 60, flaco, medio pelado y desprolijo, pero tenía tanto mal humor y tanta malicia acumulada que igualmente daba miedo…y bronca. Bronca porque hacía que uno se enojara consigo mismo por tenerle tanto respeto a un tipo tan miserable.
- No, no está – respondió casi amablemente- se quedó mariconeando con la madre.-cerró confirmando que las cosas malas solo pueden empeorar.
No le contestamos, no tenía sentido. Dimos media vuelta y nos pusimos en camino al auto. Cuando bajé el cordón de la vereda para acercarme a poner la llave en la puerta escuche un grito muy fuerte. 
- ¡Neurus hijo de puta! Ahora Sebastián corría hacia la puerta del auto pidiéndome que le abriera. La Renoleta arrancó apurada y por el espejo retrovisor vi como un destornillador volaba por el aire y se clavaba de punta en el asfalto incandescente. Neurus seguía trotando detrás de nosotros achicándose en la inutilidad de su esfuerzo, mientras nos alejábamos.
Bajamos hacia el río en un intento de encontrar a Anteojito por algún lado. Sabíamos que en la casa no estaba, o al menos eso había dicho la madre, si apoyábamos la teoría retorcida de la mente de Sebastián. Dimos unas cuantas vueltas por el infierno con el sol apoyado en la nuca. Hacía tantos grados como era posible registrar. La Renoleta hizo un corcoveo y por un instante pareció haber muerto, sin embargo en un movimiento rápido pisé el embrague, bajé un cambio y solté el pedal rápidamente. Eso pareció devolverle los latidos al motor y seguimos camino. Doblamos a la derecha en una callecita chiquita que desembocaba en medio de lo que había sido alguna vez una casa, en esa pila de escombros que le daban la espalda al Suquía y nos convencimos de que la búsqueda de Anteojito no tenía sentido. Paré en la esquina siguiente debajo de un sauce que nos dio sombra. Las hojas del árbol acariciaban el techo del auto y al fondo el agua del río corría tranquila. Podría haber sido parte de alguna imagen de verano, de una postal de las sierras o de la imaginación de cualquier viajero pero eso era poco más que un pedazo del decorado, cuando veías la escena completa te daban ganas de ponerte a llorar.


Subimos hacia la avenida Sabattini, buscábamos volvernos, la siesta estaba muerta ya y la tarde había ganado la pulseada. No quedaba nada por hacer, en un rato mi viejo llegaría al taller y la Renoleta de Charliac no podía faltar.
Las dos primeras cuadras las tomamos a gran velocidad, la calle seguía desierta. Pasamos la esquina de la gomería y la Renoleta otra vez volvió a corcovear disconforme, repetí la maniobra del embrague y la marcha pero aunque pareció reaccionar terminamos parados a mitad de cuadra con el motor apagado. Nos bajamos puteando y sin poder creerlo.  Levanté el capot y Sebastián se puso a tocar cables y revisar tornillos.
- ¿Vos tenés idea de esto? Le pregunté.
- No… ¡Pero no puede ser tan mierda este auto!!
Lo miré indeciso entre reírme o insultarlo. Lo hice a un lado y me puse a ver qué podía encontrar fuera de lugar. Yo tampoco tenía demasiados conocimientos del tema pero Sebastián jamás había visto el motor de un auto ni siquiera de cerca. Toqué todo lo que tuve a mano aunque temeroso de mover algo que, sin saberlo yo, impidiera el arreglo para siempre.
Diez o quince minutos después me di por vencido y fui a sentarme en el cordón de la vereda al lado de mi amigo. Nos quedamos a la sombra sin saber qué esperábamos, mientras tanto un ómnibus pasó rápido soplando un humo negro y espeso. Fue el único vehículo en un rato bien largo.
- Bueno… ¿Qué hacemos? Mi viejo va a volver al taller y me va a querer matar.
- Lo hablemos por teléfono…que alguien venga a buscarnos…no sé…después de todo el dueño de esta mierda es un hijo de puta. ¿O no?
- Charliac es un pelotudo, lo dejó a mi viejo sin ver al cantante que quería ver desde hace mil años… pero vos sabés cómo es él…derecho como la puta madre, no mezcla las cosas. Busquemos un teléfono, lo voy a llamar a Sánchez. En una de esas lo agarro en la casa antes de que salga para el taller.
Nos pusimos a recorrer la cuadra y nos fuimos dando cuenta de que no había casas a la vista, sólo locales comerciales, cerrados por supuesto y un galpón infinitamente blanco con una pequeña puerta negra de chapa.
- ¡Mirá este auto! – señalo Sebastián.
Hice la vista a la izquierda, mirando a la calle. Un enorme Mercedes Benz negro estaba estacionado en la puerta. Yo no lo había visto, abstraído como estaba en encontrar alguien que nos prestara un teléfono y evitara la explosión de gritos, justificados, de mi viejo.
- Seguramente acá hay gente, nadie deja un auto como este en la calle y no está cerca para echarle un ojo – dijo Sebastián acercándose a la puerta de chapa.
Yo había comenzado a preocuparme mucho. Imaginaba lo que se venía, la bronca de mi viejo, la desconfianza y sobretodo la decepción. Qué estupidez me había hecho hacer Sebastián. ¿Por qué lo había escuchado? Ahora no había tiempo para remordimientos, sólo quedaba actuar, aunque no supiera qué hacer. La idea de golpear la puerta en donde estaba estacionado el  Mercedes me pareció buena, aunque a esa altura de la desgracia cualquier cosa me parecía buena.
