viernes, 30 de diciembre de 2011

Si

Hacia frio en Praga ese invierno, lo recuerdo especialmente, no por el frío, que en invierno es lógico y es siempre Praga; se quedo trabado en mi memoria porque lo único que podía hacer era caminar de mesa en mesa, de bar en bar, de sótano en sótano tratando de encontrar algo que me era imposible definir. Hacía frio y la nieve se apretaba en las calles intentando cortar el paso de la gente una y otra vez, el tranvía que asomaba por Nerudova y después giraba invisiblemente a la derecha camino al Nove Mesto parecía flotar sobre una nube de espuma blanca. Me refugiaba entre las mesas de los bares que guardaba la galería camino al puente de Carlos, por más abrigado que estuviera cada vez que trasponía una de las arcadas de la galería sentía el ardor del frío en la cara. Frío, unos pasos, mucho mas frío, unos pasos, frío otra vez y así hasta que me decidía a entrar y pedir algo en la mesa mas oscura que pudiera encontrar.

Al principio cruzaba el puente con el primer impulso y mientras el viento que vagaba libre sobre el moldava se empeñaba en sacudirme la gorra, el saco y los cabellos, caminaba y contaba con detenimiento los barcos y los botes que se animaban a surcarlo. Cuatro, nueve, once. Al otro día repetía el recuento. Cuatro, nueve…nueve. Del otro lado ya, me bajaba las solapas del abrigo y por Markova subía hasta la plaza para darle un par de metódicas vueltas y después sentarme frente a la vidriera, del lado de adentro claro, de una librería de libros usados que estaba en la misma vereda que el reloj astronómico. Podía pasarme horas ahí. El dueño era, extrañamente, chino y tenía la rigurosidad oriental del silencio asi que aprovechándome de eso y del hecho de que jamás me diría que me fuese, me instalaba horas y horas apenas apoyado sobre el vidrio helado y sentado sobre la madera que hacia de base a la vidriera. Pasaban los días y leía y releía antiguas versiones de libros gastados, Twain, Mankiewickz, Chejov, Verne con tapas rojas y filigranas de oro, Salgari en checo y con dibujos en tinta y un Dostoievsky en tamaño descomunal. Como dije antes el dueño de la librería era chino y eso parecía ser también extraño para todos los que entraban al negocio. No bien traspasaban la puerta se me acercaban, a mi puesto en la vidriera, y me preguntaban por un ejemplar en especial, por un consejo o simplemente por un autor en particular. Suponían seguramente que el chino, el verdadero dueño, era mi empleado. Al principio, sonreía amablemente y me excusaba explicando la situación, obviamente sin la referencia a la paciencia y el silencio característico de los chinos y mi insobornable desfachatez de mantener un absurdo tan absurdo en un equilibrio semejante. Con el paso de los días me canse de explicar y sonreir y comencé a limitarme a señalar el estante donde estaba lo que buscaban, luego ya pase a una nueva etapa de hartazgo y si bien seguí señalando, mudo, solo apuntaba mi dedo a donde el chino estuviera. No tuve demasiadas muestras de inconformismo con mi sistema aunque algunas mujeres salían insultando por el maltrato recibido.

De repente un día llegué a la plaza con aires renovados, sin tener un motivo concreto y real, pero igualmente me sentía distinto, mejor, diferente; así que cuando entro el primer cliente a la librería no solo no apunte con mi dedo como venía haciendo sino que me levante de mi espacio y mientras el chino me miraba petrificado con el plumero en la mano derecha y un pequeño tomo del “Diccionario Filosófico” de Voltaire en la izquierda, acompañe a un turista americano de bigotes a buscar “La Condena” de Kafka. Por cierto un clásico del negocio y que por ser el autor nacido en Praga y venerado casi exacerbadamente estaba siempre en stock , aunque los libros ofrecidos no fueran usados ni antigüedades en realidad, pero se parecieran tanto que se vendían como tales. El hombre eligió su ejemplar, lo examino y me pidió precio, me giré ininmutable y dirigí mi mirada al chino que seguía inmóvil, plumero y Voltaire en mano. 2000 coronas, dijo.

Mire entonces al turista que había escuchado claramente, reviso otra vez el libro y saco los billetes de su bolsillo.

Después de mi primera venta y cuando el comprador ya se había retirado. Volví a mi habitual vidriera a seguir recorriendo las paginas de un minúsculo libro verde ,en ingles, llamado “la Familia del Instructor” de Daniel Dafoe, el mismo y venerado autor de “”Robinson Crusoe”. El chino me miró un instante mas y diciendo (o maldiciendo) en chino se dio vuelta y siguió limpiando. Ese día atendí amable y exitosamente a 5 o 6 personas más. Para cuando estaba ya en mi cuarto cliente, el dueño de la librería dejo de detenerse en sus tareas cada vez que alguien entraba y caía en mis manos de vendedor novato, dejó de hurgar con curiosidad mis habilidades y destrezas (o la falta de ellas) y se limitó a gritar, de espaldas, sin mirar siquiera ni a mi ni al ocasional cliente, los precios de los libros que me pedían. La última clienta en entrar ese día iluminó los oscuros estantes de roble con su presencia. Traía un halo distinto, una sonrisa que no encajaba en la lluvia que se despeñaba afuera. Estaba un poco mojada pero el paraguas enorme que llevaba le había ayudado a mantenerse todavía radiante. Lo sacudió ni bien paso la primera puerta y las gotas salpicaron el vidrio de la segunda entrada, me sobresalte porque sabía lo que eso enloquecía al chino en su búsqueda de la perfección y el equilibrio universal inmaculado. Ella se dio cuenta de que había perpetrado un atentado criminal contra miles de años de tradición oriental y trato con la mano de secar las gotas pero solo pudo agrandar la herida en el impoluto vidrio del local. El chino desde el fondo sufría y se retorcía internamente con cada movimiento de la mano de la mujer sobre el vidrio y las gotas asesinas. Sin embargo no se movió, no hizo gestos, no pronuncio palabras ni dejo escapar sonidos que hicieran siquiera suponer su desesperación. Le hice señas a la mujer para que avanzara. Paso la puerta y al fondo el chino soltó el plumero en el piso, dejó caer los hombros y dándose media vuelta atravesó el cortinado que dividía el salón de la oficina. En el local mi clienta acomodó el paraguas entre el marco de la segunda puerta y la pared y siempre sin dejar de sonreír pregunto por “Los Miserables” de Victor Hugo, antes de que pudiera terminar de hablar me di vuelta y comencé a dirigirme al estante donde estaban los autores franceses pero su voz me detuvo cuando advirtió. En francés por favor, si lo tuvieran, es que mi prima se rehusa a leer traducciones. Me quede petrificado porque lo que parecía inicialmente un simple trámite, que me permitiría comenzar una conversación más interesante en cuestión de minutos, se había transformado casi en un imposible. No teníamos (no tenia el chino en verdad) libros en francés. Estaban todos en Checo, algunos en Ruso, en Ingles y hasta unos libros en Mandarín que juntaban polvo desde hacia años. Intente continuar con mi racha positiva de vendedor y la tente. Conan Doyle en Ingles? Kafka en Checo? (allí sonrió para hacerme entender que no pretendía tamaña obviedad), Dostoievsky en Ruso?. No dijo nada y nos quedamos mirando. No, definitivamente Victor Hugo y en Francés. Repitió. El chino desde el fondo grito que seguramente podría conseguirlo, “mañana, mañana” insistió. No hizo falta que repitiera. Había quedado claro. Sumamos dos o tres palabras a la situación y me comprometí a hacer todo lo posible para tener al día siguiente el libro que buscaba; como si de mi dependiera semejante milagro editorial. La vi irse, esta vez con el paraguas cerrado aunque seguía lloviendo suavemente, camino al río y al puente de Carlos, supuse. Fui hasta donde estaba el chino acomodando libros, en vez de volver a mi puesto habitual en la vidriera, me pare frente a él y solo con mirarlo supo que tenia que darme una respuesta, explicarme porque había prometido algo que seguramente no podría cumplir. Nos quedamos frente a frente largo rato, en silencio. Por mi parte ya había tomado partido por esa clienta, aun sin conocerla, me estaba preocupando verdaderamente por ese libro y había hecho de “Los Miserables” en francés una cuestión personal. En la Isla de Kampa, al final de la calle sobre el río, antes de llegar al parque hay una pequeña casita roja, allí vive mi primo. Si el no tiene el libro lo conseguirá…o lo inventará. Me dijo. Y cuando va a buscarlo? Pregunte. Yo no lo busco, me dijo, búsquelo usted, es su clienta, es su libro.

Me senté entonces nuevamente en mi lugar de siempre pero no podía concentrarme en la lectura, el libro de Dafoe ya no me interesaba. Ahora Victor Hugo ocupaba mi cabeza, Victor Hugo, el primo chino del chino y el chino mismo.

Al día siguiente, en la mañana, baje desde El Castillo, a donde había ido a comprar una especie de factura típica, una masa azucarada que se envuelve sobre un cilindro de madera y se cocina a la llama, cuando esta dorado se saca de la madera con una pinza, se espolvorea con canela y se disfruta serpenteando entre las escaleras que bajan al barrio judío. Llegué abajo cruce el puente y me sacudió el viento que se arrastraba helado por sobre el agua. Seguí un poco más y decidí tomar el tranvía hasta el puente de carlos para llegar más rápido a buscar el misterioso ejemplar en francés. Me senté junto a la ventana y me dejé convencer por las imágenes que se transparentaban por el vidrio empañado de que Praga es una ciudad bonita, al menos desde esa vista y por esos rumbos. Los edificios prolijos, las fachadas con bajorrelieves, arcadas, figuras doradas, gigantes sosteniendo balcones, héroes barbados guiando ejércitos, mujeres celosas mirando el destierro. El tranvía se detuvo y casi pierdo mi parada, bajé, atontado, tratando de reordenar mi cabeza y rebobinar el hilo de pensamientos que se me había escapado. Crucé la calle y pasando la primera puerta del Puente de Carlos baje a la derecha. Seguí la calle paralela al río, pase un par de hostales, unos cuantos bares y llegue a la casa roja. Era pequeña, con una sola puerta y una pequeña ventana que daban a la calle. Estaba prolijamente pintada y si no fuera por una esquina donde se unían el techo y la pared derecha podría haber pensado que siempre había sido roja. Sin embargo en esa esquina aun podía verse la base de lo que alguna vez fue una casa verde. Estaba todo completamente cerrado pero desde el timbre una pequeña pintura de un dragón amarillo me hizo sentir confiado y toqué. Espere un rato sin respuestas y volví a insistir, el resultado fue el mismo. Contrariando esa reflexión que dice que si uno repite una acción y obtiene siempre el mismo resultado no puede pensar en que si sigue haciéndolo obtendrá algo diferente acerqué mi dedo al dragón amarillo y casi pidiéndole disculpas , en silencio, apreté el timbre de nuevo. No hubo respuesta, nada, ni un sonido, ni un movimiento, ni una esperanza con la forma mezquina de un eco. Nada. Supuse que no había mas remedio que seguir camino a la librería y hablar con el dueño y explicarle que su primo no estaba o al menos no atendía. Suponía que la mujer, mi clienta, pasaría por el negocio mas o menos a la misma hora, eso era pasado el mediodía, aun había tiempo. No llovía.

