miércoles, 25 de febrero de 2009

Vuelta Carnero

El arquitecto estaba parado en la puerta de la casa. Golpeaba la madera una y otra vez. Ya había dejado de lado el timbre pensando que no funcionaba. Los nudillos en la madera se escuchaban, de eso estaba seguro y era suficiente para él.
Desde adentro no llegaban sonidos, solamente el eco huérfano de los golpes.
En la S-10 gris, el cocinero esperaba. La música prendida, fuerte, muy fuerte. El ventilador de la camioneta andando le ponía en la cara solo aire caliente. El aire acondicionado era solo un deseo, otro deseo más incumplido.
La llave arquitecto! Gritó desde la camioneta mientras veía al arquitecto dar vueltas a la casa, una y otra vez.
No tengo llave, sino ya hubiera abierto. Explicó desde la puerta
La llave de la camioneta, digo. Tiremela… así prendo el aire. Explicó honesto el cocinero.

Cuantas veces le dije que no se fuera sin avisar, pensó.
Cambió nudillos por puntapiés y siguió insistiendo. El tiempo pasaba y ya no estaba llamando a la puerta, estaba descargando furia y frustraciones contra una placa vieja de 2 metros por 70.
Esta borracho, para mi esta, pero…borracho. Grito el cocinero desde la camioneta, bajando el vidrio el tiempo exacto para tirar la idea y esconderse del calor nuevamente.
El arquitecto transpiraba la camisa y sentía como las gotas de sudor le recorrían el cuerpo en un viaje que lo iba poniendo cada vez mas incomodo, cada vez mas molesto.
Si esta borracho cuando me abra le saco el pedo a patadas! Contestó mientras hacia el gesto de quien exprime un limón hasta la ultima de las semillas. Caminó para rodear la casa y encontrar alguna ventana abierta, alguna rendija por donde mirar y llegar más directamente al interior. Nada. Una sola ventana, celosías de chapa, trabadas desde adentro. Hacia mucho que no se abrían, con el dedo saco la telaraña que cubría el marco y subía hasta la hoja.
Déjelo arquitecto, ya va a aparecer…total tiene que pasar por la obra para buscar la plata.
Molina, déjeme de romper los huevos! Lo despierto o lo mato! La respuesta tenía bronca acumulada, tenía calor, tenía ganas de sacarse las botas, de tirar el pantalón, de dejar esa obra en el medio de la nada, de volver a la ciudad, de cambiar de trabajo, de cambiar de vida, de dinamitar su vida presente y empezar de nuevo. Fue hasta la camioneta y buscó en la caja, Molina ni siquiera giraba a mirarlo, sacó la escopeta de dos caños y se volvió hasta la casa. El cocinero lo vió pasar con el arma pero no logró entender que pasaba. Lo miraba desconcertado casi como no queriendo entender.
El arquitecto se paró de frente a la puerta, la pierna izquierda adelante, la derecha atrás, cruzada para sostener el cuerpo cuando la escopeta diera el retroceso.
Un tiro, otro tiro. Molina se quedo pálido mirando por el vidrio y entendió que la cosa venía mal.

En la comisaría ya habían avisado. Moreno, un gringo que vive como a 10 kilómetros de ahí llamó y aviso. Sentí unos ruidos como tiros, para el lado del cerro de los pajaritos, no era lejos, me parece.
Martínez era el comisario hacia como diez años ya, el destacamento policial eran: él y Jesús Menendez. Un policía complicado Menendez, pocas palabras, siempre escondido detrás de unos ojos chiquitos en su cara inflada. El alcohol, la noche y las armas con licencia no son buenas consejeras. Para lo único que le habían servido a Menendez, fue para conseguirle un pasaje sin escalas desde la Ciudad a ese pueblo muerto en el medio de la sierras. Menendez era complicado, de pegarles a los sospechosos, a sus mujeres, a los que le ganaran a las cartas o a cualquiera que se cruzara. Pero con Martinez la cosa era distinta, con el había códigos, se podría decir que, extrañamente, lo respetaba.
Moreno se volvió a su campo. Ni Martínez ni Menendez le dieron importancia al comentario. Cazadores, seguro. Dijeron. Después vas vos Menendez y cuando los encuentres les haces un poco de quilombo y los amenazas a ver si te largan unos pesos. La forma de trabajo de Martínez era siempre la misma. Las ideas suyas, las piñas de Menendez.