Lo acompañé y esperé  que golpeara. La puerta sonó más débil de lo que parecía debajo de sus nudillos.
Nadie pareció estar cerca, nadie respondió, preguntó quiénes éramos ni atendió a la puerta. Sebastián volvió a golpear, esta vez más fuerte y un “click” fue la respuesta. La puerta se abrió y el pestillo fue el culpable del sonido.
- Estaba mal cerrada – dije.
Mi amigo no respondió y en cambio abrió la puerta lentamente, como si estuviera esperando que en cualquier momento nos sorprendieran entrando, sin embargo nadie se asomó al pasillo en el que habíamos desembocado. Apenas había luz y al fondo se notaba otra puerta negra. Podía escucharse el sonido bajo de una batería que sonaba sin acompañamiento. Caminamos un poco más y llegamos a la que habíamos pensado era una nueva puerta pero resultó ser una pesadísima cortina de tela. La descorrimos tímidamente y nos encontramos en el medio de un salón enorme y vacio. A la derecha un grupo de sillas ocupaban la vista y mas al fondo, a unos 4 o 5 metros, una pila de parlantes, micrófonos y cables tapaba la única ventana y una gran parte de la pared. Parecía no haber nadie aunque se escuchaban voces que rebotaban en el espacio muerto.
Nos asomamos un poco más y descubrimos un grupo de 9 o 10 personas que caminaban hacia nosotros, hablando entre ellos, sin habernos visto aun.
La mayoría impresionaban por su tamaño, todos vestidos de colores estruendosos y demasiado abrigados para la realidad que el sol del diciembre impiadoso nos repartía. Los 2 primeros eran pequeños y hablaban en castellano, los otros mucho más altos y gordos hablaban entre ellos en inglés. Nos quedamos quietos sin saber qué hacer o decir, mientras sólo podíamos verlos llegar hasta donde estábamos nosotros. Parecieron no vernos hasta que uno de los que hablaba en inglés, alto, moreno y de unas rastas larguísimas se separó del grupo y caminando hacia Sebastián comenzó a hablar en inglés, preguntándonos algo que no sabíamos entender. Seguimos callados mientras veíamos que poco a poco todos iban notando nuestra presencia. Nos rodearon y la tensión entre la duda de quiénes éramos y qué hacíamos ahí bajó como si fuera una niebla espesa y asfixiante. Todos se acercaron excepto el que venía detrás de todos. Era el más moreno, el más gordo y el único que tenía una camisa blanca abierta hasta casi la cintura, demostrando que no estábamos solos en eso de sentir la temperatura endemoniada que lo invadía todo. Uno de los que hablaba castellano tomó la palabra y nos pregunto qué hacíamos ahí, si buscábamos a alguien o traíamos algo. No pude más que comenzar a explicar la situación, la Renoleta, Anteojito que no estaba, Neurus que nos salió a correr, la Renoleta fallecida, mi viejo que seguramente ya nos estaba esperando. Mientras contaba todo no podía dejar de notar que mi relato debía sonar absurdo y sin sentido a los oídos de esa gente. Estaba convencido de que era inútil seguir complicando la situación con comentarios sin sentido pero al mismo tiempo no podía dejar de hablar. Los nervios me habían traicionado.
Necesitamos una mano con el auto. Resumió Sebastián.
El muchacho que nos hablaba en castellano explicó la situación a los demás y parecieron entender, todos menos el gordo más gordo que se acercó lentamente y parándose delante nuestro comenzó a hablar en inglés otra vez. Tenía la voz muy gruesa, tanto que me di cuenta unos segundos después que podía reconocerla y lo interrumpí sin quererlo, emocionado como estaba de haber resuelto el acertijo en mi cabeza.
- ¡Barry! – dije- ¡Sos Barry White!
Sorprendido, se quedó callado y el muchacho que hablaba castellano dejó de observarlo a él para enfocarse en mí. Me miró con muy mal gesto.
 ¿Estás loco? Nadie interrumpe a Barry…seguramente le gustará que lo reconozcas pero lo pone muy mal que cualquier pelotudo lo interrumpa.
Sebastián se metió en la discusión y eso nunca era bueno. Comenzaron a insultarse mientras Barry y yo sólo mirábamos. Los demás músicos y asistentes se levantaron de sus sillas dejando los instrumentos y los cables en el piso. Comenzaron a acercarse, cautos y sin demasiado apuro pero seguros de que si era necesario deberían intervenir.