Empecé a caminar hacia el puente para poder cruzar al otro lado y cuando no había hecho mas de 10 metros de la pequeña casa roja distinguí un hombrecito que caminaba semi agachado, envuelto en una larga campera gris, enfrentando el viento que le sacudía la bolsa de cartón que llevaba casi arrastrando en su mano izquierda, a medida que se acercaba podía distinguir los rasgos de del milenario imperio de la muralla en su rostro. Me paré a esperarlo y confirmar mientras pasaba a mi lado que era sin dudas chino, o al menos japonés, que para el nivel occidental de conocimiento representa casi lo mismo. Paso a mi lado, sus ojos rasgados me dieron la confirmación de lo que suponía y cuando puso la llave en la puerta de la pequeña casita roja me asomó una sonrisa. Espere a que entrara, no quería asustarlo ni sorprenderlo. Espere unos minutos al rayo tibio del sol que estaba empezando a aparecer y toque por cuarta vez el dragón amarillo que sonreía en el timbre. Tardó un buen rato en asomarse pero no me preocupó. Sabía que estaba adentro asi que era una cuestión de tiempo y suerte; tiempo para que saliera, suerte que necesitaba para evitar algún trágico accidente del primo chino camino a la puerta de calle. Afortunadamente llego sano y salvo, escuche el sonido de sus pantuflas arrastrándose por lo que imagine seria un pasillo. Las pantuflas se detuvieron y le dieron paso al sonido de la llave entrando en la cerradura, el metal empujando los pestillos, girando en el tambor reseco, arrastrando resortes, hasta que entreabrió la puerta y por la rendija que quedaba entre el marco y la puerta misma me miró con un solo ojo. Le sonreí y nos quedamos tontamente en silencio. Me di cuenta ,en el letargo de la situación, que correspondía que yo hablara. Había llegado hasta ahí para algo, era necesario explicar el porque. No puse demasiadas palabras y fui directo al grano, estaba tan preocupado por conseguir el libro de esa mujer que olvide mencionar lo que buscaba. Me referí casi desesperadamente a Victor Hugo y al francés. Cuando me di cuenta de que seguramente no entendía de lo que hablaba puse un freno a la catarata de palabras que se caian de mi boca. Me detuve y recomencé la historia, esta vez explicando que su primo, el dueño de la librería de libros usados me había pedido que pasara por su casa porque necesitábamos conseguir un libro para una clienta muy importante. De ese libro y de cumplir el deseo de esa bella mujer (creí oportuno asumir que este y los demás adjetivos que vendrían me ayudarían a entusiasmarlo y comprometerlo en mi lucha) dependía el futuro de la librería ya que ella era uno de los mas reconocidos clientes que tenia. El libro en cuestión era “Los Miserables” de Victor Hugo, pero en francés le recalque, en francés porque eso es lo que nos hará destacarnos entre todas las librerías de usado de Praga (otra vez me pareció oportuno sumar pompa para obtener un mayor compromiso). El viejo chino seguía mirando con su ojo por la brecha que dejaba su desconfianza en la puerta. Cerró y sonreí, pensé que seguramente acercaba la puerta al marco para poder sacar la cadena que la trababa y limitaba nuestra conversación. Estoy mas cerca del libro pensé. Pasaron los minutos y la puerta no volvió a abrirse, contuve mis ganas de golpear con mi dedo el dragón amarillo del timbre otra vez, seguramente ya volvería, estaba convencido de que había cerrado solo para volver a abrirme. Los minutos se siguieron sumando y nada ocurrió. Me decidí entonces y frustrado apreté con fuerza el dragón, pude escuchar el ruido intenso dentro de la pequeña casa. Ya no me importaba molestar al primo chino, estaba molesto con el, no podía haberme dejado en la puerta , solo , sin decirme una palabra y lo que era peor; la idea de no conseguir ese libro me estaba enloqueciendo. Escuché otra vez las sandalias arrastrándose por la casa hacia la puerta, me acomodé lo mejor que pude para demostrar con mi presencia que lo mío venía en serio. Esta vez el chino abrió la puerta por completo. Quedamos enfrentados, separados por 50 centímetros del aire mas tenso que pudiera haber y un felpudo gris. Nos miramos unos segundos, empecé a cuestionar el porque no me ayudaba. Al instante empezó a mover los brazos y las manos frenéticamente, expresando un gran “no” y largo con una repetición eterna de “no ingles, yo no ingles, no ingles!!” me callé e intente atrapar alguno de sus brazos para que dejaran de moverse pero fue inútil. Espere que se quedara quieto. Nos quedamos otra vez en silencio e inmóviles. Comprendí que no todo estaba perdido y fui preguntándole para ver que idioma nos podía servir de puente entre mi desesperación y su posible solución. Llegamos al checo, tal como yo imaginaba y temía. No dominaba demasiado el idioma aunque estuviera en Praga hacia ya un buen tiempo, no lo necesitaba realmente y me sonaba tan confuso y complejo que apenas lo había intentado alguna vez mas allá de las palabras y frases mas básicas que significaban la diferencia entre la vida y la muerte.

La mujer de la librería parecía tener un poder especial sobre mi porque sin estar presente estaba logrando poner a prueba mi checo mas fluido y lo que era aun peor, me obligaba a esforzarme tanto que me dolía la cabeza. Hilvane un par de frases seguramente con los tiempos verbales equivocados pero por la cara del chino pude interpretar que de alguna forma estaba entendiendo. “Victor Hugo” repitió conmigo “Victor Hugo” y asentimos los dos, sonreí porque no podía creer que lo hubiera logrado, en mi rudimentario y maltratado checo estaba consiguiendo transmitir una idea tan compleja. Y, afortunadamente, la esperanza de que la mujer de la librería se fijara en mi otra vez seguía viva. Nos quedamos en silencio unos segundos mas, mirándonos, yo sonreía o pretendía hacerlo, el me miraba sin demostrar emoción alguna. No, Victor Hugo, no. Lo escuche y mi cara se transformo. Supongo que habre pasado de la sonrisa a la ira porque el chino se hizo un paso atrás y abrió los ojos como si estuviera esperando un golpe de karate. Avance ese paso para recuperar el terreno perdido y presionarlo de nuevo. Como que Victor Hugo No? Su primo dijo que lo tenia o lo hacia.! Le grité. Hizo un nuevo paso atrás y cubriéndose con la puerta entreabierta me dijo. Hago, si…hago, no ahora. Victor Hugo para miércoles. Cerró la puerta y escuché como ponía media docena de trabas. Estábamos en lunes, pasarían dos días hasta que tuviera mi libro…mejor dicho…su libro, no me pareció demasiado tiempo y casi volví a sonreir de nuevo. Me puse otra vez en camino a la librería, seguramente ella pasaría a buscar el libro.

No llegué a tiempo, apenas entre en la librería el dueño me dijo que ella acababa de irse. Había preguntado por mi y por el libro. Me asegura que lo hubiera hecho en ese orden y el chino me lo aseguró mientras se iba refunfuñando con el plumero en la mano a sacudir el encierro de la estantería de Dickens.

Todo el martes estuve desde temprano en la librería. Ella no paso. Al principio me sentí frustrado, había ensayado todas las frases, explicaciones y variantes posibles para una conversación que seguramente se iba a dar, pero no se dio. Finalmente, a las 6 de la tarde mientras todos los turistas se arremolinaban por enésima vez frente a las figuras móviles del reloj astronómico y el dueño cerraba el local la vi pasar. Yo salía, tratando de acomodarme el abrigo y mientras luchaba con la bufanda pude verla caminar hacia la Iglesia de Tyn. Me acomodé como pude y salí detrás. Cruce la plaza, siempre detrás de ella, llegamos a la iglesia que esta extrañamente escondida entre pasillos de una galería, bares y una calle sin salida. Equivoque la entrada y termine en una tienda de souvenirs, pregunte donde estaba la entrada a la iglesia y llegué. No podía verla, había mucha gente, algunos sacaban fotos, otros rezaban (los menos). Después de un buen rato la divise parada junto una estatua de San Pablo. Parecía mirarlo con dedicación. No quise interrumpirla y me quedé afuera, lo suficientemente adentro como para que no pudiera irse sin que la viera. Unos veinte minutos después comenzaron a cerrar la iglesia, los turistas y los locales comenzaron a salir en tropel por la puerta estrecha pude notar que ella se sumaba a la cola y aproveché el tumulto para hacerme uno mas en busca de la salida. Nos chocamos y no me reconoció, la mire esperando una palabra o un gesto pero en cambio dio vuelta la cara para seguir adelante y esquivar a una mujer que se detuvo en medio del pasillo a calmar a su bebe que lloraba en el cochecito. Esquivó la nena del llanto y la perdí, no pude volver a encontrarla. Casi llegando al otro lado de la plaza volví a verla. Troté despacio hasta ella para no asustarla y cuando la tuve al lado y mientras respiraba agitado le dije que para mañana tendría su libro. Se detuvo, me miró sin comprender y mientras seguíamos mirándonos pareció encajar en su mente el rompecabezas de mis palabras, mi cara y la sorpresa. Me sonrió y sonreí aun más. EL libro en Frances? Me pregunto tímidamente tratando de saber si no estaba equivocándose de persona. Si, si, Victor Hugo…Los Miserables…en francés. Ya lo conseguí.

No pareció verlo como una gran hazaña porque me dedico una sonrisa comprometida y me aseguro que entonces pasaría al día siguiente por el local. Cinco segundos después se había ido y yo seguía parado en el mismo lugar.

El miércoles temprano fui hasta Kampa a buscar el libro prometido, golpee despacio un par de veces y como no tuve respuesta seguí golpeando, cada vez mas fuerte, cada vez mas preocupado. Decidí dejar pasar un rato y volver después seguramente el chino ya había salido, como la primera vez que lo ví, y volvería en un rato.

Fui a comprar un dulce típico, una masa con canela enrollada sobre un redondel de madera que se pone al fuego y se carameliza por fuera. Hice la cola, espere mi turno, pague y camine por las calles un buen rato tratando de controlar mi ansiedad. Un buen rato después nuevamente me pare frente a la casita roja y comencé a llamar. Pasaron los minutos y seguía sin respuesta, acerqué el oído a la puerta y no escuche nada, seguramente la casa seguía vacía. Así pasó la mañana. La casa vacía, sin respuesta, yo desesperado. Corrí a la librería y ni bien entré al negocio el chino, el dueño, me detuvo. Nunca mas vaya de mi primo a pedir libro, no ,no…el no quiere verlo, tiene miedo de usted. Usted loco? Lo miré sin entender pero después fui recuperando la memoria de mi visita a la casa de su primo, seguramente mi cara desencajada había sido demasiado para ese pobre hombre. Me disculpé, sinceramente y trate de explicarle. El chino no quiso escucharme, se dio vuelta y camino hacia el fondo del local. De pronto se detuvo y sin darse vuelta me gritó que su primo había traído el libro personalmente y que la mujer ya había pasado a buscarlo. Se me detuvo el corazón, se me salieron los ojos, se me erizaron los pelos, se me cortó la respiración. No quería comprenderlo. Pregunté y pregunté, una y otra vez. Había sido asi. La sucesión de hechos lo demostraba. El primo chino trajo el libro, la clienta paso a buscarlo, yo no estaba, se lo llevo. Me quedé petrificado, desahuciado. El chino siguió avanzando hacia la estantería de Oscar Wilde. Otra vez sin darse vuelta me gritó. Preguntó por usted y por el libro. Solo estaba el libro. Dijo. Imaginé que se reía, a mi no me causó gracia aunque debí admitir luego que la broma era sutíl pero buena.