El arquitecto se subió a la S-10 enfurecido. Cerró la puerta y ni siquiera miró a Molina, salieron disparados por el camino de tierra dejando una nube de polvo como único testimonio. Siguieron durante más de 150 minutos, los dos mirando al frente, sin decir nada, solamente sacudidos por el intenso golpeteo de las ruedas en el anoréxico camino. En una de esas ya esta por allá. Arriesgo Molina buscando encontrar un punto de fuga para tanta presión contenida. No tuvo respuesta. El arquitecto viajaba con el pero su cabeza estaba en otro lado. Un muñeco mudo se sentaba a su lado. El arquitecto se había ido.

Menendez estaba esperando debajo de un algarrobo viejo y deshilachado que Moreno tenia en la puerta de la casa. La siesta estaba marcada por el sol espeso. Los borcegos calientes eran la única cosa negativa que había en la fuerza. Eso había pensado siempre. Era un pensamiento raro, hasta se sonreía cuando la idea le volvía a la cabeza. Lo único malo del servicio eran los borcegos…y tanta gente que dice que es un laburo de mierda. Flojos, no entienden.
Dibujaba círculos en la tierra suelta como talco con la punta del borceguí. No encontró cazadores en los alrededores, no al menos que se vieran o escucharan desde el auto. No había nada por la zona y ya que estaba podría preguntarle a Moreno porque andaba hablando giladas y haciéndolo perder el tiempo, como para que no se olvidara quien mandaba por ahí.
Cuando llego el dueño de casa se sorprendió al verlo a Menendez, una visita que como las nubes negras nunca traía nada bueno. Lo saludo a la distancia y cuando estuvo al lado le pregunto que necesitaba. Algo fresco. La respuesta. Moreno bajo la cabeza y le pidió que lo acompañara adentro. La casa estaba a medio terminar, le faltaban mosaicos sobre el contrapiso y las paredes nunca habían sido pintadas, pero estaba limpia y ordenada. El calor del exterior todavía no se había colado adentro. Le sirvió un vaso de vino blanco a Menendez, sin ofrecerle una silla ni nada, tratando inconcientemente de que se fuera lo antes posible.
El policía entendió el mensaje y corrió una silla desde la mesa, se sentó regodeándose en los nervios de Moreno.
Venga siéntese. -Invitó-. Sabía que hace como 25 años yo estaba en Córdoba? Si…en la 4ta – continuó Menendez- había mucho trabajo ahí, las cosas de siempre, mucho raterito, mucho quilombo de familia, borrachos y esas cosas…no como ahora, no!.... Este tema de la droga es complicado, como que se vuelven loquitos los pendejos y no queda mas remedio…a loquito, loquito y medio, ja! El policía pareció sorprenderse de su propia frase y sonrió satisfecho como el que sabe que anotó un punto en un partido importante.
Pero mire… Moreno, lo que mas nos jodía en la 4ta era cuando venia algún gil a denunciar pavadas y tomarnos por boludos.. Esos tipos vea…- apretó fuerte el vaso y la mano oscura se lleno de pequeñas venas- esos siempre me cayeron mal porque siempre, siempre están en cosas jodidas.
Moreno seguía parado y dudaba entre contestar o permanecer callado. Silencio. Fue la orden que llego desde su cabeza. No hables. No contestes. Mientras tanto el tiempo no se consumía. Los segundos se aferraban a las agujas del reloj colgado en la pared y no pasaban.
Por fin, el agente se levanto, acomodó la silla y camino hacia la puerta. La silueta enorme de Menendez se recortaba negra en la puerta, a contraluz, como si fuera la figurita difícil de un álbum que nadie quiere completar.
Chau Moreno. Saludo sin darse vuelta. Rico el vino, otro día paso y seguimos conversando.