 ¡La puta madre que te parió enano de mierda! Fue lo último que dijo Sebastián antes de empujar al tipo que hablaba castellano contra una mesa de fórmica donde se apoyaban una jarra, algunos vasos y una hielera vacía. Todo voló por el aire despedazándose y salpicando de astillas a los que estábamos cerca. Instintivamente Sebastián avanzó sobre el flaquito que estaba en el suelo y eso se vio claramente como un desafío para los demás que comenzaron a gritar y llegaron corriendo hasta donde estábamos nosotros. Recibí una trompada desde un costado que me hizo rebotar contra la pared y enredarme en la tela negra que cubría el ingreso, caí al piso envuelto en la cortina y sentí un par de patadas en las costillas, me pude parar y logré ver como Sebastián se esforzaba para que no lo alcanzaran las patadas que le tiraban dos negros inmensos. Barry White seguía parado en el mismo lugar, tenía los ojos enormes y atentos pero no atinaba a hacer nada. Me saqué de encima la tela negra, que era bastante pesada, y levanté la mesa de fórmica para tirársela encima a los dos gigantes que le pegaban a mi amigo. Barry me miró sorprendido y por un momento sentí que, absurdamente, lo había decepcionado. Comenzó a gritar con su voz atronadora, siempre en inglés, siempre sin poder entenderlo. La locura se detuvo y quedamos todos jadeando, buscando reponernos del stress y los golpes. A simple vista el lugar se había convertido en un desastre y pude ver cuánto desorden y destrucción habíamos causado casi sin darnos cuenta. Sebastián volvió hacia atrás, a donde estábamos apenas llegamos, nos quedamos un minuto ahí, esperando la oportunidad de escaparnos aunque no hiciéramos ningún movimiento. Los dos en la puerta. Uno de los que hablaba castellano se sacó la mano de la cara y dejo a la vista la sangre que le caía desde la ceja partida. Se miro las manos rojas y se puso a insultar como loco, por un momento era el único que había perdido el control en la frágil tregua que se había formado desde los gritos salvajes de Barry. Nadie pareció tomar en serio los insultos del tipo que tenía la sangre cayendo como cascada, hasta que harto de que no le prestaran atención decidió vengarse de quien, teóricamente, le había roto la ceja. Hijo de puta. Le gritó a Sebastián y le tiró una banqueta de metal que tenía a un costado. La banqueta le dio en el hombro y una de las patas me pegó en la nariz, por un segundo no entendimos nada de lo que sucedía, la calma que sabíamos endeble, se había quebrado otra vez. Mi amigo, caliente como siempre ha sido, lo insultó de nuevo e hizo un par de pasos con los ojos desorbitados tratando de alcanzarlo, el petiso se movió rápido y desapareció detrás de unos negros grandotes y de pronto todo volvió a ser como era, nos tiraron un par de patadas mientras retrocedíamos y cuando nos acomodamos para salir por la puerta, donde antes estaba la cortina negra, Sebastián manoteó a Barry White de la camisa, lo puso delante suyo como un escudo  y de algún lugar que no pude nunca precisar sacó un revólver y se lo puso a Barry en la mejilla. Automáticamente todos los demás se quedaron inmóviles, sorprendidos en su buena fe de patoteros a mano limpia. El conflicto, el desafío, había pasado a un nivel distinto. Cuando me di cuenta de la situación no pude contenerme.
- ¡Estás loco! ¿De dónde sacaste eso? – me contorsioné como un chico caprichoso y me tape la cara con las manos esperando descubrirme los ojos y encontrar que estaba soñando.
Quité las manos de mis ojos y la pesadilla continuaba. Me puse a insultar a Sebastián, simplemente, mientras caminábamos de espaldas a la salida por el pasillo oscuro. Los empleados y amigos de Barry estaban petrificados y preocupados. Sebastián parecía controlar la situación y estar notablemente excitado mientras apuntaba a la cara de Barry con el revólver. Llegamos a la puerta y yo aun no podía creerlo. ¡Estábamos amenazando con un arma a Barry White!
- Abrí. –ordenó Sebastián. Hice lo que decía, súbitamente no tuve ningún impulso de contestarle o discutirle, sin embargo mientras hacíamos los primeros pasos en el sol terrible de la vereda no pude evitar preguntarle, tratando de no ofenderlo. ¿A dónde vamos?
Sebastián se detuvo y con él detuvo a Barry White que transpiraba y estaba visiblemente encandilado.
- ¡Tenés razón! El auto de mierda que trajimos no arranca…vení vamos a buscar las llaves del Mercedes.
Mientras él hablaba temía que mi pronóstico se hiciera realidad.
Hice un último intento de recobrar la cordura y la esperanza en un futuro posible, le pedí que pensara de nuevo en lo que estábamos haciendo pero no logré convencerlo.
Manoteó los bolsillos de Barry mientras él lo miraba escandalizado sin entender nada, cuando finalmente comprendió que Sebastián buscaba las llaves del auto, se puso a tronar diciendo en inglés lo que entendimos quería decir que él no las tenía. Resultaba tan obvio, pensándolo bien, un tipo súper famoso como él no iba por la vida sin chofer.
- No queda otra que entrar a buscar las llaves.- me dijo Sebastián.
Lo miré sorprendido y desesperado.
- No podemos entrar ahí de nuevo. ¿Te volviste loco?