No tiene demasiado sentido pasar revista de los reproches que me hice a mi mismo, a mi carácter, a mi intolerancia, al chino, al primo chino, al karate y a Victor Hugo…especialmente a Victor Hugo. Salí a caminar para despejarme. Decidí ir caminando hasta el castillo, el viento frío en la altura me vendría bien. Bajé hasta el puente de Carlos y casi a mitad de camino la ví. Estaba parada frente a la estatua de San Nepomuceno esperando su turno para tocar las dos figuras de bronce que están debajo del santo y dicen que traen suerte. Seguí caminando tranquilo, había varias personas delante de ellas y hasta que cada una cumplía con el ritual de la foto se hacía larga la espera. Me pare detrás y espere que pusiera sus manos en las imágenes del santo cuando es lanzado al río. Cumplió el rito y se hizo para atrás en pasos cortos. Me chocó otra vez, giro para pedirme disculpas y su pelo me dio de lleno en los ojos. Se puso roja, me pidió disculpas otra vez, en la mano llevaba un pequeño libro de tapas azules. Les Misérables, de Victor Hugo. Sin agradecerle la disculpa le dije. No pude llegar a tiempo para entregarte el libro personalmente, estuve esperando toda la mañana a que me lo dieran sin saber que la persona que lo tenia ya lo había llevado al negocio. Fue complicado encontrarlo pero lo logré. Sonreí como para cerrar el concepto y esperar una respuesta similar, un agradecimiento. En cambio ella me miró extrañada, se quedo callada y mientras buscaba en su memoria empezó a doblar las puntas de las primeras hojas del libro. Le miré las manos tratando de que sus ojos me siguieran, que no hicieran falta palabras y se diera cuenta de lo que hablaba. Bajó la vista pero no pareció comprenderlo. Seguimos mirándonos y entonces ella decidió que ya era hora de irse. Hizo unos pasos para atrás y me agradeció; aunque pude darme cuenta de que sus palabras estaban vacías. No tenía idea de que estábamos hablando. La miré caminar hacia Mala Strana. Teóricamente yo iba para el mismo lado pero mis piernas se quedaron quietas. Tuve que hacerme a un lado cuando dos alemanas redondas me empujaron para tomarse una foto con San Nepomuceno y su historia hecha estatua. Me quede parado soportando a los turistas y el viento helado, los primeros mas molestos que el segundo. Paso el rato y cuando recupere la conciencia decidí que ya no iría al castillo, que no volvería a la Librería tampoco. Bajé del puente rumbo a Mala Strana y camine sin detenerme hasta el Barrio Judío, sin saber porqué sin preocuparme por tenerlo claro, tampoco. Llegué con las últimas luces de esa tarde fría. Me pareció verla caminar por el Pariska y me apuré para tratar de detenerla otra vez, iba a insistir de nuevo con mi historia, con el libro, Victor Hugo y el Chino, estiré el brazo le toque dos o tres cabellos rubios que flotaban sostenidos por el viento y la velocidad de sus pasos; repentinamente me arrepentí, recogí el brazo inmediato, me di vuelta y como un autómata del fracaso y de la esperanza al mismo tiempo caminé exactamente en la dirección opuesta. Doblando la esquina, a través del reflejo que me devolvía una vidriera de perfumes, me pareció ver que se detenía, se daba vuelta y miraba atrás. Seguí camino y me perdí. Mañana en la librería, otra vez los dos seriamos los mismos de siempre.

sábado, 24 de diciembre de 2011

1956

"General Valle prepárese a morir". Hay algo mas violento que un anuncio así? es posible pensar en algo más triste que el saber que todo se termina?

Escuché las palabras y volví otra vez a pensar. En mi hija, en mi mujer. En el porqué, en lo que había resultado.

"Ni vencedores ni vencidos". Lonardi parecía un buen tipo, lo conocía poco y probablemente por eso lo veía así. no sé...quizás me equivoque pero soy de los que cree que el tiempo no cambia a las personas, solo les pule las aristas. Sin embargo en Lonardi se me representaban dos filos de una misma espada. Un tipo recto, conservador, católico, honesto; por un lado. Y al mismo tiempo un conspirador, un tipo capaz de traicionar a un amigo. Quizás sí sea demasiado tajante en mis observaciones. Tendría amigos Lonardi? y lo que seguramente es mas fácil de contestar. Tendría amigos Perón? No, no lo creo. De todas formas dos hombres, dos compañeros de armas que se conocieron tanto estaban ahora tan alejados y en este caso Lonardi había sido el que dio el primer paso para separar los caminos, de eso estaba seguro.

Ni vencedores ni vencidos. Cuando le escuche decir eso casi me largo a reír. Es que este hombre había venido de otro planeta?, Donde había estado los últimos diez años? No se daba cuenta que las iglesias a las que iba eran ahora mitines políticos, trincheras, espacios de lucha? Que los cuarteles en los que pasaba sus días estaban infectados de bronca y odio, que los que estaban "afuera" querían volver a toda costa? Había estado tal vez en un sótano...había perdido el sentido?

Ni vencedores ni vencidos. A lo mejor era como decía mi mujer. Quizás era verdad y yo no lo podía ver. Quizás era verdad aunque no se llevara con lo que hicieron en la plaza de mayo, aunque no supiéramos cuanta gente murió, por mas que no estuviéramos de acuerdo en que lo sacaran a Perón...quizas era cierto y Lonardi también lo creía. Ni vencedores ni vencidos. Probablemente sí, probablemente esa era su idea.

de todas formas no hizo falta demasiado tiempo para ponerse al tanto y darse cuenta que la cacería había comenzado. Ahora era al revés. El lobo es liebre, la liebre lobo y como siempre pasa en estos casos cuando la liebre puede ponerse el traje del lobo elige los dientes mas grandes, la boca mas grande, la venganza mas extrema.

Nos habíamos estado reuniendo desde hacia un buen tiempo, desde antes que los muchachos de la libertadora se decidieran a poner las botas en la calle. Se veía venir, se sentía, se olfateaba, pero mas que nada se sentía en el aire, era una premonición casi cumplida que flotaba en Buenos Aires. Nosotros sabíamos lo que se venía y cuando llegó no nos sorprendió. Simplemente no esperábamos que fuera tan fácil, que todos actuaran tan resignadamente. Algo no funcionó en ese engranaje idílico que mantenía en funcionamiento el peronismo. La gente donde estaba? que había pasado con lo de "La Vida por Perón"? Já…me causa gracia, parece que tanto tiempo enroscados en esto de vivir un poco mejor, en comprar la moto o el autito, la casita, el pan dulce, la sidra…tanto tiempo bajo la sombra de Perón, bajo el ala del líder; los hicieron tímidos, indiferentes, cobardes…La vida por Perón!! Gritaban todos y se les salía el alma por la garganta pero ahora resulta que el único que la pone, de verdad, soy yo. Pero no importa, ya está, un tiempo se acaba. Otro mas importante habrá de llegar.

Ni vencedores ni vencidos…a veces me pongo a pensar que pasó con Perón en ese 55. No hizo nada, no pidió que nadie hiciera nada, no levantó un dedo, no movió una pieza en cambio levantó sus bártulos y se mando a mudar, como pudo. Que pasó? El león se cansó de la selva? No tengo la respuesta, sinceramente, no pude ni puedo entenderlo. Inclusive ahora que nos jugamos la vida otra vez. Ni un gesto de apoyo, una palabra comprometida, un pedido de clemencia, una reivindicación para este grupo de ilusos que le pusieron el cuerpo a los gritos de la gente!!. Nada, solo agravios y descalificaciones.

Seguramente Perón se equivoca, otra vez. Es un cobarde, otra vez.

“General Valle prepárese a morir”. Debería sentirme estúpido, idiota, avergonzado de haber dado mi vida y la de los que de mi dependían por las ideas de un tipo al que no le importa mas nada que él. Las cartas ya están jugadas. Que puedo decir entonces de Perón, solo que me defraudo. También podría asegurar que a la bronca le ganó la frustración. Frustración de no entenderlo, de no poder interpretarlo, de no saber lo que piensa, lo que busca, lo que lo mueve.

NI vencedores ni vencidos…Lonardi ya no está, ahora manejan los hilos de este teatro tipos mucho mas comprometidos con las balas y la sangre, gente a la que no le “prende” la piedad, el entendimiento, el perdón…ni la superación.

Empecé estas líneas, este pensamiento preguntándome que sentiría una persona defraudada en lo más intimo, viendo que todo lo que hizo, todo por lo que vivió, todo aquello por lo que dio la vida fue inútil. No se si pondría responderlo…ya no me siento así, ya no soy ese hombre. Podría en cambio preguntarme que siente un hombre que no siente nada y podría preguntárselo a Perón… Podría preguntarme que siente un hombre que solo sabe fracasar… pero eso que la historia se lo pregunte a Aramburu.

Carta del Gral. Valle al Gral. Aramburu antes de ser fusilado


Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mi bastaba. Pero no, han querido ustedes escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez mas su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.
Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija a través de sus lágrimas verán en mi un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen o les besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados.
Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.
La palabra "monstruos" brota incontenida de cada argentino a cada paso que da.
Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las Instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos, sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95 por ciento de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido.
Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método solo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes.
Como cristiano me presento ante Dios que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conocerá un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así como nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos.
Viva la Patria.