El camino se moría frente al portón de piedra de un campo. San Onofre decían como podían unas letras pintadas sobre lo que alguna vez había sido la puerta de una heladera Siam. Si la viera Di Tella!! Dije buscando la complicidad en la broma, pero ninguno de los que me acompañaba la entendió. Me llamé a silencio otra vez y acerque la trompa de la camioneta a la entrada. Paramos un instante hasta que Marquez logro sacar del bolsillo trasero de su pantalón el papel donde tenía anotado nuestro destino en ese viaje. Le costaba mucho moverse, una panza desproporcionada, la papada abultada, una flaccidez apenas contenida por sus ropas y un cinto parecía contenerle el cuerpo en un esfuerzo titánico, daba la impresipon de que si se quitaba el cinto todo su cuerpo terminaría desparramado por el piso. L os movimientos se le hacían difíciles y a mi me costaba mirarlo mucho tiempo, me faltaba el aire, me sentía por momentos habitando su cuerpo y me agobiaba el peso asfixiante de tanta gordura.
Leyó. Es acá, metele nomás, entrá. Me dijo.
Puse primera y entramos al campo. El camino seguía siendo de tierra pero ahora estaba un poco peor que antes. A los costados los olivos hacían lo que podían para pelearle a la sequía. Además de Marquez, me acompañaban, mudos, Marco y Massetti. Cuando me los presentaron, en ese orden verbal, me sonó a “Sacco y Vanzetti” lo comenté buscando aunque mas no fuera otra sonrisa pero solo obtuve una repetición mas pausada y deletreada de ambos apellidos, como si estuviera sordo, como si fuera duro para entender.
“Sacco y Vanzetti” zarandeaban sus cabezas al compás de los pozos. Marquez se tomaba con las manos rechonchas del frente del tablero. Me habían contratado en Córdoba a través de un amigo que tenía la deferencia de buscarme pequeños encargos para suplir mi falta de ingresos estables. No conocía a ninguno de los tres pero venían recomendados así que no dude en tomar el trabajo, ida y vuelta manejando, los esperaba, los ayudaba con lo que necesitaran…y me quedaban 500 pesos.
Nos íbamos acercando a las únicas estructuras que habíamos visto en los alrededores y Marquez volvió a mirar el papel, esta vez lo había dejado sobre sus piernas para evitarse el esfuerzo de recuperarlo debajo de toda su humanidad. Anda enfilando para el galpón ese. Me dijo, apuntando con su dedo a una estructura de ladrillos oscuros que estaba sobre la izquierda pasando una casa pequeña y un tanque australiano. Hice lo que me pidió, para eso me pagaban, tuve que bajar la velocidad para no atropellar unas gallinas que pretendían cruzarse en nuestro camino. Pasamos junto a la casa y pude ver que adentro dos hombres hablaban mientras un tercero se acercaba desde atrás a uno de ellos. Para! Para! Fue un gritó grueso pero mas que nada fue una orden. La violencia explosiva de Marquez tenía una razón de ser. En un reflejo perfecto pise el freno y evitamos de milagro voltear la puerta del galpón. Los de atrás me dedicaron un insulto por lo bajo y Marquez me sacudió la nuca de una cachetada. Sorprendido por el golpe pero mas que nada humillado, por no reaccionar a tiempo, lo miré como pidiéndole una disculpa por el reto, explicándole con los ojos que no éramos amigos y que esa no era una broma. Se bajó de la camioneta y paso caminando por el frente. Mientras iba hacia el otro lado volvió a mirarme con ojos que hablaban, con una mirada que decía lo que había que decir.
Me quede solo en la camioneta, esperando y pensando. Nunca pude soportar ese tipo de cachetada, esa que se da con desprecio, esa cuya violencia no esta en la fuerza del golpe sino en la fuerza de lo que expresa. Estaba indignado, debo admitirlo. Hacia tiempo que no me sentía tan pelotudo, creo que la ultima vez fue cuando tocaba el portero de Gabriela y esperando que me atendiera la veo llegar de la mano de un tipo. Me miró como si fuera un letrero escrito en chino y me pregunto “que necesitas Martín?”. El tipo no le soltaba la mano y yo no sabía donde meterme. Mi novia, mi ex novia, me miraba como si fuera una plaga a erradicar y el tipo parado al lado. No, pensándolo bien, esa vez me sentí mas pelotudo que ahora, en realidad esa noche creo que sentí una combinación extrema de estupidez y desamparo.