No me miró siquiera y tomando a Barry del hombro lo empujó con la pistola hacia la puerta. Opté por quedarme afuera y mientras estaba ahí al rayo del sol, parado en la vereda desierta estuve tentado a huir, salir corriendo y perderme por ahí esperando que de una forma u otra esa locura terminara. No tuve tiempo, a los pocos minutos salieron los dos de nuevo y yo seguía dudando si irme o quedarme. Sebastián me tiró las llaves, las tomé en el aire y me fui al lado del conductor. Cuando intento poner la llave en el tambor de la cerradura siento unos gritos destemplados y desaforados. Giro mi cabeza hacia atrás, hacia el sentido desde donde venia el tráfico y después de un Rastrojero veo la figura neurótica de Neurus que pedaleando en su bicicleta de carreras se iba acercando. Nos había seguido, como pudo, patéticamente, enloquecido y enceguecido por la ira, como siempre. Mirá-Le dije a mi amigo. Hizo la cabeza hacia el mismo lado y sin dejar de apuntarle a Barry, que también giro a mirar el espectáculo, me dijo. No te puedo creer…este tipo está completamente loco…
No salíamos de nuestro asombro y nos quedamos observándolo mientras se acercaba y nos seguía insultando, un par de metros antes de encontrarnos destrabó el inflador del marco de la bicicleta y descuidó por un momento el manubrio con forma de cabeza de carnero. Lo levantó sobre su cabeza y lo tiro hacia nosotros. El inflador se desarmó cuando pegó sobre el baúl del Mercedes. Barry se estremeció como si le hubiera pegado a él, pero al mismo tiempo Neurus perdió el equilibrio, seguramente por el movimiento forzado que hizo para tirarnos el objeto. La bicicleta en un acto circense se dobló en dos y la rueda delantera pasó a estar atrás, el voló por el aire y cayó sobre el asfalto reblandecido y se quedo inmóvil ahí. Nos miramos, Sebastián, Barry y yo, y por un momento juro que me pareció que nos sonreímos los tres. Era todo tan absurdo, tan irreal. Puse la llave en la puerta y abrí, dejando de mirar a Neurus que seguía en el suelo, subí y me acomodé en el asiento del conductor cuando por el espejo vi que el padre de Anteojito se levantaba, sucio y raspado pero igualmente desencajado. Salió a un trote suave y maltrecho hasta el auto, todavía seguía insultando. Se paro delante de Sebastián y sin reparar en la presencia de Barry le tiró una trompada. Ambos, Sebastián y Barry se hicieron a un lado y el puñetazo quedó flotando en el aire, cuando Neurus recuperó la vertical, Sebastián no le dio tiempo para intentar un nuevo golpe y lo apunto con el revólver también.
-¡Dejate de romper las pelotas boludo! – le dijo y con el caño del arma moviéndolo de derecha a izquierda continuó- ¡Subite pelotudo, subite!
Neurus se petrificó instantáneamente y dócil como un pequeño cachorro abrió la puerta y se sentó en el Mercedes, Barry se ubicó a su lado y finalmente Sebastián se subió mientras los mantenía a los dos apuntados.
Apreté el acelerador a fondo y bajamos de la vereda como despedidos por un cohete. Jamás había tenido una sensación igual, nada de lo que había manejado hasta ese momento podía compararse y me vi sonriendo en el espejo retrovisor.
- ¿Y ahora?- pregunté- ¿Qué hacemos?
- Ni idea…- contestó mi amigo mientras seguía apuntando a los dos rehenes del asiento trasero.
Pisé más el acelerador. La calle estaba desierta, todavía.


Nos íbamos acercando al centro y la calle se iba poblando lentamente, había más autos, algunos colectivos, aunque casi nadie pasaba caminando.
Manejar ese auto provocaba placer. Acostumbrado a estar detrás del volante de las porquerías que arreglábamos en el taller de mi viejo, tener entre las manos esa bestia poderosa era un lujo que jamás había soñado. Yo conducía embelesado, sin saber a dónde íbamos, sin sentido casi, pero profundamente extasiado en la sensación de manejar un auto que se sentía como una fiera domesticada.
Casi llegando a la terminal de ómnibus se me cruzó un Rastrojero rojo desvencijado y tuve que pegar un volantazo para evitar que nos chocara. Le toqué bocina y empecé a insultarlo, la amenaza del choque me había afectado tanto como si el auto fuera mío. Me pareció gracioso y seguí camino.
El movimiento inesperado nos sacudió a todos del limbo en el que veníamos transitando y Sebastián habló después que se callaron mis insultos y el Rastrojero se perdió por una cortada.
- Necesitamos alguien que hable inglés…para que se comunique con este tipo (movió el revólver señalando a Barry White) si no se nos va a complicar salir de este quilombo.
Me pareció lógico el planteo porque a mi también me preocupaba saber o al menos pensar hacia dónde estábamos yendo, qué haríamos, cómo solucionaríamos el problema en el que estábamos metidos.
-Van a necesitar buenos abogados…-comentó por lo bajo Neurus.
Sebastian le pegó un culatazo con el revólver y lo empujó contra Barry White que no entendía nada y transpiraba sofocado por los nervios, aunque el aire acondicionado trabajaba sin respiro.
- Viejo pelotudo…-dijo Sebastián y dirigiéndose a mi siguió diciendo- pensemos un poco…en un rato nos va a buscar toda la policía, el auto este es complicado para esconder…y tiene que quedar bien claro que nosotros no quisimos secuestrarlo al morocho…
- Barry White.- aclaré.
- Sí, como sea – siguió Sebastián- hay que explicarle, hacer que hable con la policía y con su gente para que todo quede claro y nos dejen en paz. ¡Eso es lo que tenemos que hacer!- Terminó de hablar entusiasmado y se le iluminaron los ojos cuando lo miré por el espejo retrovisor, estaba enloquecido como si hubiera tenido una idea que lo acercaba al premio Nobel o al reconocimiento mundial.