Juan José Valle
Buenos Aires, 12 de junio de 1956

sábado, 22 de octubre de 2011

Male

En Male caminaba por la calle con miedo a caerme del mapa. Todo tan pequeño, tan diminuto y reducido. Así es el espacio de esa ciudad oriental que se mezcla de algunas formas extrañas con occidente. Todo aquí se mueve lentamente casi pretendiendo ser lo que no es. Male es la capital, la ciudad más importante, la única en verdad. Tuve allí una sensación extraña, he estado en muchas ciudades pero en ninguna parecida, es que la sensación que me acompaño en todo el recorrido fue la de estar inmerso en una maqueta. Pequeños muñequitos, autitos a escala, edificios de cartón, todos montados sobre un vidrio pegado a un cartón turquesa.
La ciudad ha ocupado todo el terreno disponible y esa es la razón de mis sensaciones. El día esta nublado, apenas se mueven las hojas de los árboles, las casas y los edificios se ven excesivos, si se hincharan, si una noche comieran de más, terminarían apoyando al menos un pié en el agua. La tomes por donde la tomes empieza en el mar y termina en el Indico otra vez. Recorrimos entre la gente de las culturas mas diversas que puedan imaginar pero lo que mas nos llamo la atención fue esa costumbre del islam. Las mujeres caminan detrás de los hombres, siempre. Ellos se detienen, ellas también, siempre detrás, manteniendo la distancia, separados por un recuadro invisible.
La mezquita mas antigua nos esperaba, nos descalzamos y respetuosamente admiramos un hermoso edificio que nace en un parque tan verde como solo aquí el verde puede expresarse, el blanco y el azul combinados, los espacios vacios de las paredes para que el aire pueda darse el gusto de envolvernos y acariciarnos a cambio de un alivio al calor que nos persigue. Seguimos paseando hasta llegar una calle que desembocaba en el puerto infinito. Chucherías, recuerdos y souvenirs nos llamaban desde las vidrieras. Aquí, aquí…insistían en decir. Me pare en un negocio y el señor de la túnica blanca y la piel de cobre me hizo pasar, el ingles tiene esa cosa tan interesante de ponernos en contacto con la mas lejana de las galaxias y entonces nos pusimos de acuerdo. Me prometió una remera y en esa remera imaginó corales, peces tropicales, el fondo de esponjas y una medusa gigante. Lo miré curioso y le dije que no había visto nada semejante entre las cosas que tenía colgadas. Me pidió unos minutos muy amablemente paso detrás de una cortina y trajo una señora de manos tan flacas y huesudas que parecían dibujos trasnochados. Extendió la remera, blanca como estaba, saco una esponja de esas que cualquiera de nosotros solo podría usar para lavar un vaso, cuatro tapitas plásticas con pinturas distintas y empezó a pintar. En unos minutos el sueño del hombre de la piel de cobre había pasado por las manos huesudas de esa mujer pequeña y se había pegado a la que ahora era mi remera. Quise tomarla pero ella me detuvo con un gesto. Le puso un papel transparente encima y le paso una plancha china que parecía a pilas, recién entonces me la entregó. La mire. La miramos, busque a la señora pero ya había pasado a través de la cortina. Pagué y el hombre que soñaba me despidió con una sonrisa brillante. Salimos otra vez a la calle y bajamos hacia el muelle, se hacia tarde, el barco se iba.
Las Maldivas son como un collar caprichoso y Male esta engarzada cuidadosamente, como un pequeño y valioso diamante, en esa joya turquesa del Índico.
Ahh, por cierto…todavía tengo esa remera, siempre es bueno tener un sueño guardado, nunca se sabe cuando podemos necesitarlo.


sábado, 8 de octubre de 2011

El señor de Copán

Copán esta en ruinas, sabías?
Sí, ruinas. Parece que un día amaneció distinto, el sol al revés, de arriba a abajo de oeste a este y todo terminó. Fue una ciudad enorme, hermosa y prestigiosa. Copán tiene escaleras que hablan, estelas que cuentan historias, paredes y pinturas que no pueden callarse. Parece imposible que en el medio de la selva uno tenga que cubrirse los ojos para esquivar por un rato el bullicio.
El camino a Copán es un viaje en si mismo, recuerdo que íbamos por la ruta, nadie yendo nadie viniendo. La camioneta alumbraba como podía el resto de noche oscura que lo cubría todo. El asfalto termino bien atrás, lo que quedaba era tierra, arcillosa, húmeda, reptando el camino en su cuerpo, como podía, abrazando montañas bajas y algunas altas pasando entre los arboles mas verdes y grandes que ví. Seguíamos el camino con la indicación dibujada con pulso tembloroso sobre un papel rayado. El mapa…bien gracias. En una de las salídas de una recta larga que se acomodaba lentamente al costado de una montaña las luces tenues de la camioneta me dejaron ver, por suerte, que la mitad del camino había desaparecido. Verdaderamente desaparecido, ya no estaba, lo que alguna vez había sido ruta ahora era vacío, el cuerpo de ese camino ahora estaba 300 metros mas abajo en el fondo de una cañada. Me detuve esperando ver mejor, nos quedamos esperando pesando en nuestros pensamientos si el paso de la camioneta seria demasiado para lo que quedaba de camino o si podríamos seguir a pesar de todo. Finalmente, confiando en que las desgracias siempre sucederán mañana aceleré y pasamos. Realmente pasamos. Mas aliviados pero atentos seguimos adelante. Un rato después otra aventura. En la oscuridad absoluta de la desolación hecha camino descubrimos la ruta casi cortada al medio por una maquina gigante. Estaban trabajando o habían estado allí, era de noche y la maquina cortaba el paso otra vez. No quieren que lleguemos a Copán, pensé. Quienes? Me pregunté. Nadie puede querer eso me respondí y acerque la camioneta a la maquina amarilla que decía “cater” había perdido el “pillar” de su nombre, paradójicamente. La iluminamos cuando nos acercamos y distinguimos un movimiento en la cabina. Se nos acerca un señor morocho, bajo y vestido de obrero con el detalle de un rifle verdadero en las manos, no dejo de sorprenderme la escena porque era verdaderamente algo que no esperaba. Asi es que este buen hombre se va acercando curioso con su rifle entre manos. No debe ser muy amistosa la zona, pienso. El camina tratando de ver entre las luces nuestras. Finalmente hablamos, amistosamente, el solo cuida las maquinas, nos asegura que vamos bien y falta poco, no dispara, no amenaza, sonríe con un par de dientes que le faltan y sacude el rifle cuando nos vamos. Mejor así.
Finalmente llegamos al pueblo que queríamos llegar. Es el umbral de lo que venimos a buscar. El pueblo, muy poco originalmente, se llama “Copán Ruinas”. El hotel Jaguar nos dará una cama y nos dejara dormir, otro hotel nos dará la cena y a la mañana despertaremos listos para seguir.
El sol tiene la capacidad de embellecerlo todo y esa virtud se hizo presente. El sol arriba coloreando el camino verde y terroso al mismo tiempo, entre las montañas bajas, las plantas enormes. Finalmente llegamos, cumplimos con el cometido. Estábamos en Copán, las estelas características, las escaleras, los templos de la que fue una de las ciudades mas grandes e importantes del imperio maya. Estremece pensarlo, emociona vivirlo.
Nadie sabe como fue el final de Copán, miro al sol y le pregunto. Me tapo los oídos y escucho. Las lágrimas no lo dejan hablar. Llueve... como siempre.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Es culpa del Indico

Su poder hipnótico, a eso se lo atribuyo.Lo pensé bastante, lo medité, lo repensé y repase cien veces la escena, losmovimientos y las circunstancias; hasta concluir que la culpa – ciertamente- noera mia. La culpa, la culpa toda era del Océano Indico. Para que se entienda deque hablo y se interprete lo que digo voy a contar la historia.
Estaba instalado en un pequeñísima isla en un atolón remoto de las Islas Maldivas, ese día como tantos otros estababuceando en uno de los cientos de lugares que rodean a Alimatha (la isla a laque me refería antes). Curiosamente y como dato anecdótico, el centro de buceode la isla estaba dirigido por dos enormes alemanas que imponían el rigorteutónico a todos los que pretendíamos explorar el mundo submarino que tenían a su cargo. El asunto es que ya habíamos hecho varias inmersiones en la zona, endiferentes días y horarios y en todas y cada una la maravilla del mundo submarino se iba incrementando. He buceado en muchos lugares pero claramente de los que conozco el indico, y especialmente en Las Maldivas, se lleva todas las medallas, palmas y palmadas por el mas hermoso paisaje viviente. Una vida tan abundante y rica que parece la onda expansiva de una milenaria explosión decolores, formas y caprichos de la naturaleza. Hay tanto para ver, tocar,descubrir, asombrarse y sentir…que por momentos confunde los sentidos. No hay espacio para abstraerse porque la vida de ese ecosistema es tan prolífica, tanabundante y única que solo podría imaginar una situación semejante vaciando todos los estanques del acuario que imaginen de la ciudad que quieran en la mismísimapileta del patio de cualquiera de sus vecinos. Asi estaba entonces, recorriendo el fondo de ese mar, en un paseo que había comenzado zambulléndonos desde la cubierta del barco de madera que nos llevaba y traia; sumergiéndonos unos 25metros, lo que realmente no era importante, hasta lograr permanecer flotando a50 centimetros del fondo, sin tocar nada pero sintiéndolo todo. Corales,esponjas, arena, piedras, langostas, morenas, payasos, leones…peces y máspeces. Del color que uno pudiera imaginar, del color que tus ojos imaginencuando los cierres.
Retomando la historia entonces, ahí estaba yo. Paseando con los sentidos inundados de ese mundo, buceando tranquilo buscando la próxima sorpresa cuando después de un buen rato, unos 40 minutos,recordé que aunque lo lamentara no pertenecía a ese mundo calido, transparentey acuoso. Mi vida estaba arriba y mas importante aun, necesitaba algo que ahí abajono podía conseguir: aire. Hice entonces lo que todo buzo debe hacer variasveces en cada viaje, chequee mis instrumentos y me di cuenta que culpa delIndico hipnotico me encontraba a 10 metros de la superficie y me estaba quedando sin aire. Decidí tosudamente que no iba a retirarme tan fácilmente y entonces busque la solución. La encontré muy rápidamente en el segundoregulador de Eugenia. Muchos equipos de buceo tienen dos mangueras y dos reguladores, uno para el buzo que lleva ese equipo y otro para emergencias opara gente que como yo, se niega a subir a la superficie aun cuando no tiene mas aire que respirar. Volviendo al asunto, me encontraba entonces 10 metrosbajo el océano indico empecinado en no retirarme tan rápidamente y seguir disfrutandode ese increíble paseo. Por culpa del poder hipnotico, repito, del OceanoIndico tome el regulador nuevo y me quite de la boca el mio. Hice lo que todo buzo debe hacer y me quede con los pulmones llenos de aire para poder con unpotente soplido sacar el agua acumulada del nuevo regulador cuando me lo pusiera en la boca, para no cometer la tontería (peligrosa) de aspirar agua envez de aire. Asi fue que cumpli con los todos los pasos excepto con el defijarme que me ponía en la boca el regulador al revés. Sin darme cuenta delerror expulsé todo el aire que tenia esperando vaciar de agua el equipo pero como estaba al revés el efecto fue nulo. El agua seguía ahí. Resultó entoncesque estaba 10 metros bajo el Indico, rodeado de la belleza mas hermosa pero…sin aire que respirar. Esta vez no hice lo que todo buzo debe hacer en una situación similar, que es simplemente pensar para presionar una valvula que libera aire apresión y te permite retomar la respiración. No, no…culpa de ese poder hipnotico del que hablaba al principio me quede mirando sin pensar y emprendí repentinamente la mas veloz y audaz carrera de mi vida hacia la superficie. Recuerdo que llegue arriba y todo lo que vi, el cielo, el mar, las olas, el barco,estaban completamente teñidos de rojo…fue solo un instante hasta que recupere los colores y el aliento. Me quede flotando, respirando agitado, pensando, ahora si, porque me había pasado esto. Un par de minutos después la guía alemana apareció en la superficie, indignada. Empezó a gritarme en ingles, a decirmeque estaba loco, a insultarme y reprocharme enojada. Yo seguía pensando y ella seguía gritando, entonces deje de escuchar los gritos y lo vi claramente…la culpa de todo era de ese increíble Oceano Indico. Nade hasta el barco, subí y me asegure de que mañana volvería aunque ella me siguiera gritando.