Arquitecto. No estamos yendo muy fuerte? El cocinero preguntaba tímidamente tratando de no molestarlo aun más mientras se tomaba fuerte de la manija que tenia sobre la ventana. No quería molestarlo por las dudas fuera a exagerar aún más la velocidad y terminara de una vez con la vida de los dos. O peor aún, que el accidente lo dejara paralítico, inmóvil. La mamá de Molina siempre le repetía lo mismo “Si me quedará paralítica, me mataría”. Eran frases típicas de ella, con una innata capacidad para la tragedia producto de generaciones italianas dominadas por el fatalismo más extremo. Que otra explicación habría sino para pasarse la mayor parte de la vida previendo y esperando las mas horribles tragedias sin que estas llegaran nunca.
El arquitecto desacelero, pareció volver a tener dominio de su cuerpo, se acomodó en el asiento y sin decir palabra, dobló a la derecha. El camino terminaba unos kilómetros mas adelante, ya lo habían recorrido cientos de veces. El cocinero en bicicleta, el arquitecto en la camioneta.
Vos la pasas bien acá? Pregunto el arquitecto. Sorprendido por la pregunta y por la repentina locuacidad del conductor, el cocinero tardo unos segundos en volver de la modorra que lo había atrapado mirando por la ventana. Si, que se yo…si… diría que sí. Dijo como si estuviera reconfirmando sus propios pensamientos. Yo no!. Declaro el Arquitecto y siguió como si hubiera roto el dique que contenía toda esa frustración. La paso como la mierda – siguió- no me gusta lo que hago, no me gusta el lugar, no aguanto el calor, los obreros, los jefes, nada, nada…me iría a la mierda ya!! Golpeo el volante con las dos manos como para que no quedaran dudas.
Preguntarle porque no se iba podía ser una obviedad pero era lo que correspondía, al menos por educación.
Porque me pagan y necesito la plata. Así de simple, así de triste! Termino la frase y perdió sus pensamientos en la nada otra vez. La camioneta empezó a correr cada vez más rápido.



Moreno seguía temblando por dentro, ya había visto como terminaban los que se le cruzaban a Martínez o a Menendez, que para el caso era lo mismo. El resultado siempre era coincidente: mal.
El había escuchado los tiros, de eso estaba seguro. Pero quien lo había mandado a decirle a la policía? para que? No sabía, no había razones. En realidad si, tenía una que cuando se le vino a la cabeza le pareció absurda. Era lo correcto! La puta madre, insistió, por hacer lo correcto terminaba embarrando todo. Salió otra vez afuera, al sol de la tarde que a esa hora parecía un soplete apuntado desde el cielo. Parado en la puerta de su casa miraba las montañas y notó que el cielo tenía un color celeste tan claro y tan especial que por un momento sintió una inyección de optimismo que le llenaba cada hueco de su acongojado cuerpo.
Subió a su caballo, lo palmeo en el cuello y salieron despacio por el camino.


Prendía la radio de la camioneta sabiendo de antemano que no tenía el más mínimo sentido. En esa parte de las sierras no había ninguna posibilidad de otra cosa que no fueran los sonidos propios de la naturaleza. La única forma de escuchar radio o ver televisión era con unas antenas desproporcionadas, que parecían agujas enormes desgarrando el viento y las nubes. Ahora había televisión por satélite, era cierto, pero solo algunos por la zona podían darse ese lujo.
Prendí la radio y pase de una punta a la otra del dial sin encontrar nada más que descargas y frases entrecortadas. Apagué y repentinamente se empezaron a escuchar unos extraños ruidos secos, pequeñas estampidas que iban creciendo, una tras otra. Tiros! Eran tiros! Me di cuenta lentamente, como si a medida que sonaban los disparos mi cerebro hiciera una selección de sonidos similares y después de repasar la lista encontrara la coincidencia. Mire desesperado para todos lados y no vi nada. Nadie salía del galpón, nadie salía de la casa pero los disparos seguían. Giré la llave de la camioneta para escapar de esa locura. No encendió. Intenté otra vez y tuve la misma respuesta. En un acto inconciente abrí la puerta y salí corriendo hacia los olivos que estaban al costado del galpón, mientras corría desesperado alcance a ver que Marquez salía trastabillando y desde atrás lo seguía un tipo de bigotes, seguían a los tiros. Yo corrí con toda la velocidad que mis piernas podían darme. De pronto sentí un golpe seco en la pantorilla, calor primero y un dolor que se iba haciendo cada vez más intenso después. Me tire al suelo entre los olivos y vi que me habían dado un tiro en la pantorilla. La sangre salía espesa y tibia. Creo que después de verme la herida empezó a dolerme más aún. Me levante como pude sabiendo que si me quedaba a lamentarme me encontrarían y terminarían conmigo como habían hecho con Marquez.