-  ¿Y cómo le van a decir eso, como lo vas a convencer si lo estas apuntando con un revólver desde hace una hora?- las preguntas fueron de Neurus que parecía no entender que sus opiniones no eran bienvenidas. Sebastián volvió a pegarle con el revólver, esta vez en el hombro.
- Ahora tiene razón – dije- no le pegues al pedo.
- ¿Viste? – dijo sonriente Neurus mirándolo a Sebastián que le aplicó otro golpe con la culata del arma como si se tratara de un acto reflejo.
- Hablemos seriamente –aclaré- ninguno habla inglés, lo tenemos raptado y el tipo no entiende nada…va a estar complicado Seba, aceptalo.
Nos quedamos en silencio una vez más, nosotros pensando, Neurus temeroso de recibir otro golpe y Barry White mirando a todos lados sin poder comprender nada de lo que estaba pasando.
 ¿Sos boludo? – Cortó el aire Sebastián- te dije hace un rato que necesitamos alguien que hable inglés.
Me di cuenta entonces de que me hablaba a mí y de que estaba en lo correcto.
-¿Pensaste en alguien? Le pregunté.
- No…pero eso te dije a vos, para que ayudes.
Otra vez el silencio gobernaba el auto. Sólo la fricción de chicle de las ruedas del mercedes, reblandecidas por el calor sobre el asfalto blando, se escuchaban
- ¡Vamos al club! – Sorprendió Sebastián- la chica ésta…cómo se llama…la del culo lindo…
- Valeria – contesté cayendo en la trampa sin darme cuenta.
- ¡Esa! La que te gusta a vos y no te da bola…Ella sabe inglés, va al colegio ese…
Preferí no decir nada mas, todo podría y sería usado en mi contra.
Llegue con el auto a la esquina y doblé a la derecha sin poner el guiño.
Estábamos a pocas cuadras del club.


-Bajate, dale.
-Bajate vos – le retruqué a Sebastián- fue tu idea buscarla a Valeria…además no sabemos si estará acá o no y de última tampoco creo que quiera venir con nosotros en semejante locura.
-A mí no me va a dar bola…después de todo te gusta a vos. Dale, bajate y buscala…seguro que te da bola.
-Parecíamos dos estúpidos discutiendo para ver quién se bajaba del auto a buscar a Valeria.
El auto en marcha parado en la puerta del club llamaba la atención de los pocos transeúntes que pasaban por la puerta.
-¡No, no puedo quedar como un boludo otra vez! ¿Te acordás cuando la invité al cine y no me contestó nunca? Fue un desastre….un desastre. Dale Sebastián, bajate, no seas tan cagón. Fue tu idea.
- ¡Dale, bajate de una vez! – Dijo Neurus visiblemente cansado de nuestro diálogo adolescente.
Sebastián lo miró de costado pero no le pegó con el arma, en cambio puso el revólver en el asiento de adelante junto a mí y abrió la puerta para bajarse. El calor que nos invadió se sintió como estar expuesto a las llamas del sol. Por el espejo vi como Neurus sonreía.
Se tardó un buen rato en salir del club. Seguramente le habían pedido el carnet que no tenia y le había costado trabajo entrar, más aun llegar hasta la pileta, vestido como estaba.
Repentinamente salió, bajando las escaleras, transpirado, por el calor que hacía afuera y el reflejo del sol en los vidrios espejados que daban a la pileta. Venía solo y eso fue una mala noticia. No teníamos quien hablara inglés, ni siquiera sabíamos qué estábamos haciendo ni qué haríamos después, solo sabíamos que estábamos cometiendo un delito grave aunque fuera sin quererlo.
- Es un boludo, viene solo – dijo Neurus y estuve a punto de pegarle yo en ese momento- ¿Qué van a hacer ahora, eh? Están jodidos…Si yo fuera ustedes me voy hasta Río Ceballos o Alta Gracia y ahí lo bajo al morocho, al Barry éste. Le meten un par de tiros y lo dejan ahí. Nos vamos rápido, dejamos el auto y después cada uno a su casa…Total yo tengo muy poca memoria cuando hace falta, ¿Me seguís?
Lo escuché muy parcialmente pero comprendí rápidamente que Neurus proponía una locura.
- ¿Me estás diciendo que lo matemos? ¿Estás loco o sos boludo simplemente? ¿Cómo vamos a matar a alguien? Es…es… ¡Una locura! Grité.
Sebastián abrió la puerta y se sentó junto a Neurus que estaba callado e inmóvil.
- Pasame el revólver – me dijo y preguntó- ¿Qué les pasa a ustedes dos que se miran raro?
- ¡El loco este quiere que lo matemos a Barry White! ¿Te imaginás? Es una demencia.
- Si ya lo pensé – explicó Sebastián como si matar a Barry White se equiparara a exprimir una naranja o decidir entre ponerle aceite o manteca a los fideos- pero es un quilombo en serio y no creo que valga la pena por ahora, además deberíamos boletearlos a los dos.- aclaró mirando a Neurus que dejo de sonreír.
Dejé la conversación ahí porque estaba tomando un rumbo que no me interesaba. Puse primera en el auto y arranqué lentamente hasta que un alarido de Sebastián me hizo clavar los frenos abruptamente.