jueves, 8 de septiembre de 2011

de Miami a Bimini sacudiendo tormentas

Entre tantas ideas que se me ocurrieron para tratar de encontrar nuevas experiencias en el mundo de los viajes y, en ese momento, en el del buceo; deje que un aviso publicitario de la revista Scuba pasara de mis ojos a mis dedos. Así fue que un día de octubre, nublado, húmedo y con una llovizna que de a ratos se manifestaba estábamos caminando por uno de los muelles del puerto de Miami en busca de tres veleros iguales en los que partiriamos para un recorrido por Bahamas.Caminamos un rato siguiendo indicaciones hasta llegar a los tres barcos, Sea Explorer, Morning Star y Pirate´s Lady. Tenian capacidad para poco mas de 20 pasajeros, con 20 metros de largo y dos velas enormes. Sabiamos a donde íbamos asi que cuando llegamos a destino subimos directamente al Sea Explorer que era el velero que nos había tocado en suerte, nos recibieron muy bien, saludamos a los demás pasajeros, una mezcla de canadienses y norteamericanos del medio oeste. Reconocimos la cabina, las literas donde dormiriamos, cerradas independientemente por cortinas, una mesa grande de madera que hacia de centro de la sala, el baño y su ducha y la escalera que siempre se debe bajar de espaldas a los escalonees para no golpearse la cabeza.
Afuera el clima fue cambiando. Haciendose mas diafano a medida que anochecia. El plan de navegacion era salir de Miami a las 9, navegar toda la noche para estar temprano en Bimini y comenzar 5 dias de buceo y paseo en las Bahamas. Asi fue como empezo todo segun lo calculado.A las 9 de la noche y despues de que la tripulacion se hubo asegurado de que estabamos todos y todo en su lugar salimos. La noche era profunda ya y a medida que nos alejabamos del puerto teniamos otra perspectiva de Miami, una diferente, desde el mar salpicado de innumerables luces azules, blancas, rojas, que delineaban el paisaje de fondo.
Un rato despues de partir, no podria precisar cuanto porque entretenido con los perfiles de la ciudad luminosa que se iban desapareciendo, el tiempo se evaporó; comenzamos a sentir como el viento iba subiendo su intensidad. El mar se iba encrespando y los recuerdos de la radio avisando de un huracán que estaba rondando volvieron a mi cabeza, no parecía un día de huracán aunque debía aceptar que por la época del año era totalmente factible. No quise preocuparme y seguí en cubierta distrayéndome con la aventura de surcar el mar subiendo y bajando ondas saladas. Un rato después ya había comenzado a llover, primero suavemente y después con un poco mas de ganas. El aire seguía templado pero el agua que caía acercaba el frio. El viento se había propuesto ser mas y mas fuerte por lo que las olas eran cada vez mas altas. La noche ya estaba cerrada, las luces de la ciudad no se veían y eso solo significaba que cualquier vuelta atrás era imposible. Navegábamos por un verdadero océano, en un velero de poco mas de 20 metros de largo, acaballo de las olas que se volvían cada vez mas rebeldes y en una noche totalmente oscura. La luna nos había abandonado y ahí fue cuando sentí  por primera vez una sensación conjugada de soledad y abandono. Sin embargo esos mismos sentimientos hacían fluir la adrenalina por lo que no sabemos que vendrá y la convicción de que el mundo es verdaderamente tan grande como se siente.
Ahí estábamos entonces avanzando a través del mar, desde Miami a Bimini, entrando sin remedio a una tormenta que de todas formas se nos venia encima. Bajo cubierta en los camarotes las luces ponían un poco de claridad al asunto y por mas que íbamos y veníamos de abajo arriba y de arriba abajo el resultado siempre era el mismo; el movimiento del barco estaba empezando a hacer su efecto en los animales de tierra que llevaba encima. En cubierta a combinación de lluvia, viento y el spray que dejaban las olas al chocar con la proa del barco convertía todo en la escena de una película. La tripulación estaba totalmente concentrada y enfocada en la navegación, el capitán se había acomodado detrás del timón y estaba firme ahí a pesar del agua que lo asaltaba de cuando en cuando, en el palo mayor, arriba, un reflector enorme era la única luz visible y marcaba el camino, mostrándonos la oscuridad del mar que venia, la altura de las olas que se acercaban.No paso mucho tiempo para que estuviéramos cada vez mas adentro de la tormenta, la radio del barco repetía que era la “cola” de Lily, el huracán que se avecinaba y que si todo salía bien no llegaría a vérselas con nosotros. Me acerque como pude al capitán, tomandome de sogas, cables y partes del barco; pensando en no resbalarme y con el cuerpo inclinado hacia adelante para vencer la gravedad del barco que subia las olas y el viento que me empujaba, le pregunte a los gritos cuales eran los pasos a seguir, que nos esperaba y como sería el resto de la noche. No me respondió, ni siquiera me miró, seguía con la mirada fija en las porciones de horizonte que le daba el reflector del palo mayor. Me quede un minuto esperando algún gesto pero no lo hubo, entendí que no había tiempo para responder a mis preguntas en una situación de esas, me estaba volviendo cuando el oficial que lo asistia se apiado de mi necesidad de información y en ingles me dejo claro que seguramente ya estábamos en lo peor de la tormenta y que pronto saldríamos de ella, no había posibilidad de esquivarla solo podíamos atravesarla. Le pregunté si volveríamos a Miami y su respuesta fue tan clara como lógica, esa no es una opción –me dijo- la tormenta va hacia alla asi que ahora solo podemos terminar lo que empezamos.
Me volvi tambaleando a la escalera que bajaba a los camarotes y una vez abajo les explique a los que estaban sentados alrededor de la mesa, sosteniéndose como podían mientras la frutera colgante se zarandeaba de un lado a otro de la sala, que no volveríamos, que no había chances, que solo nos quedaba seguir adelante y esperar que escaparamos lo mas rápido posible de “Lily”. Uno de los asistentes del capitán bajo y nos entrego a cada uno un equipo impermeable plástico de un amarillo furioso, lo agradecimos porque sin dudas nos iba a hacer falta.
Un rato después mas de la mitad de los pasajeros no podíamos parar de vomitar sobre cubierta, de cara al mar, salpicados por la lluvia que ahora era mas intensa y el viento que había subido mas y mas. Las trepadas del barco sobre las olas que enfrentaba eran cada vez mas pronunciadas y los valles en que caíamos después eran un remanso de un segundo en donde el viento desaparecia.
Media hora después todos sin excepción, excepto la tripulación, se habían sumado al concierto de mareos, malestar y vomitos incontenibles, lo que había empezado como una situación incomoda, casi vergonzosa ahora se había convertido en algo tan incontrolable y generalizado que ya nadie miraba a nadie. Todos asomados a las borda del barco superábamos como podíamos la situación. Abajo algunos seguían en la misma situación, tratando de comprobar eso de que en el centro de gravedad del barco el movimiento es menor, pero con semejante tormenta solo habían puesto un balde enorme para quienes no pudieran resistir los 5 pasos que los separaban del baño. Nunca había sentido una sensación igual, las ganas de vomitar sin poder ya vomitar mas, el estomago hecho un nudo. Volví arriba porque estaba convencido de que el viento en la cara me hacía sentir mejor, aunque sabia que era solo la percepción de no verme encerrado. Una vez en cubierta vi que la situación claramente había empeorado. Las olas eran ya gigantes y golpeban de todos lados, el viento era muy fuerte y potenciaba la lluvia que producía un golpeteo tan intenso en el plástico de los impermeables que parecían una multitud de ametralladoras disparando al unisono. Ahí estábamos entonces, en el medio de un viaje sin retorno, navegando en un mar tan oscuro como la mas oscura de las noches, con millones y millones de gotas que caian de la nada y un viento tan intensamente fuerte que podía mover las masas de agua que se deslisaban debajo nuestro. El estoico reflector del palo mayor seguía firme luchando contra la negrura intensa de la tormenta solo que ahora el rayo de luz tenia un ciclo particularmente estremecedor.  Primero podias ver el rayo de luz salir del reflector hacia el frente del barco, sin un cuerpo definido pero iluminando la lluvia y las gotas tan caprichosas que se volaban y formaban una cortina de agua en todas direcciones. A continuación el mismo haz se parecía al de un cine y como si fuera una pantalla lo que teníamos enfrente nos mostraba una pared de agua gigante que crecia y se nos venia encima. El barco ya no subia esas olas, simplemente (y por suerte) las atravesaba. La proa se hundía como un clavo gigante en el cuerpo de ese monstruo de agua y como si fuera un globo que explota, el mar nos invadía y nos pasaba, literalmente, por encima. El espectáculo valia la pena y tampoco tenia fuerzas para hacer otra cosa que mirar asi que me tome firmemente de uno de los cables de acero que bajaba del mástil a cubierta y ate mi brazo izquierdo consciente de que no había mas nada que hacer que esperar a que esto terminara con o sin nosotros. La noche era eterna aunque no habían pasado mas que un par de horas. Desde donde estaba miraba atrás tratando de descubrir las luces de Miami, aun sabiendo que era imposible. No dejaba de pensar que eso debía terminar en algún momento, no por miedo o temor a lo que nos podía pasar; ya habíamos dejado atrás eso, el miedo es una situación temporal, solo dura hasta que uno se acostumbra y se da cuenta de que el fin no es realmente lo que debe preocuparnos sino el camino hasta llegar a el. El malestar era tan intenso y la situación tan irremediablemente agobiante que solo pensaba en que si la salida de esa odisea era abandonar este mundo estaba cada vez mas cerca de aceptar el canje.
Las olas seguían pasando por encima nuestro, el Sea Explorer estaba empecinado en no darse por vencido y avanzaba como podía perforando las paredes de agua que se ponían enfrente.Así continuamos esa noche, balanceándonos, vomitando, dudando entre dejarnos morir o buscar la salida, en un momento de la noche totalmente agotado me desate y tomándome como pude de todas partes baje al camarote. Todos habían desaparecido, el caos reinaba, apenas pude acostarme en la litera que me tocaba y mientras me movía de un lado a otro, ya sin sentir nada, tuve la bendición de dormirme.
Me despertaron los diálogos de cubierta, eramos los últimos en despertarnos y cuando intentamos enderezarnos para comprobar que esa luz que entraba por la escalera era el sol timido de la mañana, los musculos del estomago me hicieron recordar lo mal que la había pasado por la noche. Apenas moviéndome como pude subi a cubierta, todos desayunaban y yo no podia entender como lo hacían. Estábamos en Bimini, finalmente lo habíamos logrado. Me acerque al capitán que ahora sonreía, le pregunte como había terminado la noche,le dije que estaba convencido de que su experiencia había hecho la diferencia. Se sonrio y acercándose me dijo – Nunca había pasado por nada igual. Se paro y mientras se alejaba por cubierta me dijo – Ahora… a bucear!!
Pero esa es otra parte de la historia.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Amazonas