“tiros en san onofre.vengansen” leyó Martínez en su celular. El mensaje venía de Mitnik, un judío de Buenos Aires que se hacia el chacarero. Había llegado a la zona 3 o 4 años atrás, se veía que tenía plata porque había arreglado el campo donde vivía, le había puesto riego, arreglado lños caminos y tenía televisión por satélite!. No se metía con nadie pero de vez en cuando se acordaba de Martínez, y de Menendez, claro.
Menendez, mira lo que dice el judío! Gritó Martínez. Siempre era con mensajes la comunicación. No había buena señal como para hablar por celular pero extrañamente los mensajes siempre llegaban bien. Y Bueno, vamos a ver…no queda otra, no? se resigno Menendez. Buscaron la radio, las armas y subieron a la camioneta azul, prendieron la sirena , solamente para molestar a los que dormían la siesta, y salieron por la única calle asfaltada del pueblo.
Doblaron a la derecha en la iglesia recortando la siesta seca y ardiente. Eran, podría decirse, los únicos seres vivientes que se manifestaban como tales, en esa tarde de 40 grados.
El camino a San Onofre era un desastre, pozos y más pozos lo salpicaban, haciendo que la camioneta saltara caprichosa de un lado a otro. Menendez manejaba rápido, costumbre de la ciudad le gustaba decir.

Corría como podía con la pierna sangrando y seguramente con algún hueso quebrado . El dolor era tolerable pero me preocupaba no saber a donde estaba yendo. Después de unos minutos me detuve jadeando. No se escuchaba nada raro, un viento suave, algunos pájaros que empecinados seguían cantando. Pero nada más. Quizás me habían dado por muerto, quizás no les importaba lo que me hubiera pasado. Estaba seguro que la segunda alternativa era la más probable, no por una cuestión de baja autoestima sino por un caso extremo de honestidad brutal. Me sabía prescindible, no era importante para nadie, ni siquiera para unos delincuentes como esos, ni siquiera para Gabriela. Otra vez el mismo pensamiento absurdo se me cruzó por la cabeza. Por un momento me indigné conmigo mismo y pensé, resuelto a sobreponerme, en lo que me decía mi analista. Tenía que terminar con esa historia, tenía que poder empezar otra vez..
Me puse a caminar de nuevo, siguiendo los olivos en dirección a la montaña.

En el caballo, Moreno seguía pensando en Menendez, no podía sacárselo de la cabeza. Su gesto cruel, su cinismo, la forma en que lo miraba, nada de él le gustaba todo era tan difícil de soportar.
Eligió ir por un sendero que se le peleaba el camino a un escuálido arroyo. El agua bajaba lenta jugando entre las piedras, el musgo en algunas de ellas era la muestra de que el cauce hacia mucho tiempo que no veía mas agua que esa.
No sabía muy bien donde iba pero Moreno estaba seguro que la única forma de olvidarse de ese mal momento era seguir andando. Alejarse y dejar las malas ideas atrás.
Más adelante el sendero se abría en dos, una rama caminaba paralela al arroyo y la otra se perdía entre los espinillos volviendo hacia el pueblo. Moreno siguió el arroyo. Mas adelante se veía un camino de tierra y el arroyo sucumbía a la garganta profunda de un grueso tubo de hormigón.


Por momentos arrastraba la pierna derecha, ya no podía moverla con facilidad. No era una cuestión de dolor, no era un problema de huesos, simplemente la tenía tan hinchada que no la dominaba. Me detuve un segundo debajo de un algarrobo para mirarla. Fui descubriendo de a poco la zona, casi tratando de no verla realmente. El espectáculo era nauseoso, un color violáceo invadía la pierna de la rodilla hacia abajo. Sangre ennegrecida pegada a la piel y un hueco negro a la altura de la pantorrilla que cuando lo tocaba dejaba salir pequeños hilo de sangre como si estuviera apretando una esponja.
Me cubrí otra vez y seguí avanzando. Después de unos minutos note que mas adelante había un alambrado. Seguramente estaba llegando al final del campo. Apure el paso todo lo que pude (que no fue mucho pero a mi me pareció importante) y llegue hasta el alambre mismo. Estaba sobre un camino. Reconocí la unión entre ese camino y otro que venía desde el pueblo, por allí habíamos pasado. Si no me equivocaba 200 o 300 metros a la derecha encontraría la puerta de la heladera Siam con el nombre de San Onofre como testimonio. Entonces hacia la izquierda debía estar el pueblo. Mientras me agachaba para tratar de pasar entre medio de los alambres escuche un auto o una camioneta que venía desde el lado en que debía estar el pueblo. Me apuré, con la mano derecha me tome el pantalón de ese mismo lado tratando de que no se me enganchara la herida con el alambre de púas. Tenía que parar ese vehículo, era mi única salida. Compenetrado en el esfuerzo de mover mi pierna inútil no escuché el ruido intenso de la sirena de la policía, recién cuando estuve parado del otro lado del alambrado pude oírlo. Parecía encaminarse a la entrada del campo, me apuré para llegar y encontrarlos.