- ¿Qué haces? – preguntó enloquecido.
- Me voy, nos vamos,  ¿Qué esperas que haga?
- ¡Que nos quedemos acá! ¿Quién va a hablar con Barry sino esperamos a Valeria?
- ¿Qué…viene? La convenciste…
- ¡Te pusiste colorado boludo! – se me rió Sebastián - ¡Claro que la convencí! Le dije que la necesitábamos para hablar con un inglés y me dijo que sí, sin problemas. Pero lo que la terminó de convencer fue que le dije que estabas vos esperando en el auto. – Me dijo cómplice con una media sonrisa.
Quería creerle, realmente, pero se me hacía difícil.
- Sí, me imagino, está desesperada por verme.- agregué sarcásticamente.
- No sé si tanto pero viene…mira, ahí está.- Dijo señalando la escalera que bajaba del club.
Era cierto. Allí estaba Valeria bajando las escaleras con un short de jean celeste, la remera blanca ajustada, el pelo mojado y una mochila negra. Estaba particularmente linda y no pude evitar quedarme enganchado con su figura y su sonrisa llegando al auto. 
Bajó a la calle y abrió la puerta de atrás donde estaba sentado Sebastián con Neurus y Barry.
Vale, anda adelante mejor que acá está todo ocupado – le indicó Sebastián.
Ella cerró, abrió la puerta del acompañante y sentándose a mi lado saludó a todos, incluso a mí, con un beso. Sonreía y yo no podía dejar de mirarla.
- ¿Qué pasa? Me preguntó divertida haciendo que me diera cuenta que mis ojos se habían quedado a vivir en ella.
- Nada Vale, nada…no puede dejar de mirarte porque lo tenés loco.- Explicó el desubicado de Sebastián haciéndome desear estar muerto.
Ella se rió entonces tratando de encontrar una salida al nudo en el que estábamos atados  y yo puse primera de nuevo para alejarme del club con el mismo destino incierto con que estábamos girando por la ciudad desde hacía más de una hora.


Los primeros cinco minutos se esfumaron presentándole a Neurus, sin decir quién era, explicándole que no sabíamos a dónde íbamos y terminando por pedirle que hablara con Barry White, al que por supuesto ella no reconocía.
Barry la miraba con los ojos saltones, transpirado como estaba, resignado ya a estar envuelto en una locura sin sentido que parecía no terminar nunca y de la que no comprendía absolutamente nada. Valeria pareció no preocuparse por lo extraña de la situación, prefiriendo seguramente no preguntar nada que pudiera traerle una información que no quisiera conocer.
- ¿Le podés decir que está todo bien? Explicale que nos conocés y que no somos mala gente. – le pedí.
Seguramente ella estaba preguntándose por qué tenía que hacer tantas aclaraciones pero no dijo nada, solo comenzó a hablar en inglés con una pronunciación tan delicada y una suavidad en las vocales que hacia soñar en que siguiera hablando para siempre  Mientras manejaba veía por el espejo como Barry cada dos palabras que daba por respuesta lo miraba a Sebastián. A su vez Sebastián la miraba a Valeria pidiéndole con los ojos que le descifrara lo que decía el cantante. Cuando el grandote dejó de hablar, Valeria se acomodó de costado en su asiento y comenzó a hablarme sin introducción alguna.
- Este hombre está aterrorizado. ¿Qué hicieron, por qué esta con ustedes si dice que no los conoce?  ¡Tiene miedo…miedo! ¿Entendés?
Me cuestionó tan duro que no pude evitar pasar un semáforo en rojo, afortunadamente la Vespa que venía por la otra calle pudo esquivarme aunque no evité los insultos justificados.
- ¡Cuidado nene! – Me gritó Neurus desde atrás- ¡Nos vas a matar a todos!
Sebastián le aplicó un nuevo golpe con el revólver y Valeria no pudo evitar verlo, al golpe, pero sobre todo al arma.
Se horrorizó por la presencia del arma y su rostro cambio por completo. Un segundo atrás estaba preocupada, tenía dudas que creía íbamos a contestarle de alguna manera coherente pero ahora todo había cambiado. El arma la había sorprendido de más.
- ¿Ustedes están locos? Tienen una pistola…
- Revólver – interrumpió Neurus- es un revolv…
No pudo terminar la palabra porque Sebastián le dio otro golpe, esta vez con la mano.
- ¡Pará! – Gritó Valeria enloquecida- ¡Pará ya, me quiero bajar, ustedes están locos, esto va a terminar mal!
No podía contradecirla, lamentablemente, yo también creía que esta situación no iba a ningún lado, pero tampoco sabía cómo salirme de ella.
Sebastián comenzó a hablarle, tranquilamente, didácticamente, tratando de explicarle… lo inexplicable.
- Vale…todo va a andar bien, vas a ver, el asunto es que nosotros queremos hacerle entender a este señor que todo ha sido un error ¿Me seguís? Y queremos llevarlo a su hotel o a donde él diga…
- ¿Y por qué tenés una pistola…un revólver?- dijo ella, gritando, al borde del llanto.