Llegamos remontando el río amazonas, desde Iquitos, 54 kilómetros y 8 horas atrás. Habíamos salido despaciosamente en un barco turístico que recorría el amazonas peruano mostrando las bellezas del último lugar, casi, virgen del planeta. El paseo era por dos días, ida y vuelta, avanzando por el río y luego remontando la corriente el regreso al puerto. Nos prometieron vistas increíbles, pueblos perdidos, flora exuberante y una excursión de aventura moderada. La primera parte del paseo había sido bastante entretenida, como toda novedad, nos habíamos pasado la tarde apoyados en la baranda del barco mirando al río y a la costa, alternativamente. Los pájaros nos marcaban las miradas y entre los árboles y las plantas, de vez en cuando se distinguía algún animal que nos provocaba admiración. Entre las copas de los árboles saltaban como podían, demostrando destreza y desprecio por la gravedad, los monos aulladores. La primera parada iba a ser técnica y de descanso. Estaba programada sobre un pequeño pueblito moribundo a orillas del agua, el barco se reaprovisionaría y nosotros podríamos conocer el lugar y sus protagonistas para luego volver al barco a dormir, no sea que compartiéramos la misma miseria durante la noche.
El barco tardo en acercarse al muelle porque no encontramos a nadie que pudiera tomar la soga que nos iba a aproximar. Estuvimos un buen rato viendo como el agua del río seguía su curso, como la gente pasaba cansina por una calle más al fondo y como dos perros marrones nos miraban desde el piso donde estaban echados. El problema parecía no tener solución, no porque no la hubiera, sino porque se veía tan absurda que ninguno de los tripulantes atinaba a nada. Mande a alguien al agua con la soga si no hay otra opción. Le dije al Capitán. No me miró inmediatamente, como si mis palabras no hubieran llegado a sus oídos, siguió fijando la vista en el muelle vacío y en los perros. Unos eternos segundos después giró hacia mí y con los ojos me dio a entender que estaba loco. El capitán era peruano y había hecho este recorrido cientos de veces, había mirado el muelle vació unas tantas y seguramente también había esperado en vano unas cuantas más. Nos pusimos todos, pasajeros y tripulantes, a mirar, con la esperanza de que nuestros deseos se convirtieran en brazos que tomaran la soga y nos acercaran al muelle. Un rato después dos hombres ajados por el tiempo se acercaron. Saludaron, tomaron la soga que le tiro la gente de abordo y pasándola alrededor de uno de los postes salientes nos fueron tirando hasta ponernos junto a las tablas que pretendían ser un muelle.
Ya caminando por tierra firme recorrimos las húmedas y arcillosas calles del pueblo. Las casas eran tan pequeñas y enclenques que parecían tomadas con alfileres de la selva que asomaba detrás. La gente no nos prestaba demasiada atención excepto una nube de chicos que se movían con nosotros, pidiendo, tocándonos, gritando, jugando entre ellos, riendo y saltando. Repartimos las monedas que traíamos de la ciudad, alguna coca cola que bajamos del barco y chucherias que teníamos en los bolsillos. Repartíamos y repartíamos, discrecionalmente y eso hacía que los que conseguían algo se retiraran aunque parecía que nunca iba a acabarse la fiesta de manos que se sacudían por todos lados. Caminamos como pudimos hasta la iglesia, le dimos una vuelta al edificio ruinoso y húmedo que enfrentaba la plaza y empapados de calor avanzamos una calle mas hasta encontrar un bar que sobresalía del caserío. Nos sentamos a una mesa, al costado de la calle donde se supondría que debía ir la vereda y espiando el río y la selva al final de la calle pedimos una cerveza, esperando que estuviera fría. Contrariamente a lo que esperábamos si estaba fría y eso nos cambio el humor. Charlamos un rato del paseo, los viajes anteriores que cada uno había hecho y de los lugares que aun nos quedaban por visitar. Estábamos enfrascados en la conversación, mientras la tarde iba bajando lenta, hasta que se nos acercó un chico morochito, flaco, de unos 12 o 13 años, a pedirnos más monedas. Mi compañero de mesa lo despidió diciéndole que no tenía pero yo lo llame de nuevo. Estas loco? No nos va a dejar mas! Me dijo.
El chico se acercó y me le quede mirando. Me miró también y me pregunto nuevamente por las monedas. Saque unas cuantas que me habían dado de vuelto por la cerveza y se las puse en la mano sin decir nada. Cuando estuvo por darse vuelta para irse lo tome del brazo y le pregunté. De donde sacaste esa camiseta? Me miró extrañado por la pregunta y hasta diría que lo hizo con miedo. Mi compañero de mesa me miró y me di cuenta que pensaba si me había vuelto loco. Yo seguía mirando la camiseta. Alguna vez había sido de un color ocre fuerte, la tela gruesa, las mangas habían sido largas, en el lado izquierdo el escudo de Australia, en el derecho el de los wallabies, el cuello verde todavía con botones. Estaba bastante maltratada, algunas costuras rotas y el color se estaba acabando pero podía reconocerla. Lo que no podía era entender que hacia en ese lugar tan recóndito una camiseta de Australia de principios de los ´90, Le explique a Jorge, que me acompañaba, y no podía entender que me hubiera fijado en ese detalle. Su explicación era que seguramente algún turista australiano se la había regalado al chico o a un hermano o a alguien de la familia y que todo se reducía a eso. Una casualidad. El razonamiento era lógico, se lo dije y realmente lo creía, pero igualmente espere la respuesta del muchachito que seguía parado al lado de nuestra mesa, Me miró con los mismos ojos esquivos de hacia un rato atrás y soltó algunas palabras que pude interpretar: me la regalo el viejo de la pelota. Jorge le pidió que repitiera y esta vez era el quien estaba ansioso por saber. El viejo…de la pelota…y también le regalo a otros chicos, esta me la dio mi hermano mas grande. Pregunte si había mas chicos con esas remeras tan raras, me pidió mas monedas y salió corriendo con los pies descalzos. Unos minutos después llegó corriendo seguido por una maraña de chicos de todas las edades reclamando sus monedas (y sus billetes los mas grandes) vestidos todos y cada uno con una de las camisetas que les había regalado el loco de la pelota. Una verde oscuro con el cuello amarillo y el springbok saltando, la blanca con la rosa a la que le faltaba una manga, una negra, ya casi gris, con los rastros de haber tenido bordada la hoja de los All Blacks, una de Italia, la de Francia, dos de escocia, una de irlanda sin el cuello y al fondo tres celestes y blancas, a dos de las cuales les faltaba la franja celeste última. Quedé tan sorprendido que por un buen rato no pude decir n i hacer nada. Jorge se puso a reír y a asegurarme que no iba a colaborar ni con monedas ni con billetes. Todos me sonreían seguros de no entender que llevaba a un turista como yo, en un lugar como ese a pagar para ver la ropa destruida que un loco había regalado alguna vez. Cuando se me paso el efecto de la sorpresa empecé a reírme con ganas, estuve así un buen rato; riéndome, hasta que mientras los chicos me miraban, ya sin reírse, empecé a preocuparme por saber como iba a juntar tantas monedas para repartir. En eso estaba cuando desde adentro vino en mi auxilio el dueño y mozo del bar, se asomó a la puerta y empezó a tirarles naranjas en vez de monedas. Los chicos las iban atrapando y salían corriendo mientras reían. En unos segundos no quedo ninguno y respire aliviado. Jorge seguía sonriendo. Le pedí al dueño del bar que me explicara lo que los chicos decían sobre de donde habían conseguido esas camisetas tan extrañas para un lugar como ese, quería saber quien era o quien había sido el “loco de la pelota”. El hombre se acercó a la mesa, se paro a nuestro lado y se seco las manos en un delantal amarillo que llevaba puesto. Empezó a contarnos lentamente, como tratando de hacer memoria, dijo un par de palabras y enfrascado como estaba en el relato se sentó directamente a la mesa, entre medio de nosotros dos. Con Jorge lo miramos extrañados, sorprendidos de que se hubiera sentado sin que lo invitáramos pero el no pareció darse cuenta y siguió hablando. Era un hombre de unos 50 o 60 años aunque por las condiciones de la vida allí no podría asegurarlo, estaba casi completamente pelado y los pocos pelos que le quedaban se veían tan rebeldes que le daban un aspecto sumamente desprolijo. Le faltaban un par de dientes adelante y cuando se reía descubrí que también le estaban quedando pocas muelas. El loco de la pelota era un señor que vivía detrás del galpón – empezó diciendo- donde antes estaba la fabrica de caucho, ese galpón esta desocupado desde hace muchísimos años, desde que el caucho dejo de ser importante y se fueron todos. Ese señor, el loco de la pelota llego aquí hace tiempo, ya no sabría decirle cuando, la gente que lo conoció en esos días dice que estaba escapando, que alguien lo perseguía, pero no sabría otra vez decirle si es cierto. El ya no quiere hablar de eso. Este señor trajo muchas cosas de juegos y cosas así, los niños del lugar lo seguían mucho y algunos todavía lo siguen bastante. Entre las cosas que trajo estaban las sudaderas que usted vio. Lo dejamos terminar el relato y aunque Jorge ya quería irse le pregunte si sabia donde ubicarlo ahora. Me dijo que era muy posible que estuviera en el río, subiendo, a unos 200 o 300 metros del final del pueblo. Jorge insistía en irse y le pedí por favor que se fuera, que volviera al barco y que me dejara en paz. Yo estaba intrigado con el asunto y el estaba cansado de la humedad. Jorge se levantó, saludó y dejó un par de billetes sobre la mesa sin mirar siquiera el valor. Le palmee la mano y se volvió al barco con la ultima botella de cerveza en la mano. El dueño del bar siguió el desarrollo de la escena y cuando Jorge ya estaba definitivamente alejado de la mesa siguió hablando. Casi siempre esta en el río, por esa zona, por allí hay buenos terrenos, bien planos y suavecitos que son los que el busca para sus chicos, allí se mueven, allí actúan. En eso entraron cinco parroquianos al bar y el dueño/mozo se levantó de la silla como si estuviera impulsado por un resorte y me abandonó de la misma forma en que se había sumado a la mesa, sin consideración alguna. Me quede pensando un rato en quien seria este celebre y extraño personaje, el loco de la pelota, que cosa actuaban?, que cosas hacían? Estuve ahí sentado un rato mas hasta que el sol empezó a bajar detrás de los árboles mas altos de la selva. La oscuridad iba ganando lugar de a poco y se prendían algunos generadores que le ponían un poco de luz y ruido a las casas y los negocios. Antes de irme fui adentro del bar y me pare delante del dueño que iba y venia entre las mesas y la barra, trayendo y llevando botellas. Este hombre esta siempre ahí en el río, afuera? Mañana estará? Apenas mirándome mientras destapa una nueva cerveza me dijo: seguramente, ha estado allí todas las tardes desde que llego aquí. Seguí el ejemplo de Jorge y deje un puñado de billetes, mas grandes, sobre el mostrador y salí a reconciliarme con la oscuridad, los ruidos de la selva, los pájaros que volaban recortados sobre el cielo cada vez mas oscuro y el ronroneo de los generadores eléctricos.