El camino terminaba en San Onofre. Menendez traía la camioneta casi al límite de sus posibilidades físicas, no volaba pero parecía que pronto se desintegraría, era lo que faltaba para silenciar para siempre un concierto intenso de tuercas gastadas, soldaduras vencidas y chapas podridas. Martínez no estaba acostumbrado a ese estilo de manejo, pero nunca confesaría que conocía el miedo.
La entrada del campo se veía cerca. Las características letras escritas con pintura negra sobre una puerta de heladera. Colgando. Desvencijada.
Frená que le dás, frena!!! Martínez alcanzó a gritar desesperado cuando vió una camioneta que cortaba el aire desde la derecha. Se tomó de la puerta instintivamente y puso los brazos rectos y tensos sobre el tablero, esperando el impacto inevitable. Menendez giró el volante hacia la izquierda en un acto reflejo. El grito de Martínez lo hizo reaccionar. Piso el freno, volanteó de nuevo y vio como del lado de Martínez se incrustaba una camioneta roja. En una fracción de segundo pudo ver la cara del que manejaba, el terror y la desgracia unidas en un solo y fatídico gesto. Vio al acompañante golpearse contra el vidrio. Casi tuvo tiempo de sorprenderse en el milagro del tiempo estirándose. Sintió un ruido fuerte y sordo, una nube de tierra entró por las ventanas y empezaron a girar en un caos frenético. De pronto el silencio lo conquistó todo.


EL arquitecto no pudo evitarlo, Molina no tuvo tiempo de preguntarse si lo había visto y no le importó o si sabiendo que venía otro vehículo decidió inmolarse y llevarlo con él. Sintió la explosión de las chapas perdiendo su forma, vio saltar los vidrios por todas partes y en un hilarante despliegue de morbo le pareció entender que estaban chocando contra la policía. Cuando la camioneta detuvo el paso escuchó levemente como la sirena se extinguía. En un mismo momento se disipó la nube de tierra que los envolvía y el dolor lo atacó enfurecido. Empezó a gritar mientras buscaba entre los hierros al arquitecto. Lo encontró inmóvil aferrado al volante. Como antes, no estaba ahí, pero Molina entendió que ya no volvería. Había encontrado una forma extraña de cumplir su deseo, de escaparse e irse en un arrebato de muerte.

Caminaba como podía que era casi una mueca deforme entre arrastrarse y estar parado, pero mientras avanzaba lentamente escuché el estruendo impactante de un choque, metales que se golpeaban entre sí y después el silencio que hace de epílogo a la muerte. No me apuré porque era inútil imaginarlo así es que seguí adelante hasta que pude ver en el cruce de los caminos la camioneta de la policía totalmente destruida, a unos 30 metros del camino. Por la ventana del acompañante se asomaba el brazo de alguien. Del otro lado y con las marcas de haberlo dejado todo en el choque, estaba parada aún otra camioneta. Esta era blanca y a diferencia de la otra el sol la trataba especialmente, haciéndola brillar en sus redondeces con destellos alucinados..

Moreno también escuchó el choque. Estaba cerca. Instintivamente espoleo al caballo y salió al galope hasta el borde del camino. Cuando llego tiro de las riendas con fuerza y se detuvo a contemplar el escenario. Los actores estaban destruidos y humeantes. La camioneta blanca desde atrás parecía intacta. Vio que en el habitáculo blanco alguien se movía, despacio, lentamente, pero se movía como si no quisiera darle la mano a la muerte para que se lo llevara. Pero lo que le llamo la atención fue la camioneta de la policía. En cuanto la distinguió entre la tierra que flotaba en el aire llevo el caballo hasta ella. No había movimientos. La rodeo. Del lado del acompañante Martínez estaba tirado sobre la puerta en un estado deplorable. Le pareció que respiraba. Se acercó, le habló y percibió un sonido profundo que interpreto como una respuesta. Siguió girando a la camioneta y del lado del conductor estaba Menendez. Lo miró con asco. Sangraba por todos lados en la cara. Se acercó y notó que respiraba también. Lo observó un instante y le habló al oído. Menendez soy Moreno. Estas bien? No tuvo respuesta solo un murmullo distante pero vio que el policía movía los labios. Fue hasta el caballo y busco un pañuelo grande que llevaba en la silla y con la palma de la mano envuelta en el trapo le tapó la boca y la nariz a Menendez. El policía empezó a sentir la falta de aire. Los ojos se le saltaban preguntando que pasaba, no tenía fuerza ninguna para defenderse. Moreno apretaba con fuerza y venganza. La lucha era desigual y no duró demasiado. Menendez se terminó allí.