- Es del boludo éste – Sebastian señalo a Neurus que se mantuvo callado- intentó robarnos cuando estábamos en la calle conversando con uno de los músicos de Barry White, acá presente –e hizo un ademán de presentar al cantante como si estuviera en un escenario o hiciera falta- entonces en el lío de la amenaza, nos subimos al auto, el genio este – pude ver por el espejo retrovisor que me señalaba- le quitó el arma pero ya estábamos en marcha con el auto y la verdad no sabíamos qué hacer ni cómo explicarle al yanqui  lo que estaba pasando.
La explicación era tan difícil de creer que no me anime a agregar nada y Neurus tampoco lo hizo, temeroso quizás de seguir sufriendo los correctivos de mi amigo.
Valeria se limitó a callar por un buen rato mientras yo manejaba por el Boulevard San Juan.
Un rato después Valeria comenzó a conversar con Barry, intercambiaron frases largas y finalmente ella nos hablo a nosotros.
- Le expliqué que ustedes cometieron un error, que no quieren hacerle daño y que no saben cómo hacer para terminar esta locura. Él dice que está de acuerdo en que esto es una locura y que les pide por favor que lo lleven a donde lo secuestraron…dijo así, secuestraron…supongo que será un error ¿No Sebastián?
La escuchamos a Valeria mientras resumía su diálogo con Barry. Estábamos estacionados sobre el costado del río y entre palabras y planes afiebrados la noche se hacía presente.
Sebastián no dijo nada hasta que se decidió a patear la pelota que estaba, ahora, de su lado.
- ¡Este negro es un boludo! – Explotó- ¿Sabes qué? Mejor lo llevemos a la Taberna de Julio, de ahí de donde lo sacamos… vamos, vamos, lo llevemos y que se joda…desagradecido de mierda, pensar que lo secuestramos… ¡Es indignante! ¿No te parece? – dijo esperando mi respuesta.
Me mantuve callado, todos lo hicimos. Me impresiono la capacidad de actuación de Sebastian hasta llegar casi al borde del asco, entonces, encendí el auto otra vez y a la cuadra siguiente doblé a la izquierda para volver a tomar la avenida Sabattini.
El viaje fue silencioso, nadie habló ni comentó nada. Solamente Valeria le explicó en ingles a Barry que estábamos volviendo a donde todo había empezado. Neurus se había dormido y le apoyaba la cabeza en el hombro al cantante que lo toleraba a duras penas.
Alentada por la sensación de soledad que daba el silencio reinante Valeria volvió a acomodarse de costado en su asiento, mirándome, y me habló.
- ¿Y por qué nos vas al club este verano? Pensé que iba a encontrarte, tenía esa idea y mi hermano me dijo que le habías dicho que ibas a seguir yendo…
Me sorprendió la pregunta y la miré un par de veces antes de responderle, alternando, peligrosamente, sus ojos, su cara, su cuerpo, con el tráfico y el asfalto que tenía en frente.
- Porque soy un boludo – me suicidé explotando una bomba de sinceridad- por hacerle caso a este otro gil, por creerme lo que no soy…qué se yo…por lo que te digo, más que nada, por pelotudo.
Mi argumento resulto tan sólido y convincente, tan poco cuestionable, que fue aceptado sin más comentarios.
Llegamos a la avenida Sabattini. Las luces de la calle le ponían un color entre blanco y amarillo a la noche y los árboles de la vereda tapaban mucha de la luz que debía caer sobre la calle. Era una noche tranquila de esas de verano en las que el dia hizo todo lo posible porque no quedara nadie en la ciudad y en las que solo algunos adelantados se animan a sacar sus sillas a la vereda buscando el aire fresco que trae la luna.
Cuando faltaban un par de cuadras para llegar a destino, Sebastián recuperó el habla con una pregunta que de tan obvia habíamos olvidado hacernos.
- ¿No estará todo lleno de policías ahí?
Era tan lógico el razonamiento que me congeló la sangre y no pude evitar quitar la presión sobre el acelerador. El auto empezó a moverse solo por la inercia y las casas que antes pasaban veloces ahora parecían acompañarnos, caminando ,pegadas a los vidrios del Mercedes.
Valeria se puso nerviosa y empezó a suplicar otra vez que la bajáramos, Neurus se despertó por el ruido de las conversaciones encontradas y no entendía lo que pasaba, Barry empezó a hablar con esa voz atronadora y a decir cosas en inglés que ninguno, excepto Valeria, comprendíamos.
Paré el auto o no recuerdo si se detuvo solo, el caso es que Valeria se bajó como un rayo, dejando la puerta abierta y detrás de ella fue, desesperado, Sebastián gritándole que la necesitábamos, que era imperioso saber qué decía Barry White, intentando detenerla. Neurus aprovechó la situación y se bajó también del auto para irse caminando lentamente por la vereda en dirección opuesta a la de Valeria y Sebastián. Lo vi desde el retrovisor y me baje completamente fuera de razón para tratar de alcanzarlo y que no escapara. Al verme, Neurus, comenzó a correr también sin embargo hice dos o tres trancos largos y desde atrás le metí una patada justo al pie que tenía en el aire haciendo que tropezara y cayera al piso como una bolsa llena de trapos.
- ¡La puta que te parió pendejo! Me gritó desde el piso con las manos raspadas y sangrando.