La mañana siguiente era exactamente igual a la anterior. Cuando me desperté el sol estaba alto ya y me apuré a levantarme pensando que seguramente era tarde. Miré el reloj y me di cuenta de que no había concordancia entre la hora, 8,30, y la altura del sol; sin lugar a dudas las mañanas son muy distintas aquí en el amazonas, aquí en el trópico. Subí a cubierta y desayune con un par de pasajeros mas que estaban terminando su comida. Jorge no estaba, seguramente dormía. Saludé lo mas educadamente que pude y me senté en una esquina, mirando al río, esperando que nadie me hablara. Terminé de comer, alguien de la tripulación se acerco y se llevo los platos y las tazas sucias. Me levante, camine un poco por la cubierta del barco, tan solo unos metros porque no había demasiado espacio y me puse a ver el pueblo, desde cubierta la vida transcurría lenta, como ayer, como siempre, supuse. La gente iba y venia, llevando y trayendo, comprando y vendiendo desde el mercado frente al muelle, eran pequeños puestos coloridos armados con lo que cada uno había encontrado, con lo poco que cada uno tenía.
Baje a tierra firme y empecé a caminar despacio por la calle de tierra que subía al bar, no porque fuera a tomar algo alli sino mas bien porque era el único camino que conocía y el naturalmente tomé. Estaba caminando entre la gente esquivando los charcos que se habían formado con la lluvia de la noche y que iban desapareciendo a medida que el sol se fijaba en ellos cuando me encontré frente a frente con el mismo chico de la tarde anterior, el de la camiseta de Australia. Se paró frente a mi en el momento exacto en que íbamos a chocarnos, lo miré, nos miramos y fugazmente se hizo a un costado para seguir camino. Lo llamé, instintivamente, sin pensarlo. Se dio vuelta y se quedo esperando mis palabras, quería saber seguramente para que lo había llamado. Mientras lo miraba pensando me surgió, otra vez involuntariamente, un pedido que traía desde la noche anterior. Me llevas a conocer a tu amigo? …al de las remeras? Le dije. Al loco de la pelota? Me preguntó. Le dije que si con la cabeza y me quede mirándolo mientras se daba vuelta y contra todo pronostico se empezaba a ir, siguiendo su camino. Lo miré irse sin comprender, no esperaba esa reacción, no esperaba esa respuesta. Camino unos 10 o 15 metros y se dio vuelta a verme, yo seguía mirándolo. Supongo que mi cara y la situación lo descolocaron y dejó de lado lo que iba a hacer. Se volvió y se me acercó otra vez. Bueno, vamos. Me dijo y tomó en dirección al muelle otra vez. Lo seguí sin preguntar.
Anduvimos unos 10 o 15 minutos, primero por la calle que iba al costado del rio, luego cuando la calle se desvaneció entre las plantas y los árboles seguimos por un sendero rojizo que se cortaba entre el verde hasta hacerse casi un túnel entre la vegetación, pasamos monos, mosquitos y una heladera rota y oxidada tirada a un costado, en un momento el túnel verde se disipó, ligeramente, y empezamos a ver el sol otra vez, el sendero se hizo un poco mas ancho y las plantas cada vez mas y mas enanas. Al cabo de unos 30 o 40 metros estábamos en una especie de “isla” entre ese océano de plantas gigantes y árboles espesos que ocupaban todo, unos pequeños yuyos, el piso arcilloso oculto debajo de una alfombra verde intenso y la humedad del ambiente pegada a cada hoja. Me detuve asombrado. El chico siguió caminando un poco mas allá hasta que se dio cuenta de que me había parado y se detuvo también, esperándome. Miré a todos lados y en un costado, casi al borde con los árboles gigantes que enmarcaban el lugar vi dos troncos largos, casi rectos, sin ramas, parados ridículamente sosteniendo apenas, como podían otro tronco transversal. La estructura no parecía resistir la presencia de un pajaro ni la llovizna mas sutil sin embargo ahí estaba, desafiando el tiempo. Me quede mirándolo, en la punta de uno de los troncos, allá arriba, a unos 6 o 7 metros se adivinaban ya los brotes de unas hojas de un verde tan suave que el sol parecía que iba a carbonizarlas. Volví mis ojos al chico que seguía esperándome y me puse en movimiento de nuevo. Seguimos un minuto o dos mas hasta que otra vez entramos en ese túnel verde, húmedo y pegajoso del que antes habíamos salido. Entre dos árboles enormes con los troncos cubiertos de helechos había una cabaña sobre palafitos escuálidos. De la única ventana se asomaba una toalla que alguna vez había sido amarilla. Mi guía se detuvo al pie de la única escalera que subía a la casa y espero a que yo me acercara. Se quedo mirándome sin entender porque no subía. No vas a llamarlo? Estará? Le pregunte. Siempre esta, dijo. Nos quedamos así un buen rato. El esperándome sin entender a que se debía mi demora en subir a ver al hombre por el cual le había preguntado y por el cual había caminado hasta acá. Yo mirando hacia la casa, con la cabeza hacia arriba esperando que milagrosamente alguien se asomara y me ahorrara la incomoda situación de hacer saber que estaba ahí. Asi estuvimos hasta que el chico suspiró y como dando por terminada la espera subió la escalera sin mas. Entró a la casa que desde abajo parecia no tener puerta. Unos segundos después la voz de un hombre empezó a insultar cada vez mas fuerte, se sintieron unos ruidos que atribuí a cosas que caían al suelo y quedé inmovilizado cuando ví al que hasta hacia unos segundos había sido mi guía, saltar corriendo directamente desde la casa de palafitos hasta caer al suelo, perseguido por 7 u 8 mangos que volaban desde adentro para pegarle, aterrizo como una pantera, y hasta que no sonrió y siguió corriendo no volví a respirar. El hombre salio corriendo y riendo, se paro en el borde de las maderas que hacían de ingreso a su casa y como si no me viera se dio vuelta para volver adentro mientras seguía riendo. Me quede mirando hacia arriba sin entender. Cuando no lo escuche mas me hice un poco hacia atrás para ver si cambiando el ángulo desde donde miraba podía ver hacia adentro de la casa. Estaba demasiado oscuro adentro y el sol era tan fuerte afuera que no podía distinguir nada, solamente unas nubes increíblemente blancas que con la caprichosa forma de un elefante vagaban por el cielo.
Cuando baje la vista de las nubes me encontré con el dueño de la casa parado en la puerta, mirándome desde arriba. Era alto, con los brazos largos que se le escapaban de una remera polo negra, la barba entrecana y el pelo largo y enmarañado. No me digas que vos también venís a buscar una camiseta? Me pregunto y a los pocos segundos cuando vio que yo no entendía la broma se largo a reir. Al rato entendí su particular humorada y me sonreí de compromiso. No me dio tiempo a explicar nada y siguió hablando. Ya se, ya se…tampoco a los chicos se las regale, eh? Se la ganaron – dijo haciendo hincapié en cada silaba de “ganaron”.
Luquitas me dijo que habías estado preguntando por las camisetas…por las que tienen ellos,, los chicos. Se ve que te llamaron la atencion pero no es para menos, no? Acá…en el medio de esta selva…esas camisetas…los wallabies, los all blacks…los pumas!. Sos argentino, vos, no? – alcance a decir que si e intenté explicarle que era argentino y algunas cosas mas pero volvió a la carga con su discurso.
Me imaginaba, se nota. Dijo y se dio vuelta para entrar rápidamente a la casa otra vez. Salió de nuevo y se asomo afuera. Empezó a bajar la escalera y en ese momento me di cuenta de que había entrado a ponerse unas zapatillas negras enormes, con cordones blancos y varios tajos a los costados. Vení te muestro. Lo seguí caminando detrás de el porque era imposible seguirle el paso y ponerse a su lado, ahí, caminando ya no me pareció tan alto, aunque seguía siendo un hombre grande. Caminaba tan decidido, tan despreocupado por saber si yo lo seguía o no y comprendí que seguramente no le importaba, podía hacer esto solo o acompañado, tener quien lo aplaudiera, quien lo valorara o no. La voluntad que lo movía era tan fuerte que no admitía vacilaciones ni tenía lugar para dudas o segundas opiniones.
Llegamos a un punto en el claro que antes había pasado cuando llegue al lugar, el se detuvo casi al centro del espacio y llegue unos pasos después, agitado de seguirle el ritmo. Nos quedamos parados en el lugar y nos pusimos a mirar y admirar la inmensidad verde que nos rodeaba, el claro estaba cercado por los árboles mas grandes que hasta ese día había visto. El cielo seguía tan celeste como antes y ahora una nube se empecinaba en transformarse en dragón.
Estuvimos en silencio un buen rato. Lo miraba de reojo, casi espiándolo, para ver si seguíamos hablando o nos manteníamos callados. Yo lo espiaba y el seguía mirando el claro compenetrado en algo que yo no podía ver o sentir. Repentinamente salió de su trance y comenzó a hablar como si no hubiera mediado un instante entre que salimos de su casa y el comenzó su discurso y este momento después del silencio.
Ves el claro que se armó no? Bueno es pura energía. Tengo planes para esto y los sume a los chicos hace tiempo, ellos son los que van a seguir porque lo llevan en la sangre…y se los mostre yo. – avanzo unos pasos y se acuclillo en el pasto- no hay nada, nada como esto. - Me quede mirando su mano que levantaba un puñado de pasto recién arrancado.- Allá…la ves? – me señalo los dos palos verticales y el transversal que había descubierto cuando llegué – sabes que es, no? – viéndolo de nuevo y sacándolo de contexto, olvidándome de la selva y poniendo en perspectiva mi cabeza pude entenderlo. Sí! Claro…ahora si…son unas “haches”, hiciste una cancha de rugby, acá, en la selva – dije sorprendido. Y con quien juegan? Fue lo primero que se me ocurrio preguntar. Ignoró completamente mi pregunta y siguió caminando hacia el centro del claro. Nos paramos ahí y estuvimos en silencio un buen rato. Te quedas mañana? Me preguntó. Veni, volvé mañana y seguimos con la charla, a la mañana mejor porque van a estar los chicos. Se dio media vuelta y tomó el camino de regreso a su casa, yo me quede inmóvil mirandolo irse. Cuando estaba por perderse dentro de la selva se dio vuelta y me gritó. Esto no es un juego!!