Mientras llegaba vi un hombre a caballo que se acerco al lugar. Había estado auxiliando a la gente en el choque, pude verlo mientras arrastraba mi pierna endurecida por el camino de tierra. Se sorprendió bastante cuando me vio llegar, tanto que no se dio cuenta de mi renguera y la sangre que me manchaba toda la pierna. Antes de que pudiera decirle nada me hizo un escueto y crudo reporte. Hay uno muerto y uno vivo en cada camioneta, pero los que están vivos, están jodidos, eh…venga, suba, vamos a buscar ayuda. Me invitó. Le señale la pierna con un gesto que explicaba que no podía. El tipo siguió sin verla toda maltrecha como estaba… o no le importó. Se quedó parado a mi lado, arriba de su caballo esperando que hiciera lo que me había ordenado. Espere en vano otra idea, pero como no llegó, me resigné y subí como pude, en el primer intento creí que me desmayaba por el dolor pero como tampoco tuve su ayuda terminé arriba del caballo resoplando agitado y con nauseas, por tanto esfuerzo.
Salimos despacio, en dirección al pueblo, me dijo. Era un viaje raro este que me estaba tocando en suerte; como si fuera el cierre merecido a un día coincidentemente extraño también. Iba a caballo con una pierna maltrecha y perdiendo sangre, a buscar ayuda para dos moribundos de un accidente, sin mencionar que la velocidad a la que nos desplazábamos era desesperante. Para colmo de males el hombre que me llevaba tenia una forma de comunicación unidireccionalmente extrema, no respondió jamás a ninguna de mis preguntas, no agrego nada a mis comentarios, ni siquiera los objetó o los descartó. El solo expresaba sus ideas, como si fueran flashes que se disparaban en su cerebro. Luego esperaba una reacción en consecuencia, sin importarle mi opinión al respecto o mi parecer y mucho menos aún mi voluntad. No parecía importarle mi insistencia respecto a que uno de los vehículos chocados era de la policía y que, precisamente, uno de los muertos también.

Me debo haber desmayado en el trayecto al pueblo porque cuando abrí los ojos de nuevo estábamos en la plaza y la poca gente que estaba en la calle nos miraba con desconfianza. El hombre que me había llevado hasta ahí se bajó del caballo y me pidió que hiciera lo mismo, intente hacerlo pero el dolor ahora era tremendo, se debe haber visto en mi cara el sufrimiento porque me hizo señas de que me tirara sobre él para bajarme. No le hice caso y preferí mantenerme en mi lugar, acomodado en la silla, esperando nada, porque el dolor no se iba y tampoco queria esperar a que se me pasara. Desde el costado del caballo el tipo me miraba con ganas de tirarme de una trompada, mis ojos seguian mirando la nada que se dibujaba entre la silueta de la iglesia y un par de casas bajas. La gente comenzó a acercarse al ver que eramos dos actores inmóviles que tiraban de una cuerda imaginaria, tensando el espacio entre nosotros. De pronto el caballo se asustó y salió disparado como si en eso se le fuera la vida, alcancé a tomarme como pude de las riendas y evite un par de veces lo que parecía una caída segura. El pueblo se hizo pequeño y desapareció en el monte. Finalmente el caballo entendió que la desgracia no lo había alcanzado y que el susto no valía la pena, despacio se fue parando y paso de galopar tratando de sacudirse mi presencia a elegir las hojas que iba a comer. Me alivió el ver que había sobrevivido pero en pocos segundos el dolor que llevaba adentro se hizo mas fuerte. Esta vez no tuve dudas y entable un dialogo vergonzoso con el caballo. Trate de explicarle que necesitaba que me llevara de vuelta al pueblo o a algun lugar donde pudieran ayudarme.¨Parecía no escucharme o que el tema que había elegido no fuera de su interés, siguió eligiendo hierbas mientras yo intentaba con todos los tonos posibles. Como si lo hubiera hartado de tanta perorata pero al mismo tiempo no quisiera darme la razón, giró su cuerpo marrón y empezó a caminar por el sendero de donde habíamos venido.