En la otra punta de la vereda Valeria y Sebastián discutían. La había alcanzado y parecía rogarle que volviera al auto pero ella se negaba gritando. Unos cuantos vecinos comenzaron a prender las luces de sus casas, atraídos por el lio. Una señora con delantal  se asomó a la puerta de su casa y lo primero que vio fue a Neurus tirado en el suelo tratando de levantarse. Él la miró y sin ninguna causa le gritó. - ¡Vieja puta andá para adentro! La mujer batió un récord de velocidad para meterse de nuevo en su casa pero pude ver que espiaba por la celosía.
Volví la vista a Valeria y Sebastian que ahora caminaban juntos hacia el auto y me acerqué para escuchar como ella explicaba las últimas palabras que habían intercambiado con Barry
- No decía nada nuevo, quería irse, sin problemas, prometía que no nos harían nada, sólo eso decía..- explicaba Valeria.
- Bueno, vení, vamos a decirle que lo dejamos acá con el auto y que se arregle.
- ¿Y la Renoleta de mi viejo? – intercedí indignado aunque al instante me di cuenta de que mi reclamo era absurdo, no podría recuperar la Renoleta, al menos hasta que pasara todo y se fuera la policía.
Llegamos al Mercedes y Barry ya no estaba. Era tan lógico que se hubiera escapado que no nos sorprendió demasiado. Nos miramos los tres sin saber qué hacer y unos metros más allá, todavía desde el piso, pero ahora sentado, Neurus nos gritó.
- ¡Pelotudos…salió corriendo el negro…se fue por acá –señaló su espalda- no sabe a dónde va…búsquenlo antes que lo atropelle un auto o lo agarre algún choro!
Neurus tenía razón. Barry White había salido corriendo, desorientado y perdido como estaba, y había tomado precisamente para el lado equivocado. Nos paramos un segundo a mirar y vimos, una cuadra mas allá, un cuerpo enorme que apenas se movía. Junto con Sebastián salimos corriendo y de tan lento que iba Barry en unos segundos estuvimos junto a él. Se asustó como si hubiera visto al diablo mismo y tratamos de ser lo más amistosos posible. Lo tomé del brazo y con mi mano le indiqué que debíamos irnos en la dirección contraria, accedió resignado y caminamos juntos hasta llegar al auto. Pasamos al lado de Valeria y el cantante la miró con los ojos más tristes que vi en mi vida, desahuciado como si caminara hacia la muerte más segura. Ella por suerte le sonrió y en inglés le dijo que confiara, que más adelante encontraría a sus amigos. “Entre tanta gente que me sigue no encontraras ni un amigo” dice ella que le respondió, haciendo más triste aun la despedida en un cliché que si no hubiera vivido como testigo no estaría creyendo. Saque del bolsillo el recibo de unos repuestos que había comprado tres o cuatro días atrás y le pedi a Valeria que le dijera que me diera su autógrafo. A nadie, ni a ella ni al mismísimo Barry le pareció desubicado mi pedido, acepto y de un solo trazo me dejo su nombre.  Lo acompañamos unos pasos mas y lo dejamos ir, caminando solo por la noche de Córdoba, hasta llegar a la Taberna de Julio donde la policía y su gente lo estaban esperando desconcertados.  Todavía no se cómo convencimos a Valeria, de hacer lo que hizo, pero le di la llaves de la Renoleta y fue caminando como si nada sucediera hasta el auto. No me importo que Sebastian insistiera con la lógica
conclusión de que si no había arrancado antes tampoco lo haría ahora.
- !Me importa una mierda la renoleta, se lo debo a mi viejo, no puedo fallarle en esta! Le dije indignado y lo deje en silencio matando de un solo disparo cualquier argumento. Cuando llegó a buscar el auto a unos cuantos metros de la Taberna, el lugar era un hervidero de gente, un montón de policías sin hacer nada concreto deambulaban por la vereda, la calle y el salón. La gente de Barry White tratando de comprender qué había pasado hablaba y hablaba, algunos periodistas se arremolinaban alrededor de Barry y una multitud de vecinos curiosos intentaban incluso pedirle un autógrafo. Sin hacer demasiados movimientos Valeria se puso junto a la Renoleta y vio como Barry la observaba desde atrás de la nube de gente que lo rodeaba. El corazón se le paralizó pensando en que terminaba ahí su aventura pero él, según jura ella, le sonrió y cambió el destino de sus ojos para que nadie pudiera identificar a donde estaba mirando. Se subió al auto y por medio de esos milagros que obran en la mecánica para neófitos arrancó en el primer intento. Salio despacio sin hacer demasiado ruido y después de un par de cuadras volvió a buscarnos.



- ¡Estuve a punto de no volver, de dejarlos ahí por idiotas!- 
- Pero volvió por lo que puedo ver… Dijo sonriendo el periodista que me estaba haciendo la nota para el diario, viéndonos a los dos juntos, cuando ya le habíamos contado la historia completa de esa travesura de chicos que se nos había escapado de las manos.
- Bueno, no sé, si es una parte importante de la historia… - dije. Lo mire al periodista, después a Valeria y me di cuenta de que ahora todo tenía sentido – aunque el que se acuerden de nosotros 26 años después, ahora que falleció Barry White si es importante.
El periodista me miro también y después de pensar unos segundos me dijo.
- ¿Sabían que esta anécdota era muy comentada por el? Siempre se refería al tema, inclusive cuando no mucha gente recuerda que Barry White estuvo en Cordoba, en ese verano del 77.