La mañana resultó ser tan parecida a las anteriores que parecia nunca haber existido la noche. Cuando pude comer algo baje del barco y comenzé a recorrer las calles del poblado otra vez. A medida que iba paseando por las mismas calles de los dos dias anteriores comencé a darme cuenta de que algo era diferente. Pasaron las casas, las calles de tierra y aunque la sensación seguía mas viva que nunca no podía darme cuenta de que era lo diferente ese día.
Llegué al claro del día anterior y recién en ese momento lo comprendí. Damián (el loco de la pelota) estaba de rigurosas sandalias parado en medio de una nube de chicos y muchachos. Descalzos algunos, con camisetas que seguramente el les había regalado, otros; todos lo seguían por el lugar y esperaban sus indicaciones. Me vió parado al borde de la selva y me hizo señas para que me acercara. Caminé hasta él y cuando estuve a su lado se lo dije. No sabía que había de extraño en el pueblo esta mañana y ahora me doy cuenta…no hay chicos… están todos acá!!
Se rió bajito y me puso el brazo sobre el hombro empujándome a que lo siguiera y empezó a contarme. Me vine en el 97, en realidad fui a Lima de ahí a Cusco de ahí a un montón de lados y finalmente acá. Me habia cansado de ver sentado como me llegaba la realidad y Salí a ver que encontraba yo. Así fui, dando vueltas hasta caer en un lugar tan distinto al mio como este. Entonces me dije: Damián que es lo que mas te gusta hacer en tu vida? Y me salieron un montón de cosas pero la que primero se me ocurrió y la que siempre se me ocurria era el rugby. Pense, pensé y me di cuenta de que no podia jugar al rugby porque aca no habia nadie con quien jugar al rugby pero tambien me puse a pensar y entendí que no por eso tenia que renunciar al sueño, porque el rugby no es un juego, es un deporte, es una forma de vida, es una idea y ahí si. Damian tenes que formar gente de rugby, aca, en donde sea, como sea…y al principio me costo mucho…no me entendian, no sabian de lo que les hablaba…yo les nombraba a Campese, a Blanco, a Porta…y ellos me miraban como si estuviera loco. Entonces les hice dibujos, les explique los movimientos, les conte las historias de los hombres que ponian el cuerpo para que otros se llevaran los aplausos y de cómo esos mismos tipos no querian el reconocimiento si no era con todos los suyos, los que habían trabajado para que ellos llegaran a eso. Hicimos juntos las jugadas, les hice sentir un tackle que los dejara a un metro de la felicidad, los hice caerse y los hice levantarse tantas veces que ninguno comprendía porque, finalmente seguian haciendolo, les hice creer que sin sacrificio no había nada en que creer, los hice sentir hombres aunque fueran chicos. Te das cuenta porque te dije que esto no es un juego?
Lo mire y no pude decirle nada, mire adelante esperando que nos moviéramos y me tomo del brazo, me llevo unos metros mas allá y me dijo de nuevo.
Ya no tenemos pelotas, se rompieron todas, pero mira…fijate…ves? Ves lo bien que formamos ese scrum? A dos metros de donde hablábamos diez muchachitos, divididos en dos grupos de cinco se entrelazaban, acoplándose perfectamente. Las espaldas derechas, perfectas, a centímetros del suelo, en un empuje tan coordinado y parejo que no había ningun movimiento posible. Nadie retrocedía, nadie avanzaba, no había giros ni desplazamientos. Me quede mirándolos sin entender. Pasaron los segundos y cuando el grito de Damián lo ordenó dejaron de empujar y se soltaron. En ese instante recupere la atención y lo vi, parado, esperándome a que lo siguiera, unos diez metros mas allá. Me recibió a su lado con una pregunta. Impresionado, no? Lo mire pero no le conteste, estaba impresionado, con seguridad, pero no podía expresar ninguna idea a partir de eso.
A su lado dos líneas de tres cuartos enfrentadas se atacaban y defendían, alternativamente, perfectamente parados, con el mejor gesto técnico pero otra vez sin la pelota, al menos yo no la veía pero ellos parecían sentirla, tenerla entre manos.
Lindo, no? La mayoría de estos chicos uso alguna de las pelotas que teníamos así que con eso jugamos. Un año o dos más o menos llevamos trabajando sin ninguna pelota. Igual no me importa…no hay plata para comprar, aunque hubiera donde, y sinceramente no me interesa porque acá descubrí que la pelota es secundaria…el rugby se juega con esto -Me dijo mientras se señalaba la cabeza- y sale de acá – explico poniéndose la mano en el corazón y eso no te lo cambio por nada del mundo.

Ese día se me hizo especialmente largo. Estuve con Damián y sus chicos hasta bien entrado el mediodía. Me volvía al pueblo, solo, caminando despacio y pensando en lo que me había dicho y lo que había visto. Me sente en el bar y después se sumo R.odolfo, casi le cuento la historia pero decidi no hacerlo. No tenia ganas de explicarle algo que no iba a entender. Estuvimos en silencio un buen rato y yo con la mirada perdida, recien a la tarde, mientras seguiamos sentados en el bar, se me asomo a la cara una sonrisa. Fue cuando empecé a ver que en el pueblo volvian a verse las caras alegres de los chicos, algunos con las camisetas de siempre. Cual es la gracia ahora, me pregunto Rodolfo. Nada, solamente el recuerdo de un loco que tiene razon…y no vas a entender. Se quedo mirándome, pensando en que estaba haciendole una broma. Nos quedamos tomando cerveza hasta que el barco se decidio a partir.

miércoles, 13 de julio de 2011

La Isla de Kampa



En la isla de Kampa terminé de confirmar que los nombres de las cosas y de los lugares no siempre significan lo que describen. Paso a explicarme. La isla, en Praga, la isla a orillas del Moldava, la isla de Kampa; no es una isla. Podría ser un apéndice de tierra que se asoma tímido al río o podría ser una pequeñisima península haciéndole cosquillas al cuerpo del moldava pero no…o mejor dicho…es todo eso pero la gente de Praga prefiere ignorar las razones y los nombres que la geografía presta y entender que Kampa es una isla.
Entonces volviendo de Stare Mesto (la ciudad vieja en Checo) por el mítico Puente de Carlos, después de haberlo recorrido 20 veces, y seguir haciéndolo, tomamos una pequeña escalera que baja a la izquierda del puente, un poco antes del final del puente sobre Mala Strana (barrio pequeño en Checo) para después de despistar los escalones cambiar de escenografía notablemente. Arriba, los turistas, la gente que va y viene, las fotos, los vendedores, los artesanos; todos en el Puente de Carlos. Aquí abajo algunos turistas, algunos curioseando como nosotros, algunos esperando la salida de los barcos que recorren el río y un sinnúmero de habitantes de Praga que salieron a encontrarse con el sol, que alto, invita y llama a ponerse bajo su melena dorada. A la derecha un gran parque, tan verde como el color resiste, enmarcado por enormes y frondosos árboles que no se resignan a quedarse quietos, un pequeño camino que serpentea, apenas, entre la gente. Algunos toman sol recostados en el césped, otros pasean sus perros, juegan con los niños, conversan, caminan y algunos… tienden la ropa que en el departamento no entra! El río moldava abraza la isla con un pequeño brazo que casi es un arroyo, sobre ese arroyo/río hay un antiguo molino de madera que gira empujado, todavía, por el agua que pasa. El molino esta totalmente restaurado y es el protagonista obligado de las fotos en el parque.
Del otro lado del parque, sobre el río, se suceden pintorescos y hermosos bares y restaurantes que son cita obligada para la noche que lo permite. Igualmente la tarde se prestó y de tan linda nos obligó a quedarnos en unas mesas pegadas al río. Obviamente el pedido es el obligatorio en Praga. Cerveza. El sol y la brisa lo hacen todo mas fácil y entonces entre el descanso y la cerveza la tarea consiste en observar los barcos que pasean por el Moldava, que lentos van y lentos vienen, la gente que viaja en ellos, los que pasean sobre el puente, los hermosos edificios del frente. El decorado es tan perfecto que hasta aparecen flotando elegantes tres enormes cisnes blancos. El bar restaurante que elegimos tenia algunas mesas sobre la margen del río y unas paredes enormes que lo enfrentaban, una pequeña puerta de dos hojas de madera y un interior para descubrir. El local sale al otro lado de la calle por un intrincado sendero de mesas, que son muchas. Hay que prestar atención a todos los cuadros colgados de las paredes, si uno se acerca puede ver una gran muestra de fotografías en blanco y negro de los efectos de una de las grandes inundaciones del Moldava sobre el mismo restaurante. Una manera un tanto extraña de exorcizar una desgracia.
Del otro lado del puente de carlos, en la misma Isla de Kampa, seguimos descubriendo bares, pubs y restaurantes contorneados en hermosas casas de estilo y las típicos negocios y teatros de marionetas. En eso estábamos, recorriendo y conociendo, pasando frente a una pequeña ´plaza cuando un detalle entre dos altas construcciones nos llamo la atención. Un curioso semáforo.que da paso a un largo y angostisimo pasillo que separa dos edificios bastante altos por apenas 1 metro y poco mas. El pasaje desciende y vamos a recorrerlo. Claro, el semáforo tiene sentido es que dos personas no pueden cruzarse allí. Esperamos que las personas que vienen subiendo hacia nosotros lleguen, el semáforo muestra su luz verde y entonces bajamos. Al llegar encontramos una hermosa terraza que da al río y pertenece al restaurante certovka, muy conocido en Praga, con restaurante, pub, cervecería y música en vivo. Los precios no son demasiado amistosos asi que sacamos fotos porque el lugar lo vale y entonces otra vez el curioso pasillo. Apretamos el botón que hay al comienzo de la subida y la luz del semáforo se pone en rojo. Subimos tranquilos, no habrá embotellamientos. Un poco mas allá de la plaza dando un quiebre a la derecha por la esquina llegamos al museo de kafka que antes que nada nos sorprende en el patio de ingreso con dos modernas esculturas móviles que representan a dos hombre enfrentados. Sus cinturas se mueven independientes pero la rareza radica en que están orinando…y mas raro aún los chorros del agua que juega a ser orina sube y baja, se sacude y se mueve como si fueran dos lúdicos artistas que trabajan con sus manos para darle vida a esos chorros.
La vuelta nos llevo otra vez al inicio del Puente de Carlos pero antes de subir no pudimos evitar tentarnos con una especie de factura típica de Praga que consiste en una masa con canela y azucar de unos 10 cm de ancho enrollada en un palo que se pone al fuego en unos pequeños hornos y después de unos minutos se convierten en un delicioso bocado que por 50 coronas vamos degustando mientras volvemos al hotel.

Esta entonces podría ser la pequeña historia de una isla que no es isla, pero decidió ser hermosa.

jueves, 30 de junio de 2011

(continúa de Vía Appia)

Seguí camino por la Via Appia Antica que pasando la puerta de San Sebastian se convierte mágicamente en otra cosa. Antes es una calle tranquila, bordeada de arboles, patios, enredaderas y villas ancianas; a partir de la muralla una calle muy transitada la corta como un bisturí de la modernidad y pasa a ser transitada, ruidosa, apretada y rugosa. Atravesada por muchas otras calles que tambien estan vivas. Igualmente no importa mas que seguir avanzando. Porque si uno observa mientras camina puede ver detalles que valen el trayecto. Hay antiguas villas casi en ruinas, que parecen sostenidas por hilos invisibles, algunas deshabitadas pero la mayoría ocupadas por casas, negocios, talleres mecánicos y muchas cosas mas que uno no podría siquiera imaginar en el contraste que se respira. Hay algunos antiguos restos de tumbas y empotrada en una pared del camino como testimonio de lo que una vez fue, descubri la columna que marcaba la primera “milla” de la Via Appia, a partir de allí se contaban las distancias de Roma con todas las partes del imperio.
Casi llegando a las Catacumbas de San Calixto, a la izquierda del camino esta la iglesia de Quo Vadis construida en 1637 en el lugar donde se dice que San Pedro se encontró con Jesús a quien le pregunto: Domine? Quo vadis? (Señor donde vas?) a lo que Jesús le respondió “a Roma a ser crucificado”, motivo por el cual San Pedro volvió a la ciudad ,aun sabiendo lo que le esperaba. Una calle separa a la pequeña iglesia de las catacumbas de San Calixto.
El ingreso al lugar donde estan las catacumbas es otra vez un cambio total en el escenario. La calle se diluye por un costado y sigue su ruta mientras un camino atraviesa el portico y comienza a subir suavemente, acompañado por altos árboles, en un campo verde profundo.
A medida que sigo puedo ver hacia atrás como Roma sigue ahí, intacta e imaginar el mismo espacio, la misma tranquilidad, el sol y el mismo escenario que debe haber tenido este camino 2000 años atrás. En el lugar hay varios edificios de la curia (el vaticano es el propietario de las catacumbas y sus areas superiores), mayormente iglesias y lugares destinados a los sacerdotes. El mediodia acompaña y la gente almuerza en el césped, camina bajo la sombra de los arboles gigantes, lee, conversa y espera. Los chicos juegan al básquet, al futbol o simplemente corren en lo que ahora se convirtió en un campo profundo. Las flores se pavonean entre los pastos, algunas vacas miran sin poder creer. Pasando un área de servicios esta la boletería y el ingreso a las catacumbas propiamente dichas.

(continuará 2...)