llegué al pueblo de noche, no había vestigios de presencia humana alguna, era casi como llegar a un set de filmación abandonado. El caballo encontró la calle principal, bordeo la plaza, paso frente a la iglesia y cuando pensé que iba a detenerse siguió caminando. Hice lo que ya una vez me había resultado, comencé a hablarle, como a un amigo, moderadamente, modulando con claridad, pidiendole que se detuviera, que el dolor que sentía era horrible y casi podría decir que de tan intenso tenía cuerpo. No hubo nada que hacer, el caballo siguió su camino, primero por la calle que llegaba al almacen, paso la carnicería, dobló en la segunda esquina y empezó a trepar el sendero que subía la montaña. No podía tirarme, no podía moverme, estaba prisionero en la silla de un caballo prestado. Seguramente me desmayé de nuevo porque el tiempo se hizo un suspiro y me desperté transpirado por la fiebre y todavía sentado en el caballo que ahora estaba parado, inmóvil en el frente de una casa que extrañamente no tenía puerta. No parecía haber nadie allí, todo era oscuridad y silencio. Lo palmee en el cuello y avanzó unos pasos más, los suficientes para dejarme ver en el interior de la casa como la luz de la luna dibujaba la silueta de alguien tirado en el suelo. Me asusté, como nunca antes, no grité por miedo a espantar el caballo y volver a una carrera enloquecida. No tenía nadie con quien comentarlo tampoco. Lo palmee otra vez y llegó hasta la puerta misma. Desde ahí era mas claro, un hombre caído, sin camisa, con la mitad del cuerpo lleno de agujeros. Había habido balas en este asunto, de seguro. Otra vez las ganas de escaparme y otra vez la obstinación de este caballo.
Espere a que desistiera de quedarse ahi, pero sabiendo que los caballos son tanto o mas fieles que los perros y eso para mí, en esta situación era demasiado. Trate infructuosamente de tirar de las riendas, de hablarle, de palmearlo de nuevo, pero todo fue infructuoso. Mi amigo, el caballo, no estaba interesado en hacerme caso.

Amanecí otra vez, milagrosamente, sobre el lomo del caballo. Me desperté como pude, con un sinfín de dolores en todo el cuerpo y sintiendo que la cabeza estaba por explotarme, en cuanto tuve conciencia me puse a pensar como haría para salir de esa situación. Mientras estaba ensimismado tratando de encontrar una solución a semejante dilema escuché ruidos desde el monte, algunas ramas que se movían y rapidamente mi alegría se volvió preocupación. Era bueno o era malo que alguien me encontrará en ese lugar, con un muerto que no sabiamos quien había matado? Y si era el asesino que volvía? Estaba totalmente expuesto al viento helado del destino, allí arriba, sentado, inmóvil, golpeado, enfermo, exhausto; me deci´día a esperar lo que fuera. De entre los matorrales emergió el mismo hombre que me había sacado del accidente, estaba vestido como el dia anterior y por los ojos y el gesto podía adivinarse que nos había estado buscando toda la noche. No pronuncié palabra ni gesticule siquiera, mi cabeza seguía evaluando cuando de positivo había en esto, no lo conocía y preferí esperar a que diera el primer paso. Se acercó al caballo, lo tomo de las riendas, lo palmeo en el hocico y solo después mi miró. Bajó la vista y se acercó a la puerta de la casa, miró adentro y se volvió hacia mí. No había sorpresa en esos ojos. Nos miramos, traté de sostenerle la mirada y casi lo logro pero se acercó hasta mi y golpeandome en la pierna herida me dijo: Todo bien, no? grité como hacía mucho tiempo que no gritaba. Las lagrimas se me escaparon incontenibles y me doble de dolor en la silla. Tomó las riendas del caballo, dimos media vuelta y bajamos hasta el pueblo.
En la sala de primeros auxilios me atendieron como pudieron y esperamos a que llegara la ambulancia desde la Ciudad. El médico tomaba mate y por primera vez llamó por su apellido a quien me había rescatado dos veces. Quiere Moreno? Antes de aceptar, se sorprendió de que lo llamaran por su nombre y como si se viera de pronto descubierto me miró desafiante. Baje la vista, explicando que no quería mas problemas, que todo estaba bien ahora, así como estaba.
Cuando llegó la ambulancia, me subieron a la camilla y Moreno se me acercó desde un costado, me puso la mano en el hombro y apretando fuerte me dijo: Todo bien, no?

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